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ASÍ ES EL TERCER MUNDO / LA TERCERA OREJA / ACTUALIDAD

Publicado el 27 de agosto de 2014 / 20.25 horas, en Bogotá D.C.  

Aquello que se escucha aunque se diga en voz baja 

(El chisme no es la verdad, pero sus elementos implícitos pueden ayudar a reconstruirla)

Esta sección le debe su nombre a un famoso programa radial de misterio que se emitía en Chile por los años 60. Esa es única deuda que tenemos con la prestigiosa radiofonía chilena. Hecho el ajuste de cuentas, debe decirse que, aquí, el espacio está destinado a la picaresca que disuelve nuestra seria política editorial. El único misterio es el propio que encierra todo chisme.

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  • Todo paraguas ha sido fabricado, en verdad, para que sea olvidado en algún momento de una vez y para siempre, en cualquier parte.

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ASÍ ES EL TERCER MUNDO 

El vuelo 9212 de Avianca salió del aeropuerto de Cali en el horario previsto: 12.30 horas de ese domingo 24 de agosto. El plan de vuelo se cumplió de manera normal hasta las 12.50 horas cuando el capitán de la aeronave informó a los pasajeros que se iniciarían los aprestos de aproximación al aeropuerto Eldorado de Bogotá, la capital del país, que era su destino final en apenas unos diez minutos más de viaje. Pero, diez minutos después, el aparato hacía giros sobre el valle del río Magdalena, entre Mariquita y La Dorada, el área donde se encontraba en el momento de aquel primer aviso de acercamiento a tierra.  

Algunos pasajeros se inquietaron, cuando ya todos habían advertido el vuelo en círculos, pero de manera rápida el piloto informó que la pista de destino en Bogotá estaba cerrada, nada menos que por el hecho de que los vecinos del aeropuerto “estaban elevando cometas”, dado que es la época en la cual en Colombia los vientos invitan a ese tipo de juegos. No todos los pasajeros creyeron la información pues la razón del cierre del aeropuerto por esa razón resultaba poco menos que ridícula. Aquel primer informe se complementó unos segundos después cuando el primer tripulante del aparato que llevaba unos doscientos pasajeros, amplió los detalles precedentes para decir que había recibido orden de trasladarse al aeropuerto de Río Negro, en Medellín.  

Eso se supo en el interior del avión después de las 13.15 horas, cuando se suponía que la nave ya debía estar estacionada en la plataforma de su destino original, previsto para poco después de las 13.00 horas. En efecto, el vuelo cambió el rumbo y llegó al terminal de Medellín pasadas las 13.30 horas. Luego de 15 minutos detenido en un sector del aeropuerto alterno, el comandante del vuelo avisó que se estaba iniciando la recarga de combustible de la nave, con todos los ocupantes a bordo, y unos 20 minutos después se dio orden de descenso. Esta vez, anunciando que la partida hacia el destino original se produciría después de las 15.20 horas, y que en ese punto horario los pasajeros debían estar dispuestos para abordar de nuevo el aparato desviado.  

En el momento de producirse el descenso ya el reloj había informado que eran unos minutos después de las 14.00 horas. Los frustrados viajeros se dispersaron pero varios de ellos, cuando llegaron en el tiempo previsto, alrededor de las 15 horas, recibieron la información en despacho que el avión había partido a Bogotá una media hora después del descenso inicial de los afectados. Ocurrió que no se había avisado del imprevisto cambio por altavoz porque “no funciona el sistema de altavoces” del aeropuerto internacional de Río Negro. Los que se quedaron en tierra, debido a la falencia técnica que no permitió el aviso a tiempo para efectuar el regreso o del fundamentalismo normativo del terminal aéreo al no permitir el uso de  de amplificadores de sonido, fueron embarcados en diferentes vuelos de las horas posteriores.  

Al tiempo que los despachadores, en respuesta a las preguntas de los ya muy molestos viajeros, señalaron que unos tres vuelos a Bogotá se habían suspendido desde Medellín, en esa tarde y por las mismas circunstancias. Esos viajeros vieron perdidas sus conexiones de vuelo, agendas personales para ese día y, además, quedaron desconectados de los equipajes que iban en el primer avión que partió de Cali. No hubo un cálculo en caliente de las pérdidas económicas por sobrevuelo, estacionamiento de aparatos en terminales diferentes a las programadas y otras pérdidas conexas y agregadas, pero esos pasivos deben estimarse fuertes como es obvio en tales casos.

Un día después, el principal periódico del país confirmó que lo irracional de la situación había sido veraz, pese a la desconfianza de los pasajeros, en lo que hace a la versión inicial del piloto durante aquel vuelo desde el aeropuerto caleño. Tres días más tarde las autoridades anunciaron que controlarían la afición parroquial de elevar cometas en la cercanía de los aeropuertos colombianos. Esas cometas suelen llamarse papalotes en México, volantines en Chile y barriletes en el litoral argentino. No obstante los diversos nombres del objeto de entretenimiento, los une la pasión generalizada de la gente por ese entretenimiento en épocas anuales de brisas y vientos, como lo es Colombia en agosto. El propósito de ese juego de temporada no es el de asustar pasajeros de aviones ni el de hacer tomar decisiones absurdas a las autoridades.  

El susto lo genera la incapacidad del estado en todos sus niveles para tomar medidas anticipadas ante el riesgo de eventuales tragedias, que son las mismas que se podrían adoptar para evitar tanto molestias como inconvenientes más serios a los afectados, como sucedió en el caso relatado. La aprensión generalizada al respecto tiene sus antecedentes: en una punta de la pista en el aeropuerto de Barranquilla está el basurero municipal de la ciudad costeña y las naves que aterrizan o despegan suelen ser obstaculizadas por las  aves de rapiña que pululan en el sector. Pero a pesar de los llamados de atención que se hacen desde hace años sobre ese problema puntual, pareciera que se espera que ocurra un drama para tomar, entonces sí, los correctivos que corresponden

Porque este cuadro del absurdo en coyuntura tiene una sumatoria encadenada de desatinos: la primera es la imprevisión para tomar en cuenta los intereses lúdicos de los vecinos de los aeropuertos, que se asimila a la demora de disolver las causas para que tanto las cometas como las aves carroñeras dejen de ser amenaza para la dinámica aeronáutica y su seguridad. En la adición de circunstancias delirantes aparece después la recarga de combustible de un avión con los pasajeros en el interior de la cabina y la carencia de condiciones técnicas para avisar a tiempo a los perjudicados por los cambios en las condiciones de vuelo, como sucedió en Río Negro con el frustrado vuelo desde Cali.  

La visión tercermundista como subjetividad precaria y replegada de abordaje de la realidad, tiene dos ejes de percepción: la carencia de “mirada anticipatoria” y un pronunciado como reiterativo desgreño para imponer el orden de las cosas que exige el universo social. Al todo perverso se le llama “mala praxis” y termina en el perjuicio al ciudadano anónimo, aquel que además de pagar los impuestos también paga el sobreprecio del manejo palurdo y tardío que conforman las chambonadas de las autoridades. Esto no excluye, en la otra punta del panorama, a los subversivos que confrontan con el Estado, vista la barbarie de sus acciones y de sus propuestas retrógradas para solucionar los problemas endémicos  que afectan a todos.  

La sombría perspectiva de los irregulares en lo que hace a la operatividad de una mentalidad desfasada de lo concreto, no se diferencia demasiado de la de sus adversarios. No son mejores que sus enemigos, a quienes aspiran a reemplazar en el ejercicio del poder y, por el contrario, demuestran de manera persistente que son peores que los otros, con sus taras evidentes en las acciones y en las consecuencias. Venezuela o Cuba ponen a diario en el escenario la contundente certeza del retroceso sustantivo que se supone revolucionario, pero esa es y sigue siendo la casi insoportable vivencia cotidiana del tercer mundo latinoamericano (aresprensa).     


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