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VIOLENCIA ANTIMUNDIALISTA / ÓRBITA FÚTBOL / MUNDIAL BRASIL 2014 / LOM

Publicado el 15 de marzo de 2014 / 21.35 horas, en Bogotá D.C.

VIOLENCIA ANTIMUNDIALISTA 

Sucedió en el epicentro del poderío brasileño, São Paulo. Esa ciudad que siempre rivalizó con Río de Janeiro en parte por ser esta otra la capital del señorío con que se reconstruyó en el nuevo mundo el  siempre presente imperio lusitano, en los inicios del siglo XIX. Fue la urbe paulista el primer escenario con el que se abrió la violencia anunciada y potencial de rechazo a la realización del mundial de fútbol que se efectuará entre junio y julio de este año. Un poco auspicioso anuncio a menos de cuatro meses del inicio de la justa mundialista y cuando ya es imposible poner las cosas en reversa. La protesta está vinculada con dos visiones contrapuestas, por un lado la de estos indignados sin demasiado tinte político abierto, que se citan por redes sociales y que aprovechan el marco del ambiente premundialista para impulsar la visibilidad de sus protestas. Por el otro, el desafío oficial de asegurar su proyecto de mostrar un Brasil seguro de su vocación para grandes cosas. En la puja de ambos criterios también está presente el jugar cartas electorales, labor con la cual Dilma Rousseff pretende su reelección

Los hechos de São Paulo se produjeron casi de manera sorpresiva aunque no imprevista. Ya la presidenta del país había llamado la atención de las fuerzas armadas para tomar medidas preventivas, porque el Ejecutivo de Brasilia pretende que esos revoltosos que ya dieron muestras contundentes de su poderío, no le arruinen la fiesta deportiva ecuménica y le espanten los votos que necesita para la puja electoral y la aspiración reeleccionista, que se producirá a la vuelta de página de este Mundial y en el mismo año. 

De la misma manera como ocurrió durante la celebración de la Copa Confederaciones aparecieron en São Paulo estos nuevos “farrapos* que coincidieron tanto de las zonas marginales como de las clases medias en las calles de las ciudades donde se sucedían los partidos, para bloquear vías, formar barricadas, enfrentarse a la policía y también amenazar con otras formas de violencia y pillaje. Son otros indignados, de nueva marca y tempo, cuyo motivo de protesta es un acumulado bien confuso: rechazo a la fiesta en sí misma, a la corrupción, a la inversión escandalosa que requieren las obras, junto con la idea de que esa inversión no se haya dirigido a otras prioridades. Esto, además de la repulsa repetida por los malos servicios como es el caso del transporte públicos y de otros básicos,  aparte de la impugnación a secas a todo lo que huela a orden del Estado 

La cita de los que iniciaron la protesta en este 2014 comprometía a unas 15 mil personas que se agruparon en São Paulo, para dar en febrero la primera campanada de lo que muchos suponen se repetirá cuando la expectativa se agite más por la proximidad de junio y del partido inaugural, el 12 de ese mes. No llegaron todos los citados en esa tarde del segundo mes del año porque la lluvia humedeció parte del entusiasmo, pero ahí estuvieron hasta que parte del grupo autoconvocado apareció encapuchado y con elementos contundentes para iniciar una serie de actos vandálicos, tales como la quema de elementos de servicio público junto con la violación de cajeros y vitrinas de bancos 

Pero más que los actos de violencia en sí mismos, a las autoridades les preocupa la posible continuidad de ese proceso de perturbación social y sus consecuencias políticas así como también de imagen proyectada al mundo. El tema es que el descontento con la gestión del Estado y la larvada o evidente discriminación hacia pobres y afrodescendientes tiene ahora una pantalla que nunca tuvo y la protesta espontánea, estimulada en y por las redes sociales, puede tener ahora el impacto que nunca se concibió y puede desbordarse por fuera de los controles previstos. Eso es lo que se ofrece y se teme en estas semanas previas a la cita mundialista 

Se supone que parte de la estrategia de prevención trazada por orden de Dilma Rousseff es la infiltración de los grupos radicales para debelar potenciales planes de alteración del orden público con objetivo en el Mundial. El temor preventivo no es una simple tentación represiva y con trazas de paranoia del gobierno de Brasilia. La repulsa en la calle del año pasado, con ocasión de la Copa Confederaciones, contribuyó a la vigente baja en la economía del país y le permitió crecer a grupos en apariencia anárquicos como los que se autodenominan “Black Blocs” -aparecen encapuchados y operan con tácticas de lucha callejera- como para que pueden alcanzar sus objetivos con métodos de vandalismo y atemorizantes no solo de la población anfitriona sino, sobre todo, de los visitantes potenciales que ya anuncian su inminente llegada.  

Otra variable que el gobierno teme es la conjunción de los agitadores decididos a impugnar el Mundial y las corrientes juveniles de “rolezinhos”. Esos muchachos de zonas marginales que invaden los centros comerciales de las principales ciudades para disfrutar de sus tardes y noches de música con diversión cerrada y sin otras pretensiones visibles, pero que obstaculizan la presencia de los consumidores habituales. Estos grupos de reciente aparición y también convocados por redes sociales muestran de manera descarnada las formas de marginalidad, racismo y exclusión que son una llaga y avergüenzan a una sociedad que se pretende moderna e interlocutora de primera línea con el mundo hegemónico.  

Se estima que durante el mes de desarrollo del mundial de fútbol el país recibirá más de medio millón de visitantes que quedarán encerrados en la pugna de las consignas enfrentadas, si esta se cristaliza. Los impugnadores que sostienen que “no habrá Mundial” y las del Estado que dibujan un “Brasil grande”, podrían verse chocando en público mientras en los estadios se desarrollan los partidos y por las calles deambulen turistas escapando de los desórdenes y los saqueos, además de tratar de evadir los gases lacrimógenos y el humo de barricadas encendidas. Un panorama que altera el sueño de Dilma Rousseff, quizá debido a que la incógnita que le plantea el hecho, si la amenaza anarquista se concreta, de que la ciudadanía brasileña pudiese optar por otro nombre para presidente en el próximo compromiso electoral (aresprensa).   

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* La expresión portuguesa farrapo significa harapiento en su traducción literal. Alude a la rebelión y secesión del sur de Brasil contra el control imperial de Río de Janeiro, bajo la conducción de Bento Gonçalves da Silva. La separación territorial impuesta por la Revolução Farroupilha o Guerra dos Farrapos, estuvo vigente entre entre 1835 y 1845, comprometiendo los territorios de Río Grande do Sul y Santa Catarina. Fue debeleda por las tropas del Barón de Caixas, después de la batalla de Porongos, en 1844.     


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