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RAYUELA, 50 AÑOS / LETRAS / PATRIMONIOS CULTURALES

Publicado el 11 de febrero de 2013 // 13.56 horas, en Bogotá D.C.

RAYUELA, 50 AÑOS 

Todo el mundo recuerda su figura y su presencia más como la de un niño que como la de un escritor habitante en una galaxia de excelencia. Muchos de los de ese tiempo, que lo conocieron, aún viven. Entre ellos dos escritores Nobel: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Ellos fueron parte de esa galaxia que integraron otros del hasta el cansancio reiterativo “boom” de la literatura de esta parte del mundo. Esa que le hizo presente al resto que América Latina era más que un costumbrista y trágico universo de dictadores y mambo, aunque también con esos dos y muchos otros ingredientes similares. Su rostro era una especie de remembranza de personaje literario, de esos que nunca envejecen. Una especie de Peter Pan en serio pero sin perversiones, salvo la de las exageraciones ideológicas que eran normales para su época, y de ese sueño del cual como se ve medio siglo después, muchos latinoamericanos no han despertado. No al menos como lo hizo aquel Emanuel Kant de la Prusia Oriental, cuando confesó que un inglés lo había despertado de su “sueño dogmático”. En este caso, el sueño de los nuevos “gorilas” que se muestran mondos y lirondos por Iberoamérica, tal como antes lo hicieron los de la primera generación: aquéllos que por sus excesos le dieron alimento a la literatura del “boom”. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

Esa justa letanía por un mundo mejor, aunque fuese por un rumbo equivocado, nimbó a todos los de su tiempo, o a casi todos, y a Cortázar no le alcanzó la vida para ver las cosas de otro modo, tal como sí lo hizo sin que fuese tarde el premio Nobel peruano, Mario Vargas Llosa, su compañero en aquella aventura, de fama, consagración, y buena literatura.  

Julio Cortázar escribió siempre en lengua española, aunque hubiese podido hacerlo en francés y su imaginario estuvo anclado también siempre a un Buenos Aires que fue hecho a imagen de su literatura, tal como también lo estuvo en el caso de Jorge Luis Borges y, al tiempo, en otro grande de dimensión estética no menos alta aunque no sea literatura: Joaquín Lavado, Quino. La comparación es a propósito: estos tres son hombres que hicieron a esa gran aldea del fin del mundo, un trozo de geografía universal que desafía la pequeña mezquindad de la dirigencia política y social que la conduce por tortuosos caminos, desde hace muchas generaciones.   

En el caso de todos ellos y de tantos otros iguales a ellos, su capacidad de creación e imaginación está más allá de las delimitaciones de la vida. Él, Cortázar, fue sin duda el principal cronopio de su imaginativa y recursiva prosa. Un amante del jazz porque también los improvisadores músicos negros de ese profundo sur norteamericano son parte de la identidad de los personajes de fantasía que pintó con letras en su obra, en especial ésta de la que se recuerda en estos días el medio siglo de salida a la calle, en Buenos Aires: Rayuela. Los cronopios no son elementos de esta obra, lo es su autor en todo su trabajo y en su propia vida libertaria y de cierto nostálgico desencanto permanente

Una contradictoria manera de ver la vida que es propiedad tanto del jazz como del tango y también de la visión literaria y personal del autor argentino -aunque nació en Bélgica- cuya novela emblemática celebra en estos días su medio siglo. Emblemática porque fue la que se inscribió en la mitología del ya nombrado “boom” que fue, además una estrategia de mercado bien pensado, como todo lo que corresponde a ese mundo, cuya misión es convertir lo simbólico en valor de cambio.

Los cronopios como figuras y personajes no quedaron marcados de manera directa en una obra tan importante como “Rayuela”, pero sí en otra con menos nombradía para el gran público que se publicó un año antes queaquella de gran relevancia y de aniversario en este 2013: “Historias de Cronopios y de Famas.  

Ese Cortázar más viejo que los otros del mosaico de fama imperecedera, que crearon los editores españoles asociados con otros de este lado del mundo, se fue en 1984 sin haber perdido un ápice de su cara niño y de argentino. Su rostro de cronopio fuera del tiempo que alcanzó el cielo en la rayuela* del reconocimiento se fue ya maduro, casi viejo, sin que por aquel tiempo alguien se diera cuenta de su inicial vejez, que no dejaba por fuera lo ideológico (aresprensa).  

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*En la Argentina se llama rayuela a un juego infantil en el que se traza con líneas en el piso una figura geométrica sobre la que se salta asentando el pie en los diferentes cuadros de la figura, sin tocar las líneas que la delimitan. El ganador llega a un semicírculo que se supone en la parte superior, llamado “cielo”. En algunos otros países de América Latina a ese juego se le denomina de diversas formas: golosa, peregrina, pon, bebeleche y truque, entre otros. En Gran Bretaña. a la misma figura y su dinámica se le nombra “hopscotch”.


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