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¿Y SI BRASIL PIERDE "SU" MUNDIAL? / ÓRBITA FÚTBOL / MUNDIAL BRASIL 2014 / LOM

Publicado el 08 de junio de 2014 / 09.30 horas, en Bogotá D.C. 

¿Y SI BRASIL PIERDE “SU” MUNDIAL? 

Casi todo el mundo lo piensa pero pocos se atreven a formular un pronóstico al respecto: ¿qué pasará en el país sudamericano que organiza este Mundial si no gana la Copa a la que todo le apuesta? Se trata de un pronóstico sombrío pero no caprichoso y ni siquiera es una tentación a “pensar con el deseo”, a la manera de lo que afirman los ingleses para casos semejantes. Nada de eso, porque ya le sucedió a Brasil en 1950, ante los uruguayos, y eso pesa en el imaginario colectivo de los brasileños, mucho más en este momento. Tampoco es extraño en este tipo de torneos el hecho de que sea el dueño de casa quien organiza la cita universal sin garantías para llegar a lo más alto  y quedar en el camino. Eso pueden decirlo Chile y México, que en América Latina ya pasaron por la experiencia, dos veces en el caso de los aztecas. En todo caso, puede decirse que si Brasil pierde su Mundial la presidenta Dilma Rousseff pagará bien caro el riesgo inminente, al menos en lo político, pues la mandataria se juega su reelección en octubre de este año

Escribe: Manuel GAITÁN 

A los brasileños les está vedado pensar en otra derrota similar a la del “maracanazo” de 1950. Perder un segundo mundial o no participar de la final del 13 de julio -en el mismo estadio de Río donde se resignaron a la precisión de Alcides Ghiggia, con el segundo tanto que les arrebató la Copa en aquel fatídico partido ante los charrúas- sería un golpe duro para el orgullo nacional de ese gentilicio que lleva el mismo nombre del balón con el que se jugará este mundial: “brasuca”.  Es seguro que una catástrofe de ese calibre abortaría la pretensión de la “compañera” Dilma Rousseff para coronarse como nueva reina secular de ese nuevo Brasil, que espera a ser reconocido, de veras, como una potencia universal. Ni siquiera el rey Momo podría alegrar al país tropical en el carnaval del próximo año si Brasil no sale airoso en este desafío inmediato

En este sentido es sintomático que Pelé se haya negado a sacar las “bolinhas” del sorteo para los grupos del Mundial brasileño. Ese ídolo histórico de los mundialistas tiene bien presente que sus compatriotas no le perdonarían el que hubiese tenido “pie y pecho frío” para sortear lo aleatorio de las posiciones de arranque en la competencia orbital, la cual podría predisponer para una nueva derrota como aquella de hace 64 años. Eso hizo el mito futbolístico que le dedicó el primer título de 1958, el de Suecia, a su padre como homenaje y revancha por haberlo visto llorar luego de la debacle en aquella tarde del Maracaná. Pero el primer aviso en este panorama posible no lo dio el astro irreemplazable de Brasil, lo dieron los motines populares que cubrieron todo el país durante la Copa Confederaciones que se celebró a mediados el año pasado

El garotinho Romario, también conocido como “O malandro”, le espetó a Pelé su rechazo para la ocasión: “Cállate la boca”, le dijo de manera pública al monarca, después de aquella jornada del sorteo. Ese otro viejo astro de la canarinha hizo público lo que no pocos brasileños piensan en privado: agradecerle a Pelé sus tres mundiales pero rechazarle su acomodo ante los poderes, incluido el de la Fifa. Al tiempo, la repulsa del colega de Pelé apuntaba al propio gobierno de Dilma Rousseff porque hay un larvado deseo de protesta que ya estalló y es visible en las grandes movilizaciones ocurridas contra el gobierno de…“los trabajadores”. “¡Qué ironía!”, le deslizó hace un tiempo la presidenta brasileña a su mentor y jefe ideológico -el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva- para agregar: “no es la burguesía la que no nos entiende, sino el propio pueblo”.  

La diplomacia brasileña ha tenido una política de estado lineal y permanente. Un punto preponderante y en coyuntura de esa estrategia es el Mundial 2014 y la próxima Olimpiada de Río de Janeiro. Heredera de la habilidad lusitana para negociar y sacar partido de las disputas de los grandes jugadores internacionales, tal como ocurrió en el pasado entre españoles y británicos, Itamaraty siempre ha sabido mantener a Brasil por encima de toda sospecha de derrotas diplomáticas. Ese acervo ha favorecido la intención del gobierno de izquierda por posicionar al país sudamericano como interlocutor internacional de valía y de primer orden. En ese encadenamiento se insertan el mundial y la olimpiada. En el Palácio do Planalto de Brasilia no se esconde que el país aspira a ser reconocido como la potencia latinoamericana del presente y del futuro. Por eso es necesario hacer tanto un buen Mundial como una excelente Olimpiada y para lograrlo es importante hacer bien las cosas, eso incluye el triunfo y, también, que parezca que todo está bien hecho.  

Por eso es justificado el nerviosismo que generan en la administración de Brasilia los atrasos en las obras de infraestructura vinculadas con la cita orbital del fútbol y el  amago seguido por el ensayo de protestas violentas como las ocurridas hace un año y su continuidad en este primer semestre de 2014, en la antesala del Mundial. La inestabilidad potencial y una imagen empañada que se lance al exterior pueden poner entre paréntesis la estrategia y agrietar el “bloque histórico” que conformó el Partido de los Trabajadores -hilvanado por Lula da Silva- con la dirigencia empresarial y la conducción militar en el inicio de la gestión del expresidente, hace más de una década. Esa suerte de pacto “ut supra” que unió la visión de memoria imperial de la estructura castrense, con las ambiciones de una burguesía nacional -sobre todo paulista- que aspiraba a fortalecer el frente interno de consumo, coincidente con el imaginario de la dirigencia sindical en promover un fuerte movimiento de inclusión social, con intervención del Estado

El viejo sueño populista que encarnaron Getulio Vargas a la vanguardia y después Jânio Quadros y João Goulart, quedó cristalizado en ese arreglo de fuerzas entre los uniformados, la burguesía nacional y el sindicalismo trostkista al que pertenece Lula, cuyo semblante se expresa por un fuerte apoyo a la institucionalidad interna y un también fuerte empuje hacia el posicionamiento internacional. El grupo político de izquierda más radical que alguna vez asumió el control del gobierno brasileño -diferenciado de su predecesor socialdemócrata, Fernando Henrique Cardoso- alcanzó en un cruce de la historia un acuerdo con quienes fueron sus adversarios de clase, desde siempre. Ni el mismo Antonio Gramsci hubiese imaginado un bloque histórico semejante. Un pacto en equilibrio inestable que se ha mantenido durante los dos periodos de Lula y el vigente de Dilma Rousseff que está llegando a su fin

Si Brasil pierde su Mundial aparecerán las miserias que ya se han manifestado y que, en parte, están vinculadas con la repulsa al gobierno de gruesos sectores de la población. La suma de factores que atenazan la actualidad brasileña se mostrará en carne viva, si la Selección de “Filipão” no logra lo previsto. Al hacer la suma aparecen los siguientes factores que podrían aguar la fiesta programada:  

  • La corrupción en las inversiones de las obras comprometidas en el Mundial se han cuadruplicado. Sobre un presupuesto de once mil millones de dólares, los atrasos aún no solucionados y la desarticulación de las cuentas ensombrecen y golpean la gestión de Rousseff y la de sus asociados empresarios. Es una secuela sombría que sigue a los escándalos por corrupción que marcaron la presidencia de Lula da Silva. 

 

  • El relativo estancamiento de la protegida economía brasileña le ha puesto freno al consumo y al interés de inclusión social que marcó la marcha del Partido Trabalhista en el manejo del Estado durante la última década ya rebasada.  Rousseff se ha mostrado inflexible ante los asomos de corrupción de sus colaboradores, pero esa dureza en la imagen se reduce al trasladarse al seno de una población que ve ahora mermadas sus posibilidades de acceder a la expectativa de flexibilidad en la ayuda y apertura del gobierno a los menos favorecidos.

 

  • Las últimas encuestas de opinión señalan que un 70 por ciento de los brasileños no está conforme con lo que pasa en el país y un dudoso 50 por ciento respaldaría la permanencia de Dilma Rousseff al frente del gobierno, más allá de una intención de voto favorable que, hoy por hoy, alcanzaría a un poroso 40 por ciento.  

La dinámica sostenida hasta ahora en el pacto de fuerzas políticas y de la producción que orientan al Brasil actual, estimula a los empresarios al tiempo que alienta la participación de los siempre excluidos -sin molestar al poder militar- se puede ver afectada y erosionada por el descontento social actual. A ese conjunto debe agregarse el crecimiento de la industria del narcotráfico que tiene en las favelas a sus reclutas y que en la adición producirían una mancha grande en la autoestima, si Brasil no se coronase campeón mundial. Una amenaza al futuro político de los trabalhistas y al mismo panorama inmediato de Dilma Rousseff, quien apuesta a la reelección aunque sabe que lo que pase el 13 de julio en el Maracaná -o antes, dentro y fuera de los estadios- será definitivo para sus aspiraciones (aresprensa). 


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