EL DESASTRE AMBIENTAL EXIGE RESPUESTAS / ACTUALIDAD

Publicado el 31 de enero de 2013 // 22.46 horas, en Bogotá D.C.

EL DESASTRE AMBIENTAL EXIGE RESPUESTAS

La indignación cunde y quienes la representan aparecen por todas partes. No es para menos, las crisis ya no son de coyuntura, son permanentes y en los campos menos sospechados: la educación, la salud, las instituciones religiosas, las de justicia, las de seguridad. Es por ello que la espontánea expresión de indignación por uno o muchos motivos, lejos de ser una excepción ya forma parte de la vida cotidiana. Es claro que esa indignación busca una respuesta que aún no aparece, puesto que quienes deben darla no están en condiciones de hacerlo o, peor aún, no quieren hacerlo.

Escribe: Luis Fernando GARCÍA NÚÑEZ

Qué doloroso espectáculo el que está viviendo Colombia. Hasta hace pocos días los incendios forestales aparecían por todas partes, mientras ríos y pequeñas quebradas seguían secos. El calor insoportable persiste. Ahí están las consecuencias del loco y tenebroso capitalismo, el mismo que todos los días planifica el desarrollo minero y con cinismo que enerva habla de la riqueza de los pocos multimillonarios que hay. ¡Qué dolor y qué vergüenza! Qué vergüenza que todavía se considere prohombres de la ya estéril república a quienes han participado de esta hoguera fatal en que nos están convirtiendo.

En pocos meses, quizás, estaremos entre el fango y ahogados por las avalanchas y nuestros prohombres, en Nueva York o en París, o en sus paradisiacas islas, sin preocupaciones de ninguna clase. Sin soportar al país que no tiene vías, al que debe cruzar los puentes con sumo cuidado, al que posee la mayor cantidad de peajes del mundo moderno, y las vías más defectuosas del continente americano. Es el mismo país de los ricos de la cada vez más pobre Cartagena, o de los inversionistas de Inter Bolsa. ¡El mismo!

En poco tiempo veremos las minas a cielo abierto más grandes de Latinoamérica, y de repente el país alcance el mismo desarrollo de otras potencias que ahora se secan, se incendian, mientras sus afortunados jeques, sus príncipes y sus chocantes artistas se mueren por sobredosis o borrachos y atrapados en la infamia de una vida, sin nada diferente al placer de tener lo que no es de ellos. Como los ricos de Chile que les quitaron a los mapuches sus tierras y su riqueza. Como en Colombia -sí, no tan lejos-, con el Cerrejón o con Córdoba, o con el Cauca.

Esos ricos son los mismos aquí y allá. Viven de robarles a los pobres, de quitarles unos cuantos pesos cuando necesitan hacer una operación bancaria, o cuando quieren llamar por teléfono, o cuando quieren ver televisión. Son los mismos ricos de esta sequía, y de las próximas inundaciones o de los terremotos…, los mismos que se encantan de las luces, de las quemas, de la moda, de las fiestas y los festivales, de los reinados, de la música desbordante, de las cuatro por cuatro. Los que tienen muchas quintas de recreo, pero se van para las paraísos fiscales del Caribe, o para Buenos Aires, o Bariloche, o Punta del Este, o Cancún.

Esos ricos no sufren, pero son impotentes. Se enferman de cualquier cosa y sus obituarios aparecen en todas las revistas, y son considerados apóstoles y seres sencillos y generosos. ¡Son los mismos! Los que tienen estas tierras asoladas y azotadas, los que han construido inmensas fortalezas para poder hablar de la seguridad democrática, los que han corrido las cercas y cambiado el cauce de los ríos, los dueños de las minas de oro, de esmeraldas, de carbón, de todo. Son los dueños del transporte aéreo y terrestre. ¡Ellos son, son los mismos!, pero no sabemos dónde están.

Entonces, ¿quién responde por el desastre ambiental, y más cuando estos ricos son ejemplos de vida? (aresprensa).


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