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EL SOLDADO MAURICIO GABRIEL GAVIRIA (Q.E.P.D.) / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 10 de febrero de 2014 / 18.00 horas, en Bogotá D.C.

EL SOLDADO MAURICIO GABRIEL GAVIRIA (Q.E.P.D.)* 

Aún no se apagaban los saludos de intercambio con los deseos de un buen año 2014. Fue en la madrugada del 22 de enero cuando el soldado profesional Mauricio Gabriel Gaviria Palacios entregó su vida por la causa del país al que le juró fidelidad en una apartada región -Caloto- del departamento del Cauca, en el sur de Colombia. En esa jornada de combates fue la única baja de su contingente, él iba adelante de su grupo y, por lo tanto, era el más expuesto. Había nacido en La Dorada, una caliente ciudad intermedia a orillas del río Magdalena, en un cruce geográfico que es punto tránsito entre Medellín, Bogotá y otras ciudades importantes, como Manizales o Ibagué. Se fue como un hombre de honor que había sobrellevado su vida de combatiente durante los últimos diez años de alternativas del conflicto colombiano, y que lo tuvo todo ese tiempo como protagonista anónimo y siempre expuesto al peligro. Eso, ser soldado, fue lo que decidió como destino desde muy joven, apenas salido de la adolescencia. 

Tuvo una infancia con dolor temprano pues perdió por esas cosas del destino tanto a su padre como a su madre. Quedaron huérfanos él y su hermana, ambos al cuidado de una tía que asumió la obligación de “levantarlos” -como se dice en el lenguaje coloquial del país- para definir el alentar a los niños, estimularlos, educarlos y hacerlos crecer para insertarlos en sociedad como personas de bien, cuando toman la decisión de volar. Humildes como tantos otros colombianos, las opciones de vida para ellos fueron limitadas y ambos tomaron caminos diferentes pero correctos, su hermana -viuda muy joven y cabeza de familia- aún lucha en su trabajo del día a día por la crianza de dos niños. Él siguió adelante con la misión de soldado voluntario que había elegido

Bien pudo haber tomado otro sendero de vida, en esos tórridos pueblos del interior del país cafetero aún  atravesados, atenazados y amenazados por una violencia siempre activa o acechante, representada por la delincuencia común y organizada o los grupos ilegales. Esos que presumen de defender ideales de justicia social, pero que en realidad están fuertemente vinculados con el narcotráfico y otras formas de degradación social. En el tiempo de adolescencia de quien fue después el soldado Gaviria, era mayor esa tentación de ingreso a la violencia real o potencial

Pero no, a diferencia de otros jóvenes de su edad que tomaron destinos reprobables él eligió servir a su país y a su bandera, con el uniforme del ejército al que tributó la última década de las tres que tuvo su vida, dejando atrás la juventud temprana para terminar su formación, dentro de las filas de esa institución que lo acogió y lo convirtió en guerrero por el bien común. Así, sin proponérselo para sí mismo y desde escalón inferior de la estructura piramidal, se convirtió en héroe en esa aciaga jornada de inicio de año en que le arrebataron la vida.   

Fue el soldado Gaviria Palacios un número de orden más entre tantos combatientes de la fuerza armada que ofrendaron su existencia en el medio siglo largo de enfrentamiento que todavía golpea a Colombia. Son los mismos ideales por los que siguieron cayendo otros iguales a él, en los días posteriores al sacrificio de este muchacho. Fueron las jornadas posteriores al término de la tregua unilateral de fin año que las Farc le ofrecieron al golpeado país, reabriendo en enero la ferocidad con la que atacan objetivos sin distinguir en su condición, sean civiles o militares

Soldados como Gaviria Palacios siguen ingresando al ejército  colombiano en grueso número, a pesar de la dureza del conflicto y la barbarie de sus enemigos. Lo hacen con la misma convicción y actitud de gallardía, que es el espíritu con que  formaron a Gaviria Palacios y así se preparan para una cruda guerra en la que ya el caído inscribió para siempre su nombre. En suma, el soldado muerto fue uno de tantos que deja de ser un número de escalafón para representar en mármol a tantos pares de distintos escalones jerárquicos, que siguen entregando la vida por sus semejantes en campos y ciudades de Colombia

Él sabía que su destino estaba tan marcado como el de cualquiera de sus compañeros de armas. Por eso renunció a integrar una familia. ¿Para qué?, les señalaba a sus allegados de manera constante, en los cortos lapsos de licencia en los que regresaba a La Dorada. ¿Para qué?, si su vida siempre estaba en suspenso, en una especie de paréntesis que impedía pensar en el propio futuro, aun cuando su lucha diaria en operaciones permanentes estuvo dirigida junto con sus iguales de uniforme a asegurar el futuro de los demás en su maltratado país.

En un programa radial de la tarde, en Bogotá y en la semana de su muerte, se sumaban los miles de millones de pesos que desfalcan a diario esos ciudadanos elegidos o responsables del manejo de los recursos del Estado. Son esos mismos a quienes el soldado Gaviria se comprometió a defender incluso con su existencia y quienes, por su supuesto, no se dieron por enterados de su sacrificio distante, en la vereda El Totumo, de Caloto. Es probable que él mismo se haya preguntado en el fragor de otros combates, en su paso vital como hombre de armas, si valía la pena ese sacrificio potencial y definitivo que lo amenazaba de manera permanente

Es evidente que, si hizo tal reflexión, se dio como respuesta que sí era pertinente seguir arriesgando en el servicio lo que le quedaba de juventud. Es seguro que consideró a su tributo como más importante que la cercanía constante de la muerte, el sacrificio de los patrullajes sin horario, los campos minados, noches de vigilia, ración magra y satisfacciones esquivas.  Previendo el riesgo y aquella intuición de encontrar la caída definitiva en algún cruce de su compromiso de soldado, le dejó a la responsable de su crianza una modesta casita, como  seguro mínimo necesario para atenuar las dificultades vitales a sus seres queridos más cercanos, si quedaban expósitos de su presencia y asistencia. Nada era un azar para el soldado Mauricio Gaviria Palacios, salvo la lotería del próximo combate cuyo número fatal le tocó como premio negro aquel infausto 22  de enero de 2014.   

En esos días anteriores y posteriores inmediatos a su muerte, sucedieron otros episodios varios que enmarcaron el trágico desenlace en el sino del soldado Gaviria. Uno de ellos fue la referencia del presidente Juan Manuel Santos a la circunstancia eventual de que “el atentado contra un colombiano importante” pudiese hacer trizas el proceso de paz que, se supone, se está gestando en La Habana. Mauricio Gabriel Gaviria no era alguien importante para las listas del gobierno, el costo eventual supremo de su trabajo era ese que pagó y que aumenta la lista de quienes son asesinados por los irregulares. Esos que seguirán haciéndolo con otros, uniformados o no, mientras los cabecillas en la capital cubana tratan de hacer creer que negocian una posibilidad de paz. Esa muerte aislada y casi anónima en el Cauca no podía frenar ningún posible arreglo político con sus asesinos emboscados

También en esos días que enmarcaron la muerte del soldado profesional Gaviria Palacios, los ilegales armados atentaron contra las fuentes de agua potable al sur del país, en Puerto Asís -Putumayo- algo que nunca hicieron contra sus enemigos las tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial, ni lo ordenaron sus jefes, que fueron condenados en Núremberg como criminales de guerra y de lesa humanidad. Mientras tanto, ahora muy distantes en tiempo y espacio de aquella guerra máxima y universal,  los cabecillas de esos terroristas colombianos arreglan papeles para ganar impunidad, a diferencia de los dirigentes de la Alemania nacionalsocialista que pagaron con el patíbulo sus crímenes contra el género humano

A lo anterior debe sumarse una moto bomba que los subversivos hicieron estallar en el centro de Caloto, cerca del sitio donde cayó Gaviria Palacios, dejando a civiles como víctimas. Fue el mismo tiempo en que el Consejo de Estado, un importante estamento del institucionalidad colombiana, coincidió con el añejo y obsesivo criterio de los terroristas por apartar a las bases militares y policiales del espacio urbano de pueblos y ciudades, con el fin de hacerlos más vulnerables a los ataques criminales y facilitar las masacres que cometen de manera recurrente e indiscriminada contra la gente del común y los funcionarios oficiales. Esa es la asimetría moral de la lucha entre los uniformados del estado colombiano frente a sus verdugos. Los primeros, como lo fue el soldado Mauricio Gabriel Gaviria Palacios, están dispuestos cada día a jugársela como héroes que son, los otros no pasan de ser lo que siempre fueron y que se definen por sus propios actos de terror y el crimen permanente, aunque también por la corrupción de otros o, peor aún, por la indiferencia cómplice de los restantes. Esos por los que aquel soldado rindió su vida  en el inicio del año 2014 (aresprensa).

EL EDITOR 

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* La columna "DOXA", expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES 


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