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EL MURO QUE CAYÓ SIN LAMENTOS / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 09 de noviembre de 2014 / 19.35 horas, en Bogotá D.C.

EL MURO QUE CAYÓ SIN LAMENTOS*

La desaparición del muro que separaba en dos áreas de influencia a Berlín, como símbolo de la Guerra Fría, fue tan impactante como sorpresivo con sus consecuencias que permanecen en derivaciones también imprevistas en ciertos aspectos no menos enervantes que aquéllos que originaron la existencia de la histórica pared. Fue el fin de las tensiones de conflicto mundial con amenaza nuclear entre las dos superpotencias que se impusieron al Eje con hegemonía alemana en la Segunda Guerra Mundial, y produjo la caída de la propuesta soviética  con su estandarte de socialismo real que la sustentaba. Fue también la apertura para la irrupción de un hirsuto neoliberalismo que se paseó por el mundo como abanderado ideológico de la presunta victoria estratégica durante más de una década, generando reacciones en contrario que perduran en movimientos nihilistas y contestatarios, a veces extremos. También produjo como reacción distante una nueva vigilia de anacronismo ideológico en América Latina, la cual de manera desteñida y amenazante pretende reemplazar y evoca lo que dejaron atrás los soviéticos, negándose a aceptar en los hechos tanto políticos como económicos lo que sucede en China y en Vietnam.

En el resumen puntual, la desaparición de aquel muro levantado en el Berlín de 1961 fue una exaltación de alegría generalizada por parte de quienes no creían en doctrinas totalitarias y produjo la reunificación alemana como nueva consecuencia de impacto. Al tiempo, el hecho como un ápice visible del fracaso de un metarrelato generó un sordo rencor por parte de quienes sostuvieron y sostienen la posibilidad de éxito de una utopía reaccionaria desde lo que se considera la izquierda tradicional que incluye, para el caso de América Latina, a la izquierda armada supérstite.  Además y por un  breve lapso, lo que fue un mundo bipolar se convirtió en unipolar para abrirse poco después en un planeta multipolar con nuevas amenazas de preeminencia y desafío que no excluyen la eventualidad del uso de algún arsenal atómico, el cual ya no es exclusivo de las grandes potencias.       

Aquel 9 de noviembre de 1989, en menos de 24 horas, la muchedumbre dio cuenta de la línea de bloques y cemento ante la mirada impávida de la guardia armada de la República Democrática Alemana y de los primeros berlineses occidentales que vieron cómo pasaban en flujo de río humano hacia el sector occidental, a los vecinos y ciudadanos de la otra Berlín. El deterioro de la situación en la Europa bajo la influencia soviética fue lento pero sin pausas y comenzó casi desde su inicio, después de 1945, con momentos abruptos como la primera rebelión polaca contra Moscú, y la posterior en Hungría, ambas en 1956, y después en la Checoeslovaquia de 1968.  Aunque el primer campanazo estridente de lo que ocurriría al respecto fue la caída de Nikita Khrushchev luego de su repliegue en la crisis cubana de los misiles, ocurrida en 1962.       

La presencia del Papa polaco en Roma, hacia el final de la década de los 70, y las perturbaciones que provocó el sindicato Solidaridad en Gdansk (la antigua Dánzig alemana de Prusia Oriental) continuaron el lento proceso de inflexión del sector que estaba bajo la órbita soviética. Al final, las aperturas relativas pero en aumento de las fronteras húngaras, junto con la crisis económica que indujo la carrera armamentista, la derrota rusa en Afganistán -inicios de los 80- y la crisis nuclear en las plantas de Chernóbil, en 1986, hicieron el resto.  Esa cadena de episodios, algunos distantes en tiempos pero con inferencia lógica en lo político y económico, fue una acumulación que hubiese alertado con tiempo al menos despabilado de lo que tarde o temprano ocurriría con el desafío a la concepción occidental democrática y capitalista, que brotó desde el Renacimiento y había cristalizado con el pensamiento iluminista y enciclopédico de los siglos XVII y XVIII

Pero las consecuencias no sólo fueron políticas, económicas, de visión del mundo -incluidos los resabios ideológicos propios de los latinoamericanos- sino que abrieron el escenario para el surgimiento de otros fenómenos que, junto con la ya referida aparición del llamado neoliberalismo, tomaron nombres como “globalización” y revolución tecnológica en el campo de las comunicaciones o de la puesta al alcance de todos y, a través de la computadora, de la llamada “inteligencia artificial”. La liberalización victoriosa en este ámbito trajo de la mano una afirmación del individualismo en escena y con potencialidad de expresión, a través de herramientas tales como las redes sociales y el recurso del tejido virtual mundial

Pero a esos aspectos auspiciosos para quienes han vivido la historia posterior a la caída del famoso muro -en la mentalidad de lo que de manera cruda se conoce como “modernidad”- le aparecieron los impugnadores de la posthistoria: movimientos como los “indignados” o “anonymous”, el terrorismo de alta gama, la persistencia de la relación entre el narcotráfico internacional y la política, la conmoción en aumento de la militancia ambientalista y la rebelión antioccidental islamista, le han puesto paréntesis de nuevo al optimismo hacia una deteriorada noción de progreso y de ampliación de las libertades que surgió hace más de 200 años , precisamente, con el pensamiento iluminista. Una marca particular en ese panorama fue puesta por la corriente refractaria que apareció en América Latina en los años 90, poco después de la desaparición del muro y de la aplastante parábola neoliberal. Esta última, con traumáticas consecuencias para la economía, trama social y evolución de la democracia regional.

En lo económico y político las corrientes neoliberales se habían impuesto algo más de una década antes de la caída del muro, con la inserción de gobiernos militares que interrumpieron los procesos democráticos de varios países de esta parte del mundo. Lo ocurrido en Europa y otras áreas planetarias, después de 1989, ya era una dura experiencia para los latinoamericanos al promediar la década de los 70. Apenas volvió a asomarse la democracia en el continente, durante los años 80, comenzó por estas tierras un larvado proceso contestatario. Este, anudado con una defectuosa democracia cuya base es la corrupción estructural y la mirada continua hacia la porfiada parábola que surgió en La Habana al finalizar los años 50, terminó extendiéndose entre los años 90 y el inicio del nuevo siglo. Esa mirada impugnadora aparece aún vigorosa no obstante las manifestaciones perversas que se muestran en Caracas, Managua y Buenos Aires. También se evidente con la constante barbarie de los añejos, armados y violentos grupos subversivos colombianos.

El reordenamiento de la izquierda latinoamericana a través del maniqueo Foro de São Paulo, fundado por Luiz Inácio Lula da Silva y Fidel Castro, fue la respuesta regional a lo sucedido con la caída de la hegemonía soviética y su símbolo más evidente: la desaparición del muro de Berlín. No pocos integrantes y epígonos de esa amplia logia de evocación marxista clásica surgida en la urbe paulista, consideran aún que el cambio de timón que se produjo en Moscú poco antes de finalizar el siglo pasado, no puede valorarse como otra cosa diferente a una “traición” contra las banderas de la revolución mundial. Para estos nuevos abanderados de la utopía retrógrada, la óptica de esas revoluciones que aparecieron en los comienzos del siglo XX y se proyectaron hasta la Guerra Fría, siguen vigentes y se pueden renovar. El estado interno de las sociedades cubana, venezolana y argentina son para estos sectores reactivos solo detalles que no invalidan sus propuestas revulsivas y disolventes. Hoy por hoy, no es necesario adentrarse mucho en las experiencias  que sufren esos países americanos para advertir cuáles son las consecuencias que provoca la aplicación de ese metarrelato, el cual se mueve en contra de las agujas del reloj pero es considerado por sus mentores como revolucionario” (aresprensa).

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES.


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