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BRASIL: ESA REUNIÓN QUE PARTIÓ EN DOS LA HISTORIA / ACTUALIDAD

Publicado el 14 de octubre de 2013 / 20.30 horas, en Bogotá D.C.

BRASIL: ESA REUNIÓN QUE PARTIÓ EN DOS LA HISTORIA 

El ambiente del encuentro, en aquel noviembre de 2003, fue denso y pesado antes de producirse y durante su primer tramo. Era el esperado encuentro entre el recién presidente electo Luiz Inácio Lula da Silva y las cabezas de las cúpulas de las dos instituciones determinantes de la institucionalidad brasileña: las fuerzas armadas y la industria de São Paulo. Los hombres que en esa tarde se sentaron frente a Lula eran el general José Veiga, cabeza del alto mando militar, y el máximo representante de la burguesía nacional, el empresario Paulo Skaf. Ese encuentro definió las contingencias de lo que siguió en la política carioca y de su apuesta por ser una potencia determinante, liderando a la América Latina y siendo interlocutora de nivel mundial. Es probable que no hubiese un próximo Mundial de fútbol, ni una Olimpiada posterior sin lo que resultó de esa reunión, que le aseguró a Lula la viabilidad de su proyecto y la misma gobernabilidad de Brasil. Eso explica también la unidad de cuerpo que mostró la sociedad brasileña ante la reciente tensión surgida con los Estados Unidos por el espionaje electrónico hecho a las altas instituciones del país sudamericano y a la misma presidenta, Dilma Rousseff. 

Escribe: Manuel GAITÁN*    

El ambiente de la reunión era por demás tan denso como pesado. El humo de los populares cigarrillos “calavera”, con fuerte axé afro**, volvía más fuerte la atmósfera en la sala de conferencias del Partido de los Trabajadores. Esa atmósfera se asemejaba a las reuniones que había encabezado el líder de esa fuerza emergente en tiempos de la más dura huelga sindical contra la dictadura militar brasileña. En esa confrontación se había debilitado a la concentración patronal del estado de São Paulo, la más grande y poderosa de América Latina.  

En aquel año, 1979, los obreros y trabajadores del gigantesco país sudamericano atendieron el llamado de Lula. También desde ese punto en el tiempo su liderazgo se hizo legendario entre la gente asalariada. Fue una huelga por la apertura democrática, el reconocimiento de los derechos sindicales y el aumento de los salarios. Fue un movimiento que propició la declinación del régimen militar, aceleró el retorno a la democracia y el nacimiento del Partido Trabalhista (PT), una fuerza política icónica que comenzó a determinar de manera abrupta los anteriores balances de la política brasileña. Su nombre contenía una lejana memoria de las formaciones trotskistas, herederos de la llamada Cuarta Internacional.  

En ese juego de cartas marcadas los movimientos consecuentes le dieron a Lula un espectacular primer triunfo electoral en 2003, con un 62 por ciento de favorabilidad que amenazó al país con una suerte de “póker proletario brasuca” en un escenario desconocido hasta ese momento para un Brasil acostumbrado al manejo administrativo de los militares o de los partidos tradicionales, conservadores, neoliberales y no pocos progresistas café com leite. Ese tradicional estamento militar, heredero de los rituales imperiales que habían dejado los Braganza y las poderosas confederaciones empresarias de São Paulo, Rio y Belo Horizonte, quedaron en pie de alerta y con la sensación de un peligroso acorralamiento.  

Esos añejos manejadores de la política brasileña no podían ver al renombrado sindicalista como otra cosa diferente que un advenedizo radical e ignorante, cuyo único título evidente era la desaparición por corte de su dedo meñique esquerdo, producto de un accidente laboral sufrido en el torno de la empresa automotriz que fue su fuente de trabajo y soporte del inicio de su carrera sindical.  Los opositores de Lula se sentían apoyados por el ambiente de crisis nacional que se profundizó con aquel triunfo trabalhista. La devaluación del 30 por ciento del valor de la moneda local: o real. El horizonte se hacía más pesimista con una inflación mensual del 2 por ciento y calificaciones negativas para la deuda pública y el índice del “riesgo país”.  Empero, los opositores sostenían a grito en cuello: “…el triunfo petista llevará a Brasil a la catástrofe”.  

En ese marco los distinguidos visitantes de la sede del PT tomaron como una provocación la invitación a esa casa para hablar con el nuevo presidente, planteada  por lo que parecía seguir siendo un líder sindical en pie de lucha y no un estadista que se aprestaba para administrar el país más extenso, poblado e importante de América Latina. Se sintieron como convocados a una “guarida” para recibir “línea” y no como una invitación formal al diálogo con un presidente electo de la República Federativa do Brasil

Luiz Inácio Lula da Silva Dilma Rousseff

El comandante del ejército en aquel entonces y el presidente de la paulista CIEP, Paulo Skaf, entraron en esa jornada a la sala de reuniones, con paso firme aunque nerviosos y cara de pocos amigos. Los acompañaba una reducida comitiva que, rápido, quedó rodeada por el Comité Central petista. El humo de los calavera le daba un toque de surrealismo cinematográfico a este extraño encuentro al cual sólo le ponía color la presencia de una mujer menuda, de baja estatura, agradable en el trato y de cultas maneras: era la “camarada” Dilma Rousseff, alias a rusinha, quien suavizaba un tanto la atmósfera espesa de la singular jornada.  

Apenas alcanzaron a sentarse y Veiga miró duramente al novel Presidente, para espetarle sin educación ni anestesia:  

  • “…Lula no se vaya a meter con el ejército…”*** 

De inmediato, Skaf le advirtió a da Silva, con formas diplomáticas aunque sin abandonar la exigencia retadora:  

  • Señor presidente, los empresarios del Brasil esperamos que usted no sea un radical comunista como Hugo Chávez…”**** 

Lula guardó un estudiado silencio y mirándoles de frente, con socarrona y entendida mirada, a medio camino entre la confianza y cierta actitud de sobradez, les respondió: 

  • Caballeros, me gustan las personas que van al grano. Como presidente del Brasil, garantizo la continuidad de nuestra política militar nacional y el respeto para las actividades productivas de nuestros empresarios…”***** 

De inmediato, el presidente electo precisó el criterio anterior: 

  • A cambio, les pido que me apoyen en mi política social inclusiva que va a favorecer la paz social y la riqueza de todos…”****** 

“…De acordo, Senhor Presidente...”, le reconocieron un tanto aliviados Veiga y Skaf. Lula, como buen capitoste sindical, les disparó para el final la exigencia de gracia: 

  • “…Me considero en libertad para desarrollar mi programa de gobierno, en política internacional. Necesito satisfacer el imaginario de mis electores de izquierda…”*******  

Muito bem, mais não retire os pés da placa, Senhor Presidente…”, (“Muy bien, pero no saque los pies del plato, señor presidente…”). Le aceptaron, desde ese momento, con educada resignación, el general y el capitán de empresas más poderoso de todo Brasil, para la época. Después, la reunión se desarrolló en otro ambiente y concluyó, podría decirse, de manera cordial. El pacto entre las fuerzas determinantes del Brasil se consagraba y el futuro se abría de otra manera para el gobierno de Lula. Una situación aún vigente

Ese inédito y casi desconocido pacto entre caballeros y sindicalistas le dio a Lula una inesperada libertad de movimientos para cumplir con su proyecto y ha dado pié, de manera insospechada para la actualidad, a un claro alineamiento de las fuerzas conservadoras, empresariales y militares con la presidenta trabalhista, Dilma Rouseff.  

Esto, a raíz de la revelación de la intervención de comunicaciones que los organismos de inteligencia de los Estados Unidos han realizado a la presidencia, a la empresa Petrobras, además de otras personalidades e intereses vitales brasileños. Rousseff  se ha manejado con extremo tacto declarativo ante esta compleja situación. Prácticamente ha callado ante la también entendible y silente diplomacia norteamericana.  

Sin embargo, su antecesor, el expresidente Lula da Silva, su mentor político en el PT no ahorró  epítetos ante el caso de las intervenciones norteamericanas en las comunicaciones oficiales y privadas de los brasileños. Preguntó Lula cuál fue el delito de la presidente Dilma Rousseff para que “alguien” se permita filtrar sus conversaciones, escritos e intercambio de correspondencia electrónica.  

Este interrogante no deja de reflejar cierta ironía a posteriori, dado el amplio prontuario que la presidenta brasileña acumuló en los archivos de la Policía Federal brasileña, durante buena parte de los años 60. Tanto y al punto de que fue detenida y estuvo recluida desde 1970 hasta 1973, por su militancia revolucionaria y participación activa en la organización guerrillera VAP-Palmares (aresprensa). 

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*El autor es venezolano, columnista permanente de ARES, experto en política internacional de América Latina.   

**El axé es un ritmo y movimiento musical nacido en Bahía, a inicios de los 80, pero en lengua yoruba significa “fuerza vital” y también “energía positiva”.  

***Lula, Eu não acho que você vai mexer com o exército...”. 

****“Senhor Presidente: empresários do Brasil, esperam que você não seja um comunista radical como Chavez...” 

*****“Cavalheiros, Eu gosto das pessoas que vão para o grão. Agora, como presidente do Brasil, garanto a continuidade de nossa política militar nacional e o respeito pelas atividades produtivas de nossos empresários...”. 

******“...Em troca, peço-lhe para mim apoiar na política social inclusiva que vai acabar favorecendo a paz social e a riqueza de todos...”.  

*******“Considero-me em liberdade para desenvolver o meu programa de governo na política internacional. Eu preciso dele para satisfazer a imaginação dos meus eleitores de esquerda”.


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