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EGIPTO: MALDITA PRIMAVERA / ACTUALIDAD / DOXA

Publicado el 23 de agosto de 2013 / 22.30 horas, en Bogotá D.C.

EGIPTO: MALDITA PRIMAVERA* 

El ascenso de un mandatario musulmán militante en Egipto, hace un año, completó un panorama bastante oscuro para los intereses de occidente en la otra orilla del Mediterráneo, la que no es europea.  Allí, donde se disputaron las principales esferas de influencia durante más de dos mil años. No por previsto ese panorama deja de inquietar. Es cierto que ya el Mediterráneo no es el mare nostrum que fue en la Antigüedad y las esferas de influencia pasan desde hace mucho tiempo por otros heartlands de importancia geopolítica e incluso más allá de los intereses que definen a esa disciplina. Pero que haya cambios en uno de los centros álgidos de tensión no significa que lo que ocurra en los alrededores de esas aguas no repercuta en el planeta. Después de todo, además de Egipto, allí están Israel, Turquía, Siria y algunos otros de los principales países que siguen siendo factor importante para el mundo y así ha sido desde el inicio de esta historia. Lo que inquieta es la deriva de la agitada “primavera árabe” que comenzó hace más dos años y se extendió por todos esas  sociedades norafricanas y del área relacionada, con resultados inesperados: la caída y muerte de Muamar El Gadafi, el cambio de situación en Túnez con la imposición de otro gobierno islámico de tendencias radicales, la sangre que sigue corriendo en Siria y, finalmente, la crisis de Egipto. Un país cabeza regional que sigue en la fe los dictados de Mahoma y se le asigna por historia una influencia con un peso específico bien ganado. El giro de la situación en este país es peligroso y fascinante, tal como lo siempre lo fue, pero ahora más porque toca por completo y de manera directa la compleja estabilidad internacional.  

Toca a todos, porque allí no solo hay musulmanes radicales o fronterizos con posiciones extremas, también hay un segmento grueso e importante de población laica que, aunque comulga con las creencias mayoritarias está lejos del fundamentalismo, casi la mitad de sus más de 50 millones de habitantes está dentro de ese espectro. A todos, porque en Egipto hay una comunidad cristiana ancestral, los coptos, acomodada en lo social y perseguida por los radicales musulmanes. Éstos son los mismos y herederos de los que asesinaron a Anwar el Sadat y de manera subrepticia se afianzaron de manera constante, hasta el ascenso del derrocado Mohamed Morsi. Caída provocada mediante un golpe de estado palaciego que se pretende negar en Occidente. El concepto occidental de democracia encuentra aquí una aporía, sin salida a la vista como corresponde con toda aporía

El manejo que se le ha dado a la situación de la región es perverso, tal como siempre lo ha sido cuando las decisiones estratégicas no han estado atadas a los valores que la propia tradición de la cultura occidental ha construido en siglos, sino a las conveniencias que con frecuencia chocan con esas escalas de valores. Desde que el Medio Oriente y África fuera integrado a la repartición colonial, entre fines del siglo XVII y todo el siglo XX, esta región ha estado sometida a una intensa presión y despojo cultural, económico y de manipulación política. La riqueza petrolera sobre la que se asienta el desarrollo de la cultura creada desde El Renacimiento y cuya frontera es universal y contemporánea, ha sido más una desgracia que un beneficio histórico para estos países cercanos a Europa, de rica historia, cultura

Egipto no es una potencia petrolera, pero es una potencia ideológica, cultural e histórica para el Islam. Es además, el país que tiene la llave del Canal de Suez, por donde pasan los grandes tanqueros que llevan casi el 10 porciento del petróleo a los países industriales y es, como si fuese poco, el país que define la continuidad de la paz inestable tejida en la región con Israel. El otro que tiene que ver con este tema en la zona cercana es Irán. Nada más riesgoso para los intereses de las grandes potencias que un Egipto que siguiese el camino que siguió Irán desde fines de los años 70. En este último, un fundamentalismo ario y minoritario dentro del Islam se convirtió en un desafío aún vigente.  

Era demasiado imaginar que Egipto, con su tremenda carga simbólica y que al igual que Irán tiene una historia que se remonta a los orígenes y bases de la propia cultura occidental, siguiese el camino radical que el derrocado presidente pareció abrir con su democrática elección hace algo más de un año. Las fuerzas armadas, las mismas que alentaron con su pasividad aquella primavera árabe que dio al traste con el faraónico régimen de Mubarak, hizo el giro hacia una violencia sin destino a la vista ante la revuelta de los musulmanes que rechaza el desplazamiento de Morsi y provocó lo inimaginable: la vuelta de las armas del Estado hacia los civiles. Algo fuera de toda consideración que finalmente sucedió y quebró la confianza en una fuerza armada que desde Gamal Abdel Nasser en los años 50, respaldaba la “voluntad popular” y era un aliado del poder político, no un simple y neutral defensor de los intereses del estado egipcio.  

En la trágica confusión que genera la impugnación popular y la represión consecuente, más de medio centenar de iglesias coptas han sido incendiadas y sus tesoros destruidos. Las culpas al respecto caen sobre los radicales levantados contra el orden impuesto manu militari, pero el atacante de esa minoría hoy puede ser cualquiera. Junto con todo esto y el baño de sangre, también se ha precipitado el saqueo de la riqueza arqueológica de museos y centros de estudio y visita internacional.  

Ese patrimonio que ya no es egipcio sino toda la humanidad, no solo es una muestra del desenfreno sin medida en la violencia y la avidez de los que destruyen y roban. También es anuncio nefasto de lo que todavía falta en la escalada de violencia sin límites y pérdida de todo prurito frente a lo que se supone es posible atropellar y negar, eso incluye a la propia historia. Tal como lo hicieron evidente alguna vez los talibanes de Afganistán con las gigantescas estatuas de Buda, enclavadas en las montañas de ese país: las dinamitaron por ser evidencia del origen de una religión “pagana” a la que el Islam rechaza (aresprensa)

EL EDITOR

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES                      


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