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SALVAJADA CHARRÚA / ÓRBITA FÚTBOL / MUNDIAL BRASIL 2014 / LOM

Publicado el 25 de junio de 2014 / 18.45 horas, en Bogotá D.C.

SALVAJADA CHARRÚA 

Un mordisco puede ser parte de una travesura infantil o un recurso inmediato y desesperado para ponerle límite a una desventaja en un trance de confrontación física, así como también para subalternizar a un adversario. Pero entre adultos, cuando esto ocurre de manera reiterada y en una lid en la que se supone que las reacciones primitivas deben ser sublimadas, las cosas adquieren otra connotación. La acción del delantero Luis Suárez contra su adversario en el partido contra Italia que decidía la permanencia en el torneo mundialista, es una verdadera salvajada y por el hecho de su reiteración en este jugador oriental resulta un caso de sociopatía que amerita una sanción en términos de escarmiento. Además de lo apuntado, cuando la dirigencia del fútbol uruguayo y en particular el director técnico Óscar Washington Tabárez pretenden minimizar el grave incidente y poner culpas en quienes manifiestan la comprensible indignación por la conducta límite del jugador, las cosas toman ribetes aun más graves: la salvajada ya no es de un individuo aislado sino que se presenta como un cuadro colectivo

La descalificación por la inconducta ya está entonces dirigida no solo contra el deportista que merece y debe ser sancionado, sino que también debe ser condenada toda la cabecera del fútbol de ese país, que no ha sido capaz de poner las cosas en su sitio por propia iniciativa e incluso se profundiza al asumir los directivos actitudes provocadoras y de agresividad aumentada contra quienes condenan a esa representación deportiva por un comportamiento impresentable. Resulta claro que Suárez es un hombre con desequilibrios de subjetividad y un sujeto peligroso para sus rivales y en general para todos aquellos que tienen el infortunio de estar cerca de su presencia, no importa si son adversarios o compañeros. El jugador ha sido comparado en la vida real, y con razón, con el Hannibal Lecter de la ficción literaria y cinematográfica

La reincidencia de Suárez en la misma actitud lesiva y con el mismo acto que ya le generó sanciones y condenas públicas, no le ayuda en la defensa débil que se ha hecho de manera pública a su actitud, buscando evitar la probable salida del agresor de este Mundial. Son las mismas razones de irracionalidad que en su momento se le señalaron a Mike Tyson, cuando le arrancó parte de la oreja a Evender Holyfield, en 1997. El jugador uruguayo tuvo su castigo en 2010, cuando en Holanda mordió a Otman Bakkal del PSV y el año pasado lo repitió con Branislav Ivanovic, en un partido entre el Chelsea y Liverpool. Sumadas las sanciones por ambos precedentes, Luis Suárez se vio obligado a dejar de jugar en 17 partidos y llevarse la mano al bolsillo para pagar indemnizaciones.   

La forma patológica del comportamiento de Suárez puede extenderse sin distingos a una reiterada e imaginada dupla “amigo-enemigo”, peligrosa y con la gravedad de consecuencias imprevisibles. Esto, porque cuando el sujeto colectivo hace la vista gorda del hecho da por pensar que ese sujeto colectivo está tentado no solo a dejar que ocurra el grave hecho sino a que tenga carácter transitivo hacia otros sujetos colectivos, sin remordimientos y con intención de repetir. En general, no se ha visto a un solo uruguayo que esboce un mínimo reproche a la reprobable y condenable conducta del delantero de la selección nacional de ese país

Óscar W. Tabárez Luis Suárez
Tarjeta Roja para Ambos

Pero lo más grave es que el propio director técnico de esa Selección, Óscar Washington Tabárez saliese de inmediato a reprochar y desafiar a todo aquel que se atreva a señalar y condenar el hecho réprobo. Para colmo, comportándose como cualquier dictador latinoamericano, de esos que hoy por hoy hacen mosaico en América Latina, insinúa que “sólo” se debería hablar bien de Suárez y callar sus desatinos y patología, denunciando una conspiración internacional si ocurre lo contrario y exigiendo silencio y complicidad, tal como la propia, ante el atroz acto de su subordinado.  

Es cierto que en el trámite de un partido suceden entre los jugadores fricciones sancionables y que cuando son advertidas a veces se castigan, lo que no siempre ocurre. Pero esa flexibilidad complaciente tiene un límite. Eso ocurre cuando la dimensión de una agresión de un jugador sobre otro trasciende no solo la letra del reglamento disciplinario sino también el sentido común. Lo perpetrado por Suárez entra en ese cuadro de excepciones no aceptables y que no dejan margen a la complicidad colectiva. Carlos Suárez es una brillante pieza de la maquinaria futbolística uruguaya y quien remontó casi de manera exclusiva la difícil situación en que quedó su equipo después de la derrota inicial ante Costa Rica, al tiempo que su labor abrió el proceso de recuperación hasta la clasificación. Pero también ha comprometido de manera vertical la credibilidad y los merecimientos de ese grupo de deportistas, acostumbrado a superar las más difíciles circunstancias que le plantean sus rivales.  

Su primitiva salida, al clavarle los dientes en el hombro al rival Giorgio Chiellini y la posterior e indebida cobertura de su círculo inmediato y el social de pertenencia, en su beneficio indebido, pone en aprietos al conjunto charrúa y de manera indirecta comprometen el resto de su participación en este Mundial. Una sanción merecida para Luis Suárez generaría una baja sensible en la capacidad ofensiva de los orientales del Río de la Plata, pero esa consecuencia sería algo lineal y natural como resultado de su tremenda y atípica  violencia en el campo de juego y nunca por un complot dirigido a perjudicar las expectativas de los uruguayos. Debe reiterarse que suponer lo contrario también hace evidente una suerte de patología extendida y social (aresprensa).                       


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