JOHN F. KENNEDY, MEDIO SIGLO DESPUÉS / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 27 de noviembre de 2013 / 17.50 horas, en Bogotá D.C.

JOHN F. KENNEDY, MEDIO SIGLO DESPUÉS* 

Fue un tiempo en el que coincidieron la cristalización de ilusiones y las tragedias. La música popular y otras expresiones de la estética decían de lo primero y la Guerra de Vietnam que se encendía hacia su máxima irracionalidad, hablaba de lo segundo. Terminaba noviembre de 1963 y el presidente John Fitzgerald Kennedy visitaba Dallas en vísperas de Navidad y de un año preelectoral que presagiaba su aspiración a la reelección, ahí en Texas fue la tragedia. En esas contradicciones de gran volumen, la imagen de aquel presidente y de su familia, trazaban un paralelo en el sentido de que la utopía de la Modernidad ya había anidado de manera definitiva en el mundo, en tanto que la vida personal y la de su estirpe -tanto como lo fue el propio sacrificio de Kennedy- señalaban la amenaza de aquella contradicción.  Fue ese presidente norteamericano la mayor evidencia de la confrontación en la Guerra Fría y al tiempo la manifestación de lo que anunciaba como viable la teoría jurídica y de lo civil: todos los hombres son iguales y tienen derecho al menos a una pizca de felicidad en la vida

Por eso era posible señalar que la imagen de optimismo y esplendor que enmarcó la parábola vital de aquel presidente también anunciaba la tragedia, la de su propia vida y la de los hombres que vivieron aquel tiempo y viven este otro que es el mismo tiempo que dejó atrás toda expectativa por una metafísica prometedora de una existencia libre de pesares, pero por fuera del mundo. Es por eso que la figura de lo que fue el malogrado mandatario norteamericano sigue pegando fuerte en la subjetividad e incluso se ha agigantado con el curso de los años. Medio siglo después sigue siendo una referencia de las esperanzas, aun cuando su propio mandato no fue un dechado de virtudes y dejó en incógnita lo que pudo ser y mucho de lo que prometió.   

Algunas de sus promesas se concretaron después de su sacrificio. Además, parte de la estela negativa iniciada por Eisenhower se agrandó en su administración: la guerra de Vietnam fue un ejemplo, porque en efecto Kennedy profundizó el conflicto en Asia por su militante anticomunismo que estaba acompañado por una también militante confrontación interna por la defensa de los derechos civiles que habían sido postergados desde siempre para las minorías afrodescendientes, desde la libertad que les dejó la Guerra Civil del siglo XIX, con el sacrificio del también presidente Abraham Lincoln que la promovió y la impuso. En su momento, Lincoln no emprendió el camino de corte con la esclavitud sólo por un espíritu humanista, como dice el mito histórico, sino también por las nuevas condiciones de relación laboral y ajuste social que empujaba la industrialización ya afirmada 

Esa adecuación iniciada hace dos centurias y conforme a los tiempos, no solo se acomodaba a las transformaciones del mundo sino también a las concepciones nuevas que en lo social debían acompañar al cambio material y político. Kennedy encarnó la necesidad de hacer ciudadanos de primera a aquéllos que venían detrás y debajo en la pirámide social, al tiempo que señalaba en esa especie de fin de la historia que la inclusión debía permear, abría las posibilidades de disfrutar de la civilización del consumo. La felicidad anhelada y postergada para tantas generaciones debía iluminar las mesas y las expectativas de todos en los Estados Unidos y, de allí, al resto. En otras palabras, el relato de un hedonismo cercano a la idea de felicidad debía alcanzar si no a todos, a los más posibles. Eso incluía a las minorías raciales, sin descartar a las otras.   

Todo dentro del esquema filosófico propio de los sajones: la conveniencia convertida en norma ética, como eje del obrar de los hombres que crecieron en esa cultura: utilitarismo y pragmática como eje rector del comportamiento colectivo. La lucha por los derechos civiles que impulsó y lanzó Kennedy durante su presidencia no sería comprensible sin ese eje y conjunto de valores, que no niegan la expansión del negocio y exige la idea de ciudadanía para alcanzarlos. Pensarlo de otra manera nunca dejaría de ser una ingenuidad. La búsqueda de ese horizonte exigía el heroísmo e incluso el sacrificio y por eso fueron martirizados primero el presidente y después el vocero de esos valores: Martin Luther King, al igual como años después ocurrió con el hermano del fallecido presidente, Robert Kennedy.  

Sacrificios que habían estado precedidos por la ya referida Guerra de Secesión, los que cayeron en Filipinas durante la “guerra olvidada” de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX y también aquéllos que murieron en los campos de batallas de las dos guerras mundiales. Es que,  junto a la contradicción que encarnó aquel presidente no solo aparece Vietnam en el recuento histórico, también Cuba fue una de las obsesiones políticas e ideológicas que empañaron el tránsito vital truncado de John F. Kennedy. Fue en ese marco, nada menos, que el hombre que dirigía desde la Casa Blanca, puso más cerca al mundo de un holocausto nuclear en el contexto de la rivalidad con la Unión Soviética, el otro poderoso gigante victorioso de la segunda contienda universal.  Esa experiencia delirante también le enseñó al novel dictador -para entonces- Fidel Castro Ruz, que es tan malo dormir con los norteamericanos como fue hacerlo con los soviéticos.  

Sin Kennedy nada hubiese sido lo mismo para la cultura hippie, que llegó años después, ni el Mayo francés, ni las propuestas alternativas de los muy cuestionados Marcuse y Althusser. Nada hubiese sido lo mismo y ni siquiera quizá hubiese crecido tanto la imagen de la revolución cubana y de uno de sus dos iconos mayores: el “Che” Guevara. Porque este último personaje pudo acrecentar su capital simbólico -y sin que el mismo Guevara se lo propusiera- en la contradicción que reflejó la presencia del demócrata Kennedy en la presidencia de su país: su reformismo e intención de incluir la diferencia cultural, racial o económica, al tiempo que su anticomunismo hirsuto, tanto o similar como era y es el de sus oponentes republicanos.   

Nada quedó inmutable con el paso de este presidente norteamericano, incluso en el campo de la estética, porque Andy Warhol fue más a partir de la euforia por la vida que dejó Kennedy en el mercado y en la manera de hacer el arte, que coincidió con el tiempo del “pop”, y las letras y música de las famosas baladas de ese momento y del mismo rock and roll, como exaltación de vitalidad. Por Kennedy fueron más Bobby Darin, Bobby Vee y Brenda Lee o Bob Dylan, entre centenares de otros grandes, mientras The Beatles, asomaban para hablar de lo mismo y de la propia contraposición ya señalada. Una propuesta vital expresada en la política, con mucho de ingenuidad propia de la exaltación romántica del existir. Desde el día de la muerte de Kennedy todos dejamos de ser ingenuos y perdimos algo de aquel sensorium por la felicidad que era afín con el “fin de la historia”, de esa que encarnó Kennedy y de las otras que llegaron después (aresprensa).  

EL EDITOR 

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia Ares   


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