CHILE: 40 AÑOS DEL QUIEBRE INSTITUCIONAL / ACTUALIDAD

Publicado el 17 de septiembre de 2013 / 10.25 horas, en Bogotá D.C.

CHILE: 40 AÑOS DEL QUIEBRE INSTITUCIONAL 

Las heridas siguen abiertas y así lo brindan en testimonio las manifestaciones de conmemoración de los 40 años del quiebre institucional en Chile y la violencia que lo acompañó, con actos vandálicos y el saldo de un gran número de heridos, víctimas de los choques en las expresiones de rechazo. No fue suficiente el llamado a la cordura del presidente Sebastián Piñera, en los últimos meses de su mandato, y su convocatoria a la reconciliación en la necesidad de que el país austral mire hacia el futuro aprendiendo las duras lecciones del pasado. El requerimiento de Piñera no es nuevo y tuvo la necesaria moderación que demanda su hora personal e institucional, pero parece que todavía no es suficiente para las exigencias que se hacen desde el lado que dice representar a quienes sufrieron los rigores del gobierno militar y la acción de las fuerzas que derribaron al gobierno democrático de Salvador Allende Gossens y su experiencia de un socialismo surgido del voto popular

El discurso de Piñera tuvo un toque particular: señaló que lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 fue una situación si bien no inevitable, consecuencia de un deterioro de las instituciones y de las formas de las democracias republicanas en las que también tuvieron que ver la actitud de algunas de las fuerzas políticas que acompañaban al malogrado presidente destituido por la fuerza. En otras palabras, según Piñera, no fue sólo una maligna conspiración de las instituciones armadas y de fuerzas internacionales, sino que el desafío impugnador y deteriorante del orden democrático también había sido responsabilidad de las autoridades civiles y de sus aliados en aquel momento o por lo menos de una parte de ellos

La alocución de Piñera no fue escuchada por todos los chilenos porque en el mismo momento en que hablaba el presidente, la oposición al gobierno con la exmandataria Michelle Bachelet a la cabeza y sus colegas de la llamada Concertación, desarrollaban un acto paralelo. Algo sugestivo aunque comprensible en tiempos de elecciones que en efecto se celebrarán en octubre de 2013, pero que ratifican las tensiones entre quienes son herederos de las víctimas del golpe de estado de inicios de la década de los 70 y de aquéllos que son señalados como continuadores o se supone que coincidieron con la saga política del gobierno militar.  

Son muchos, claro, los que hoy niegan muchas cosas pero que en el momento se unieron a aquellos militares victoriosos que se alzaron contra el gobierno civil. Chile se ensombreció en esos años oscuros en los que, como si las cosas internas no fuesen suficientes, casi quedó envuelto en una guerra internacional de imprevisibles consecuencias. Salió el país delante de ese y de otros problemas, traumatizado y con una profunda cicatriz en el alma, pero también, quizá por lo mismo, fortalecido. La derrota electoral de Augusto Pinochet en el famoso “No” de 1988 y el inmediato acceso y reanudación de las lógicas democráticas -que llevaron a La Moneda a Patricio Alwyn, en 1990- mostraron que la autocracia no era posible en su propósito de prolongarse de manera indefinida

No fue sólo eso, también el modelo económico impuesto por el gobierno de facto tuvo un éxito que no se presentó entre sus vecinos, envueltos en la marea de cambios económicos, secuela del fin de la Guerra Fría. Eso fue lo que heredó la Concertación que agrupó a fuerzas políticas tradicionales y también a las de la izquierda añeja y expulsada del poder, como polo de opinión que emprendió con éxito la delicada cirugía de recomponer la normalidad del país, caminando sobre vidrios.  Se trataba de diluir la nostalgia por el orden autoritario que se había impuesto la etapa anterior, al tiempo que apartar los miedos por el otro autoritarismo mesiánico de los sectores impugnadores y recalcitrantes.  

De alguna manera, se trataba de volver a vivir en democracia y demostrar que se había aprendido la lección del pasado inmediato. Eso lo entendió la misma izquierda chilena y generó de inmediato la desconfianza de aquéllos que en América Latina sostenían una idea heroica de la conquista de los resortes del estado por la vía democrática, pero velando su vigencia con violencia larvada o con la amenaza constante sobre esa posibilidad. Algo que muestran de manera constante los gobiernos de los países del Alba. También algo de eso parecen anunciar las expresiones de violencia que mostraron parte de los manifestantes que rememoraron este aniversario 40 de aquel putsch militar.  

Tal entendimiento de la delicada situación en aquel tiempo caló profundo en los chilenos, tanto como para poner distancia y diferencia con los países del entorno que siguieron caminos diferentes en el proceso de rearmado de la democracia. El caso argentino es el más evidente de la diferencia entre el error y el tino. Por momentos, en la misma Colombia pareciera que la búsqueda de paz se encamina a la pendiente y perversiones que se advierten en la Argentina, en donde los crímenes de las organizaciones armadas al margen de la ley quedan impunes y se le da carácter de héroes a quienes no pasan de ser criminales históricos. Es cierto que la reconstrucción de la democracia chilena no ha concluido y que aún queda una distancia entre lo hecho y lo que se hace en el llamado a rendir cuentas por responsabilidades en las exigencias de verdad reparación y justicia. Pero la búsqueda y requerimiento de tales respuestas no pueden terminar en la desinstitucionalización del país.   

La proximidad de las elecciones por la presidencia le dio un clima especial a la relevancia de esta conmemoración. Luego de un largo lapso de preeminencia del plan político de la Concertación en el estado chileno, se puso en juego la alternancia y la gestión de gobierno de Sebastián Piñera es la evidencia de ello. Ahora, todo anuncia que volverá a La Moneda la candidata emblemática de las fuerzas que reconstruyeron la democracia chilena: Michelle Bachelet. La alternancia es uno de los relieves de la madurez de una sociedad democrática y ese es el mayor legado que debería tomarse en cuenta de lo que dejan como registro para América Latina estas cuatro décadas de historia chilena (aresprensa).                      


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