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ARMANDO VILLEGAS, EL ADIÓS A UN GRANDE / ARTES VISUALES / PATRIMONIOS CULTURALES / A-P

Publicado el 31 de diciembre de 2013 / 17.50 horas, en Bogotá D.C.

ARMANDO VILLEGAS, EL ADIÓS A UN GRANDE 

Vivió en Colombia toda su vida de artista. En este país hizo su gran historia y su familia, pero nunca renunció a ser un peruano del Perú profundo. Había nacido en Pomabamba, Ancash, donde se asegura que emergió la lengua ancestral y sagrada de los incas. Su pintura fue conocida en el mundo y su fama trascendió las fronteras de sus patrias chicas, como hijo que fue de dos tierras sin que fuese nunca menor a ese desafío: honró a Colombia a la que dejó su legado y recogió de sus ancestros andinos todo lo que plasmó en su extensa obra. Fue parte del grupo de esos artistas colombianos que posicionaron las artes visuales del país cafetero en la segunda mitad del siglo XX. La dimensión y trascendencia de su trabajo lo pone en la misma línea de Alejandro Obregón y Enrique Grau, por mencionar solo a dos de esa talla

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

Es por eso que su desaparición cierra una época, esa de la internacionalización y el reconocimiento extenso a la pintura colombiana, más allá de la aldea.  Criticado de manera acerva y a menudo solapada, por parte de sus contradictores -que los tuvo en todo momento- ninguno pudo sin embargo minimizar la estela que dejó en más de medio siglo de disciplinado trabajo de taller y de exposición en los más apartados escenarios del mundo.  

Pasó de la abstracción a la construcción figurativa y de nuevo al abstraccionismo en tres dimensiones, con la flexibilidad de cualquiera que en la vida cotidiana puede cambiarse la camisa. Ese era parte del demostrado talento y maestría de Armando Villegas. No tenía obligación de ratificarlo ante nadie, en especial ante aquéllos que siempre lo negaron así fuese entre dientes, pero cada día con empecinada disciplina y a lo largo de su vida les restregó en la cara su valía como artista.  

La abstracción ocupó buena parte de su trabajo de juventud y una porción importante de sus últimos años. La mancha articulada a un concepto fue el eje de sus preocupaciones y búsquedas iniciales que le granjearon la atención preliminar de una incipiente pretensión de análisis al ejercicio de la plástica de aquellos jóvenes exploradores del arte que aún no se acercaban a las mieles del éxito y la fortuna personal. En ese grupo estaban Villegas, Botero y los otros. Eran los tiempos finales de la década de los 50 y el inicio de la agitada generación que cambió los paradigmas de vida en los años 60. Después, Villegas se volcó a la figuración en el trazo, que fue su producción  de mayor volumen y trascendencia

Abstracción y Fantasía
 

Al norte de Bogotá construyó su casa-taller que, al tiempo, fue un museo siempre abierto de obras nuevas y añejas, de precolombinos y objetos cotidianos sobre los que él tenía la afición de intervenirlos para convertirlos en arte, incluso por la vía de las que llamó “esculturas frágiles”. Allí se lo encontraba a toda hora y si no estaba haciendo trazos sobre telas o modelando materiales con manos jamás quietas, hojeaba libros de teóricos del arte, incluidos los de uno de sus preferidos, el oriental Joaquín Torres García

En realidad, mucha de esa crítica solapada hacia su obra era parte de inquinas personales acumuladas y de una cierta negada envidia a la maestría del maestro. Así fue Villegas a lo largo de su vida, elaborada a punta de una constancia de oficio que lo mostraba infatigable. El mayor conjunto de su abigarrada obra con reminiscencia barroca y renacentista, fue la que más pugnacidad le generó y la que al tiempo fortaleció su fama en otros espacios, allí donde podía desplegar su fuste de pintor magnífico, distante de la inquina de ocasión y vecinal

No son pocos los que le asignan a Villegas la autoría en el andar de una corriente estética que los apologistas han denominado “realismo fantástico”, asignado por la serie larga de guerreros con trajes de evocación onírica, tan renacentista como tropical o andina, según fuese la derivación que sobre cada pieza le imprimía el maestro a los entorchados. Junto con esos guerreros surgieron vírgenes, faunos, hadas, magos, fantasmas y héroes. Estos últimos de memoria cercana en el imaginario del panteón americano, Simón Bolívar entre ellos

ARMANDO VILLEGAS
Tres tiempos, una época
 

Esta tendencia plástica que encarnó Villegas quizá no fue otra cosa que una prolongación de la literatura que hicieron sus contemporáneos y algunos de ellos amigos, tales como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, aunque también de los pioneros de esa forma estética en palabra escrita: el paraguayo Augusto Roa Bastos y el mexicano Juan Rulfo. Es por todo eso que puede sospecharse que, si hubiese un Nobel para la pintura, Armando Villegas hubiera sido un candidato permanente a merecerlo.  

Esta nota de homenaje a su memoria guarda también una incógnita difícil de resolver: Villegas tuvo todos los reconocimientos que son posibles en las sociedades que lo conocieron y lo arroparon con su talante de artista y su labor, pero siempre quedó la sensación que había hacia él deudas no cumplidas ni saldadas en vida. Quedan entonces para la posteridad las honras pendientes hacia un grande sin reatos en la pintura de América Latina (aresprensa)           


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