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MACONDO PERMANECE / LETRAS / PATRIMONIOS CULTURALES / A-P

Publicado el 18 de abril de 2014 / 17.10 horas, en Bogotá D.C.

MACONDO PERMANECE 

Su literatura no fue mágica solo por el hecho de que algún operador de promoción en el “boom” latinoamericano haya bautizado al estilo de García Márquez, como una parte del realismo contradictorio que se le asigna a lo que surge de la mentalidad latinoamericana. Fue y es mágica por una prosa virtuosa que, sumada a lo anterior, siempre esconde un toque de misterio y es clara para cualquier lector pero al tiempo tiene una descripción intrincada que le pone un velo de evocación esotérica y requiere de claves de interpretación. Lo cierto es que ese Nobel de literatura que acaba de irse le dejó al mundo todo de lo que fue capaz y nada se llevó a la dimensión sin tiempo ni espacio en la que ahora se encuentra. Vivió casi todo lo que fue posible y optativo para los hombres de su generación, menos la lucha armada, y nada de lo humano le fue ausente ni indiferente, al menos en el plano de la imaginación sin límites. Tampoco le fue ajena la contradicción vital que fue el nervio de su creación literaria y eso incluye las miserias que suelen callarse en un obituario. Un marinero al que se le negaron las regalías de su relato y un humorista que fue perseguido por su “gerente de antipatías” son parte de ese realismo tan vigente como abstruso. Su rostro, en la juventud, evocaba al tiempo el ancestro guajiro y del pleno Caribe en el que creció y la del guerrero del México revolucionario que no fue parte de su contemporaneidad pero del que recibió beneficios heredados y un asilo tan permanente como autoimpuesto. La tierra azteca fue su segunda patria sin renunciar jamás a ser un hombre de la Colombia profunda y en permanente conflicto que fue parte de sus mejores obras y de su solidaridad siempre lista para apoyar a sus referentes ideológicos y también a los ajenos. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

Este creador universal llegó a decir que él no había inventado en escritura y contenido esa forma de registro por el que fue conocido en la literatura -así como también lo hizo el peruano Armando Villegas en pintura o el Fitzcarraldo de Kinski en el cine- pues ya las crónicas de indias habían precedido en relato e iconografía a esos seres fabulosos que la mente puso en la tierra de América Latina. Tuvo tan incorporado ese imaginario fantástico que le alcanzó para su propia carga de superstición durante toda la vida. Tanto, que un día llegó a decirle en privado a Rodolfo Terragno que no quería volver a la capital argentina porque allí había comenzado su éxito universal como escritor y no quería que por poner otra vez un pie en la ribera occidental del Plata, se produjera su ocaso.

Pero también es posible que otra sombra se haya sumado a la negativa y es la que proyectaba la memoria del gran ciego de Buenos Aires, dado que García Márquez no podía ignorar el cruce de tensiones, repliegues, complots y negativas que se produjeron en Estocolmo antes de octubre de 1982. Admiró a Jorge Luis Borges casi en secreto, como lo hizo con otras formas admiración, quizá a sabiendas de que al alcanzar el máximo lauro de la literatura tendría como consecuencia definitiva la postergación del argentino Sus expresiones públicas, a veces desdeñosas hacia los argentinos -tal como sucede con tantos latinoamericanos que lo hicieron y lo hacen como él hizo- eran en realidad una manera contradictoria, macondiana e innegable de profunda y mórbida fascinación hacia ese país austral y hacia su pueblo, que fue el primero en reconocerlo en su verdadera dimensión

No solo la superstición era parte de su propio relato, también la desmesura que orla el relato de cualquiera de las formas de ese manierismo que es la realidad de la región y la forma de interpretarla. Eso incluye la desmesura en lo político, que lo vinculó en afinidad ideológica con la Cuba revolucionaria y con su apéndice vigente en el chavismo venezolano. Aunque este último fenómeno político y sus excesos lo encontraron ya en tiempo de repliegue vital y no hubo mayores expresiones sobre la parábola venezolana y sus desbordes. La muestra de esa visión exuberante en su cara amable se vio con ocasión de la recepción del premio Nobel en Suecia, a donde llegó todo el colorido del talante y la musicalidad de sus coterráneos y amigos de los primeros años de niñez y juventud, es decir, el entorno material y simbólico de las gentes y cosas  de las que nunca -lo dijo él mismo- se sintió desarraigado aunque vivió la mayor parte de su vida fuera de Colombia 

Su particular concepción del humanismo que lo vinculó en lo político con los sectores contestatarios del mundo, al tiempo que lo llevó a poner una distancia tácita con los impugnadores armados del sistema vigente en América Latina, no lo privó de sostener buenas relaciones con los más diversos ámbitos de la opinión y de los gobernantes en los países de su América Latina. Eso unido al hechizo que le producía el poder y en particular los hombres del poder, le permitieron mantener buenos vínculos con los pugnaces de cualquier signo y alentar a veces con suprema discreción la posibilidad de darle salida a los entuertos trágicos en los que se encuentran envueltos estados y ciudadanos, en particular para proteger a los perseguidos por los distintos regímenes, incluido el de su amigo de siempre, Fidel Castro Ruz.  Así lo hizo con el preso cubano Reynold González, pero éste no fue el único en la lista de quienes recibieron el auxilio del Nobel en circunstancias de desgracia.

Una deriva por opción ideológica que, además de abrirle puertas, también le construyó enemistades, como la que mantuvo sin solución hasta el final con su amigo entrañable de la juventud literaria y de época con el “boom” de los años 60, Mario Vargas Llosa, recordada por todos. Tampoco nadie olvida aquella donación de cien mil dólares que hizo para  el movimiento político del venezolano Teodoro Petkoff -el MAS- no comprometido con la confrontación en armas y que fue el rédito del premio Rómulo Gallegos que recibió el colombiano. Esa agitación en lo político y social es sin duda parte de un Macondo real y propio que enmarcó la vida del Nobel colombiano. Tanto como lo fue su último y definitivo exilio de Colombia, durante la presidencia de Julio César Turbay Ayala, en el inicio de los 80 y en tiempos que fueron preámbulo de su consagración máxima por la obra escrita y del último gran baño de sangre que transitó su país, acaecido entre las décadas de su último exilio y la de los 90.  

Ese marco del realismo mágico se prolongó en sus años finales de retiro familiar y de enfermedad en México -después de su gran aparición pública final, en 2007- materializado en el misterio que enmarcó la decadencia física del escritor, por nadie ignorada, pero escamoteada en su verdad por la familia hasta el último momento. Algo parecido a lo sucedido en Venezuela y Cuba con el finado presidente Hugo Chávez Frías. En la contradicción con los hechos se hizo tropezar al propio presidente Juan Manuel Santos, quien salió a escena en plena campaña política por su reelección a desmentir a las fuentes mexicanas que señalaban la agonía postrera del eminente colombiano, por la convergencia de patologías. García Márquez falleció un día después de las expresiones de desmentida del mandatario y estas no hicieron más  que demostrar que, en América Latina, Macondo permanece vigente en todos los planos. Incluso en aquellos insospechados y, en apariencia, a salvo del absurdo y del ridículo (aresprensa).


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