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SANTOS: DIFÍCIL ETAPA COMPLEMENTARIA / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 30 de septiembre de 2014 / 21.15 horas, en Bogotá D.C.

SANTOS: DIFÍCIL ETAPA COMPLEMENTARIA* 

En el momento crítico de la reciente puja electoral colombiana, no estaba segura la victoria del candidato Juan Manuel Santos, sobre todo después de la derrota sufrida por su propuesta 20 días antes de la definición, en la primera vuelta de mayo. Pero el astuto presidente al final reelegido logró tejer la red  necesaria para revertir la situación negativa, haciendo alianzas con su dios y con aquellos diablos que se le sumaron en el último minuto, para remontar el rechazo masivo a su propósito político cuyo eje se encuentra en La Habana y en Caracas. Una evidencia abierta de esa capacidad para articular una condición favorable tan impermeable como urticante y dirigida a prevenir un segundo susto electoral, fue la intervención obscena en política partidista y en favor del presidente, por parte de la Fiscalía General de la Nación. Eso se vio en el caso del espionaje que realizó de forma torpe un operador del candidato adversario, lo cual también incidió en su derrota final. El resultado de la justa electoral no sólo aseguró la permanencia de Santos para un mandato renovado sino el pase de cuentas con facturas infladas que le hará el variopinto mosaico de alianzas, no pocas de ellas lábiles con la barbarie de los violentos que se supone negocian una paz ansiada en la capital cubana. Todo esto no le augura un tránsito tranquilo a la gestión presidencial en su reiterada encomienda, ratificada en las urnas. 

La madeja tejida terminó dando en el clavo, y por un porcentaje algo más que tímido Santos se alzó con la victoria para afirmar el propósito de reelección, esta vez ya no con los votos y el respaldo de su predecesor, aunque tampoco ganó con los propios pues lo hizo con ese excedente de circunstancia que le dieron las alianzas de un día y por coyuntura. Eso sirve para ganar pero no para asegurar una gobernabilidad, que requiere en su naturaleza de una tranquilidad que solo puede surgir de la confianza. Algo que es difícil de producir en la alquimia política que sigue Juan Manuel Santos.  

Bajo esos condicionamientos que producen aprensión, Santos inauguró su segundo periodo de gobierno. Nada le asegura que el encono con que se desarrolló la campaña previa pueda atenuarse, salvo que sea posible amarrar el proceso y búsqueda de un fin del conflicto -no de paz- el cual de manera temeraria aunque esperanzada se inició hace algo más de cuatro años atrás. En tanto, la definición electoral selló de  manera parcial el fin a la turbulenta campaña turbia que enmarcó esta delicada y crítica parábola en la que estuvo envuelto el proceso de reelección de Santos

Ese proceso no es otra cosa que una proyección de la ruptura abrupta entre el expresidente Álvaro Uribe y su heredero, el actual mandatario, quien al iniciar su primer mandato echó al costado el legado y el decálogo de decisiones políticas que se suponía que Santos iba a desarrollar en aquellos cuatro primeros años. Los siete millones de votos de sus opositores en la determinación de junio están ahí para enrostrarle a Santos de manera constante y, en especial, a través de los legisladores del llamado Centro Democrático lo que ellos definen a veces entre dientes y otras en voz alta como de la “traición” que le valió a Santos el ser elegido por vez inicial en el año 2010.  

El tema de la confrontación que sigue encendida no tiene asomos de apagarse y, por el contrario, se reaviva a la menor oportunidad de choque institucional y verbal. Es cierto que el actual mandatario gana hasta ahora la mayor parte de las batallas y tiene el peso de una gran parte de las instituciones a las que controla de manera directa o indirecta. La Fiscalía en primer término, que abanderaría lo que parece ser una “guerra sucia” incisiva y continuada contra los opositores y que se estructura en el montaje de  mises-en-scène, despliegue en medios de comunicación con filtración programada de información y con la persecución frontal tanto de los rivales civiles en lo político como de integrantes de las mismas fuerzas armadas

Aunque el verdadero eje de la pugna y la pugnacidad persistente en un país dividido por mitades es el acercamiento entre los subversivos armados -y detrás de ellos la casi totalidad de la izquierda colombiana en superficie- con el escenario de fondo de las mesas de negociación de La Habana, el gobierno de la isla y su prolongación en el Palacio de Miraflores, en Caracas. Lo cierto es que esas dilatadas conversaciones y su balance de altas y bajas con declaraciones a veces destempladas de los interlocutores, empañan al tiempo que siembran esperanzas anímicas en todos los que observan desde las orillas. Eso es, la sociedad del país cafetero en su conjunto y también la platea internacional.  

Aquello de la continuidad del encono se hizo evidente en el reciente pulso parlamentario por el pasado político del expresidente Álvaro Uribe, que se le hizo desde la izquierda radical, aliada de cruce de ruta del presidente Santos, en una relación poco menos que perversa y que pasa por alto el propio pasado del actual mandatario como parte de la anterior administración. Esa circunstancia de acompañamiento en la ruta no señala aún quién es el que hace de idiota útil -algo que queda para la historia futura- pero que le brinda tranquilidad al actual ocupante de la Casa de Nariño, en el sentido de que las acusaciones cervales que se le hacen a Uribe no se vuelvan contra él.   

Los contradictores que se nuclean en el llamado Centro Democrático -la principal agrupación política que resultó derrotada en el reciente pulso electoral- representa en cifras a la mitad químicamente pura del país. Esa mitad es la que rechaza a las Farc y desconfía del actual proceso de La Habana. La otra casi mitad ha planteado seguir los ríspidos debates que en principio tuvieron como blanco a Álvaro Uribe y que en la vuelta de hoja proseguirían con la denuncia de los nexos entre la subversión y segmentos de la clase política.  Esto porque, como se ha dicho de manera repetida, la vida violenta de los que están al margen de la ley terminó en muchos momentos de la historia reciente vinculada de alguna manera con quienes estaban de este lado de la legalidad y también con los hilos del poder.  

Lo cierto es que los adversarios de Juan Manuel Santos son eso, adversarios, y no enemigos de la paz, como lo repite a cada paso tanto la subversión como los seguidores de Santos. El discurso que mantiene el presidente al respecto y que en eco repite de manera grosera el fiscal general de la nación, mucho se parece en lo antidemocrático a la caracterización que hace de sus rivales la señora Cristina Fernández en la Argentina. Un pésimo paralelo que en nada favorece al mandatario colombiano por lo perverso del espejo, pero ahí están los hechos que lo demuestran en la similitud de la imagen.  Todo esto enrarece el panorama en un escenario en el cual, más allá del optimismo, aún no se ha firmado un acuerdo integral con la agrupación subversiva más poderosa y añeja del país y mucho más lejos está la aprobación popular que podría darle legitimidad a los hipotéticos convenios que podrían rubricar los conversadores de La Habana, para dar inicio a un anhelado fin del conflicto que, por ahora, está en veremos (aresprensa). 

EL EDITOR

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* La columna Doxa expone la posición de la Agencia de Prensa ARES                


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