AQUÉL A QUIEN UN REY MANDÓ A CALLAR / ACTUALIDAD

Publicado el 06 de marzo de 2013 / 14.15 horas, en Bogotá D.C.

AQUÉL A QUIEN UN REY MANDÓ A CALLAR 

La escena ocurrida en el Cono Sur, en una versión de la llamada Cumbre Iberoamericana, permanecerá para siempre en la retina: el monarca español de la dinastía Borbón, cabeza simbólica del universo hispano-lusoparlante, salido de sus casillas por la impertinencia y los insultos de Hugo Chávez, mandándolo a callar como a un súbdito díscolo e imprudente. El comportamiento frecuente de Hugo Chávez como un adolescente inmaduro y con lengua suelta, había generado una reacción del Rey para poner las cosas en su lugar. Los exabruptos de Chávez fueron frecuentes y en realidad era parte de un encanto primario que le traía buenos dividendos entre su clientela política y electoral, no sólo venezolana sino regional. Este impasse, que haría sonrojar a cualquiera en circunstancias diferentes, provocaba el recuerdo anecdótico y risueño del propio afectado en la oportunidad, haciendo caso omiso del negativo simbolismo del hecho. Esto, porque Hugo Chávez en efecto se calló el resto de la sesión. Así era el fallecido presidente venezolano, un ejemplo de eso que alguna vez Emmanuel Kant llamó “minoría de edad”. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

La palabra provocadora y altanera del malogrado presidente era frecuente en los foros internacionales. Fue su espacio preferido, pero no el único, para desplegar sus denuestos contra quienes él consideraba sus enemigos,  internos y externos. George Bush era un blanco permanente en ese sentido. Alguna vez lo llamó “diablo” y señaló la existencia de una presunta estela de azufre, que dejaba a su paso el norteamericano en los pasillos de las Naciones Unidas. 

En otra ocasión atacó la Secretaria de Estado de Bush, Condoleezza Rice, señalándole que, palabras más o menos, la funcionaria necesitaba un hombre, como él. Mucho tiempo después, cuando Rice no era ya parte del gobierno de Estados Unidos, le respondió a Chávez el desatino en una carta. El texto cargado de ironía decía, entre otras cosas, que aquella salida de límites de Chávez mostraba la forma como el presidente caribeño consideraba a la mujer y que de eso no sólo podía dar cuenta ella misma, sino las parejas que se habían apartado de Chávez en diferentes momentos

Además, le señalaba a su ríspido interlocutor y de manera puntual, sus océanos de falta de conocimiento, haciendo también la salvedad de que cuando ella, Condoleezza, necesitara a un hombre no buscaría a un “gorila” como Chávez, ni tampoco a los gorilas menores de su entorno inmediato. La carta de Rice es memorable, tanto y en las antípodas como la repugnante expresión de quien generó el incidente, marcándole de paso que hay un dicho español cuya expresión, a la letra, señala: “…a una mujer, ni con el pétalo de una rosa”.  

Otro blanco constante del fuego verbal de Chávez fue el expresidente colombiano Álvaro Uribe y lo mismo hizo con Juan Manuel Santos, cuando era ministro del anterior mandatario cafetero. También el peruano Alan García fue objeto de sus insultos y muchos de los que se salvaron de las andanadas verbales del venezolano obtuvieron el beneficio por fruto de la casualidad y no porque Chávez careciera de deseos de convertirlos en víctimas de su empuje, al menos en la palabra gruesa

Ese afán de pendencia fue parte de su mejor imagen como conductor de un proceso político de esperanzas permanentes, fracasos continuados, porfiada pervivencia y preferencia de los latinoamericanos. La idea de que insultando al imperio se lo afecta y de que al denunciarlo se lo debilita, es un criterio tan arraigado como inútil desde hace muchas generaciones entre la gente común y, sobre todo, entre los militantes de cierta izquierda de esta región del mundo. 

La figura de la eterna impugnación a los países desarrollados es un tanto patética en sí misma, por su propia impotencia, pero resulta simpática para esos millones que creen que el origen de sus males está en otro lado y no en la falta de asertividad en lo individual y en el conjunto, para salir de las crisis e inconsistencias sociales recurrentes. Chávez, de manera intuitiva y constante, siempre hizo buena y astuta lectura de ese malestar colectivo y pertinaz, por eso lo volcó en el discurso político espetando la irritación sempiterna hacia los poderosos.  

El mejor intérprete literario de ese relato de “martirologio” circular es un escritor oriental, del Uruguay, citado con cierta asiduidad por parte del expresidente Hugo Chávez: Eduardo Galeano. En la obra emblemática de ese autor “La Venas Abiertas de América Latina”, la culpa del subdesarrollo siempre está distante, casi como una metafísica. La ausencia de autocrítica y reposicionamiento ideológico para las miasmas propias, es un recurso argumentativo constante de hombres como Chávez o Galeano, quienes olvidan que la autocrítica es un buen recurso, incluso en la teoría de su propia ideología, para reconstruir caminos 

Pero el “kitsch” del comportamiento de Chávez en los espacios sociales y foros políticos del mundo, lejos de cerrarle puertas le granjeaba sonrisas, a veces con cierta carga de conmiseración. Es que no dejaba de proyectar en sus dislates verbales el recuerdo de los despliegues del “buen salvaje”, que es parte de la inocencia “naif” que aquéllos que son insultados ven en no pocos de los personajes de la fauna política, entre otras faunas,  de este continente 

Ese gusto por lo grotesco en el accionar afirmaba cierto toque de autenticidad que Chávez ponía en sus alardes y chabacanería explícita. La intención de abrazar a la reina británica durante el desarrollo de una ceremonia de protocolo en Londres, fue parte de su folclórico desparpajo. Es cierto también que en ese aspecto, hay que decirlo, el fallecido presidente de los venezolanos nos hará falta (aresprensa).                 


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