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SUEÑO DE UN BRASIL POTENCIA / ÓRBITA FÚTBOL / MUNDIAL BRASIL 2014 / LOM

Publicado el 30 de diciembre de 2014 / 20.50 horas, en Bogotá D.C.

SUEÑO DE UN BRASIL POTENCIA

El Brasil de la izquierda petista se propuso acudir al deporte para seguir adelante con el viejo sueño de convertir al país en una gran potencia mundial. No es un recurso nuevo el de unir populismo -de izquierda o derecha-  con logros deportivos. Ya lo había intentado Getulio Vargas con otros recursos del talento brasileño, como el arte, y formas de lo que hoy por hoy se denomina inclusión social. En tiempos de Vargas, al promediar el siglo XX, se trataba de disolver la barrera étnica del desprecio y la subalternización social, labor en la que Vargas alcanzó singular éxito al institucionalizar, entre otros elementos culturales al mítico carnaval de Río de Janeiro en la también mítica vieja capital imperial. Esa que ocuparon los juanes y pedros de la familia Braganza. Después avanzaron Jânio Quadros y João Goulart. Tiempos en los que se inauguró Brasilia como nueva capital y los hombres de abajo, con Pelé y Garrincha como símbolos de los emergentes sociales e icónicos, ganaron en Suecia la primera copa mundial en fútbol, la Jules Rimet.

Escribe: Manuel GAITÁN

Este Brasil que cayó a mediados del año en su propio patio y de manera estrepitosa ante la contundencia alemana, no interrumpe el sueño pero lo obliga a recomponer su encopetada ambición, con algunas plumas menos. En una columna anterior a la celebración del Mundial que se cerró el 13 de julio con la victoria alemana frente a la Argentina, señalé los riesgos que tenía el proyecto brasileño de construir símbolos seguros antes de los “ensillar caballos”. La propuesta del momento fue un fracaso y la circunstancia se sigue después del tropiezo, dentro de un marco en el cual los planificadores se mantienen trabajando para el mismo horizonte, pero con espacio acotado en lo que hace a las ambiciones.

Lo que está al frente ahora es la olimpiada 2016 en Río de Janeiro, aquella ciudad que hicieron capital del imperio lusitano dom João y su casquivana consorte doña Carlota de Borbón, cuando ambos huyeron de Lisboa ante el avance de Napoleón Bonaparte. Eso y el Mundial que concluyó en julio son parte del paquete con el cual Lula da Silva buscó hacer más visible al Brasil siempre con grandes aspiraciones. Para sorpresa de muchos ha sido el Partido Trabalhista, ese partido obrero y de una parte de la clase media brasileña, el intérprete contemporáneo del sueño fundacional: un gran país, el del futuro, el de un sueño que no pocos temieron y temen que se quede en ese mundo onírico sin que alguna vez se pueda hacer concreto, como ese de ganar un Mundial en casa.   

El líder de esa facción política, Luiz Inácio Lula da Silva se reveló como un genuino estratega de la inclusión de las mayorías pobres del país, dentro del añejo proyecto nacional. Una vez que las urnas le permitieron alcanzar su primer objetivo, Lula le propuso a la nación retomar sobre nuevas bases el sueño postergado. Para ello buscó alcanzar la elección de Brasil como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, la consolidación del Mercosur y la participación predominante en la CELAC.  En esa agenda también apareció la conformación del llamado Foro de São Paulo. Los trabalhistas ya no solo se proponen crear espacios de influencias exclusivas para los latinoamericanos y caribeños, sin la presencia de Washington, para beneplácito de la galería de izquierda radical incluida en el mencionado Foro. También ha querido posicionar al Brasil ante el mundo como la gran nación latinoamericana interlocutora de la región ante el resto. El conseguir las sedes del mundial de fútbol y de los olímpicos son logros de relieve en la estrategia de Lula, que continuó la presidente Rousseff, sin que la derrota estrepitosa ante los germanos y la eliminación hubiesen estado en esas cuentas anticipadas

El carismático expresidente supo ganarse a pulso la ratio política que le fue esquiva a los proyectos populistas de Vargas y Goulart, así como también lo fue para los gobiernos militares desarrollistas que les sucedieron. Las administraciones castrenses lograron expandir las potencialidades económicas del gigantesco Brasil, pero a un tremendo costo social y de marginación de las mayorías. El PT y sus líderes emblemáticos lograron iniciar con fortaleza el cierre de la deuda y de la brecha provocada por la marginalidad y exclusión estructural de sus gentes. El conjunto conformó el pasaporte para apostar con mayor fuerza al Brasil potencia.  Pero no todo se adecuó con los planes políticos y la derrota reciente pesa en lo anímico como un lastre de la autoestima, tan necesaria para el pueblo de un país que se asimila al mito creado por su clase dirigente, casi desde el momento en que nació como país y como imperio.   

La paradoja del momento radica en el hecho de que la derrota en el fútbol y la fractura por mitades del favoritismo del país, vista en la última justa electoral por la presidencia, demuestra un cierto hastío hacia la propuesta política del trabalhismo. Esto, sumado a los escándalos de corrupción que salpican ahora a la presidenta Rousseff, junto con el clima de incertidumbre económica, reduce el margen de maniobra y obligan a atender problemas urgentes que lastiman la intención y la marcha hacia la cristalización del gran sueño. No fueron pocos los que estimaron que después de la derrota en el terreno de juego traería consecuencias mayores a las acaecidas, e incluso se contabilizó una eventual derrota de Rousseff en su aspiración a la reelección.

Las pretensiones de la ciudadanía desbordan ahora lo que en principio era suficiente con la inclusión y la visibilización. Las protestas que enturbiaron el panorama previo a la celebración del Mundial fueron parte de la señalada paradoja, pues las protagonizaron los grupos sociales que son de la entraña afectiva del partido de gobierno. Nada indica que en el futuro inmediato los dolores de cabeza para el gobierno trabalhista se reduzcan, interrumpiendo el sueño con un despertar tan brusco como el que se produjo ante Alemania, cuando eliminó al anfitrión con un inédito marcador de 7 goles que arrinconó de un golpe al fútbol de Brasil en el lugar del tercer mundo al cual nunca, hasta ahora, dejó de pertenecer (aresprensa).  


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