SE FUE “MADIBA” / ACTUALIDAD

Publicado el 05 de diciembre de 2013 / 23.00 horas, en Bogotá D.C.

SE FUE “MADIBA 

Fue en vida uno de los símbolos máximos que dio el siglo XX para imaginar la posibilidad de un mundo en paz y con justicia, sin acudir a la violencia. Ese siglo que dio dos guerras mundiales y más de cien millones de muertes en la defensa de “patrias” y presuntos ideales, lo vio pasar y dar la vuelta. No fue un símbolo único en ese sentido, pues compartió con Gandhi y Martin Luther King la misma actitud y el mismo carisma, con seguidores que se proyectaron al mundo con los mismos ideales: reclamar derechos evitando la confrontación. Uno de ellos, Gandhi, alcanzó la independencia de su país, la India, el otro hizo imposible de detener la marcha hacia la igualdad racial y de derechos en la principal potencia del mundo. Uno, a diferencia de los otros dos, sacrificó su libertad durante casi tres décadas, ese fue Mandela, los otros sacrificaron su vida, la propia, por alcanzar lo que se propusieron para sus sociedades. También el líder sudafricano estuvo dispuesto a ofrendar su existencia, pero sobrevivió a los otros dos para la realización de su empeño y sacrifico vital, de la misma forma como pudo ver la concreción exitosa de su lucha

Escribe: Rubén HIDALGO 

Distinto de los otros, Mandela siguió como ejemplo vivo de las nuevas generaciones hasta esta segunda década del siglo XXI. Nada más necesario en este tiempo que un ejemplo como este hombre del África profunda, surgido en un clan de la etnia xhosa que debió enfrentar el apartheid de la minoría blanca en su país, al tiempo que la desconfianza secular de los zulúes, tan africanos ancestrales como los otros. Su apodo, el que lo acompañó buena parte de la vida, corresponde al de ese grupo tribal al que perteneció por determinismo genético y de grupo étnico: los madiba.  

En esa síntesis y en el recoger lo andado en un camino inicial, con opción por la violencia, se convirtió en un humanista en el sentido pleno de la palabra tal como lo hicieron aquellos otros dos, que se unieron en los ideales propositivos dentro del respeto inclaudicable por la diferencia. Un respeto que debía incluir a los enemigos o a los simples contradictores, es decir quienes podían pensar en sentido inverso. Nada más simple y al tiempo, nada más complejo para entender y aceptar. Sobre todo en sociedades divididas en odios ancestrales y en apariencia irrenunciables

Al margen de aquellos determinismos que condenan a quienes nacen y crecen en ellos para ser conducidos hacia una vida de odio a la diferencia, Mandela debió superar la presencia de un poder político que había impuesto un régimen de segregación hacia la población negra. Los blancos había llegado al sur del África primero con los portugueses y después a través de la colonización holandesa hace más de tres siglos. Luego fue el tiempo de los ingleses, quienes arribaron a esa zona en el siglo XVIII y se impusieron en guerra contra aquellos primeros blancos, que ya eran conocidos como los boers y hablaban afrikáner, a fines del siglo XIX. Entre ambos impusieron en el siglo XX el llamado apartheid

Una concepción política que emulaba las condiciones impuestas por la Alemania del III Reich en la primera mitad del siglo pasado y que como concepción segregacionista había uno de los motores de la Segunda Guerra Mundial. El desarrollo separado de etnias y culturas era germen del odio y el rechazo entre los habitantes de un mismo país, en el cual una minoría trataba como extranjeros y en minusvalía vía negación de derechos y opción a oportunidades, a los ciudadanos diferentes por razones de origen social y pertenencia étnica. Una situación de por sí inaceptable e intolerable para la comunidad internacional, sobre todo después del final de la última contienda mundial y de la derrota y destrucción de la abanderada de esa idea: la Alemania nacionalsocialista

Pero esa perversión política y social sobrevivía como una rémora anacrónica en esa Sudáfrica en la que Mandela pasaba sus años de cárcel desde la década de los años 60, con una cierta y abierta aceptación de varias potencias occidentales. Un rechazo simbólico y parcial por la vía de las sanciones internacionales no era suficiente para deponer la segregación supérstite. Fue Mandela y un segmento lúcido de la minoría blanca quienes se propusieron salir del callejón sin salida que afrontaba un país amenazado por la guerra civil casi inevitable. La actitud del líder negro al salir de prisión fue definitiva para construir el camino de la reconciliación. Demasiadas razones tuvo Mandela para odiar y, en cambio, decidió perdonar

Desde sus pulmones con silicosis, como resultado del trabajo de picapedrero en la cárcel, hasta la misma posibilidad de revancha por la condena de años en una celda solitaria que le arrebató lo mejor de su juventud, eran razones suficientes para que el líder sudafricano hubiese pasado cuenta de cobro a las autoridades de su país. Pero aplicó todo el poder y el prestigio que acumuló mientras era víctima de la intolerancia para recomponer el destino de su país. Eso lo convirtió en la cabeza indiscutible de la democratización e inclusión de la diferencia, para convertir a la Sudáfrica de hoy en un país promisorio, democrático y desarrollado dentro de un continente carenciado, tensionado, conflictuado y muy atrás de los sudafricanos, en términos comparativos y relativos.  

Pero, sobre todo, cabe señalar que la obra más importante que deja Mandela como legado, está más allá de los límites de su país y de su propia historia personal. Este hombre a quien el mundo le dice adiós y rinde merecido tributo es un ejemplo sobre cómo se puede construir la paz y de cuánto valor individual y moral se debe tener para hacer y lograr que los ánimos pugnaces sigan el camino de la reconciliación hasta disolver aquel ánimo que se resiste y cree que el enfrentamiento deja mejores frutos que la mano tendida. No en vano Colombia aspira a construir sus propios senderos de pacificación tomando parte del ejemplo que dio Mandela. Es buen momento para que una de las partes del conflicto colombiano entienda que la paz solo es posible de anudarse con intención sincera, como un fin y no como un medio. Muchos menos, como una vulgar y tan simple como perversa combinación de “formas de lucha” (aresprensa).              


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