AQUEL LARGO DÍA DE 1944 / ACTUALIDAD

Publicado el 3 de febrero de 2015 / 19.15 horas, en Bogotá D.C.

AQUEL LARGO DÍA DE 1944 

En esa jornada del 6 de junio de 1944, que el mito histórico llamó el “el día más largo”, se dobló de manera definitiva el gozne que casi un año después sellaría la derrota incondicional de Alemania. En esas playas de Normandía, sobre el Canal de la Mancha, los hombres de todos los bandos que no combatían en el frente oriental, entregaron sus vidas en los feroces combates que se iniciaron en la madrugada y se sellaron en horas de la tarde con la consolidación de las fuerzas aliadas sobre las costas francesas. Además de los alemanes fueron los norteamericanos los que pagaron el precio más alto en vidas y esfuerzo militar para alcanzar el objetivo aliado de afirmarse sobre y más allá de las playas, eliminando la fuerte resistencia de la fortaleza de Europa que había dispuesto en esa parte de Francia la Wehrmacht, al mando del mariscal Erwin Rommel. La historia cuenta que ya para esa época avanzaba en su desarrollo en los campos de internamiento, en zonas de Alemania y también en los países bajo ocupación, lo que se conoció después como el holocausto de minorías inermes, como judíos y gitanos. Pero no fueron esos los únicos genocidios, aunque los otros hayan tenido menos eco en el relato posterior del vencedor. En el inicio de febrero de 1945 ya la suerte estaba echada. El fracaso de la ofensiva en las Ardenas, entre diciembre de 1944 y el primer mes del último año de guerra, abrían de par en par las puertas para la ocupación y la última resistencia en territorio germano.  

Ya para entonces se había producido el bombardeo con artefactos de fósforo y ensayo del napalm sobre la población civil alemana, sobre todo sobre Hamburgo, como fruto de la decisión política en tal sentido de Winston Churchill y el cuerpo de dirección basado en Londres. Después, vendrían otros ataques de similar dimensión porque la decisión de golpear a los ciudadanos desarmados del bando enemigo fue una direccionalidad estratégica de los Aliados y en la Unión Soviética que habían ocupado los alemanes, como ocurrió en Leningrado y Stalingrado. La guerra entró así en una de sus fases más espeluznantes y definitivas, cualquier asomo de civilización en la capacidad de destrucción, se convirtió apenas en un enunciado de discurso, negado con suficiencia por la realidad y ocultado luego por el mito histórico del vencedor. Aunque cabe señalar que el inicio de atacar a civiles desde el aire lo había iniciado Alemania en 1940, cuando la Lutwaffe procedió a arrojar su lluvia de bombas sobre Londres y ciudades como Coventry.   

Caza "Schwalbe" Bombardero Arado
Primeros aviones a reacción

El uso del fósforo en los explosivos lanzados sobre Hamburgo y luego sobre Dresde hacía imposible cualquier posibilidad de supervivencia sobre los civiles afectados. En ese invierno de fines de 1944 e inicio de 1945, la suerte de Alemania ya estaba sellada. La ofensiva soviética por el Este fue imparable después de Kursk, considerada la mayor batalla de caballería blindada en la historia, porque dejó el espacio abierto para el avance ruso sobre Polonia, Prusia Oriental y, al final, sobre Berlín. Por el Oeste, los aliados occidentales después de asentarse en las playas de Normandía e iniciar el asedio y toma de París ya mordían el suelo alemán y la resistencia para evitar la destrucción del Reich era en el comienzo de 1945 tan porfiada como inútil.  Al finalizar enero de 1945 los aliados disolvían la última gran ofensiva del Reich en las Ardenas, en tanto que los rusos asediaban la otra frontera.  

Estas tropas soviéticas desde el oriente accedieron entonces a Auschwitz en esos días finales del primer mes del año y vieron en ese campo lo acaecido con los víctimas del genocidio, no demasiado diferente al ejercicio de muerte que ellos practicaban contra prisioneros políticos e incluso extranjeros residentes en la URSS, desde hacía más de dos décadas en sus gulags de Siberia y otros sitios de confinamiento. En tanto, los soldados norteamericanos estacionados en el Pacífico se preparaban a recibir las cartas con los saludos próximos de San Valentín, que volarían hacia el aire con los cuerpos despedazados de los jóvenes americanos alcanzados por la artillería japonesa en las playas de Iwo Jima. A esta altura de la guerra ya se habían cumplido más de cinco años de la iniciación del conflicto y lejos había quedado la ilusión alemana de que las rápidas victorias, con la novísima táctica de la Blitzkrieg, garantizarían una acelerada victoria contra el mundo y, sobre todo, contra los altivos vencedores de la Primera Guerra Mundial.  

Primer visor nocturno STG 44 - Primer fusil de asalto

                                                                                  

Eran los últimos meses de avances y aprestos para concluir una guerra cuyo giro en reversa para Alemania se inició en Stalingrado y, en el Pacífico, en las batallas aeronavales alrededor de Midway. En este otro teatro de operaciones ya se habían cumplido para las primeras semanas de 1945, la retoma las islas de Guam, Guadalcanal y Leyte.  Aunque los ejércitos alemanes luchaban ya sin esperanzas para evitar la ocupación del territorio germano, la conducción de Berlín mantenía una actitud que velaba la realidad incontrastable que se vivía en el campo político y militar, pues todo señalaba que el hundimiento definitivo era cuestión de poco tiempo. En efecto, apenas quedaban tres meses de combates, ya en suelo alemán y se preparaba el asalto a Okinawa sobre territorio japonés. La ferocidad de los combates sobre las islas del Extremo Oriente se basaban de manera exclusiva en condiciones convencionales, incluido el combate cuerpo a cuerpo y nadie presagiaba aún el horror agregado del horno nuclear con que se cerraría el conflicto. Esto, con base en la celeridad, poder económico y de infraestructura con que los Estados Unidos volcaron también a su favor el concepto de ruptura del átomo desarrollado primero por los científicos alemanes.  

En las conferencias de Teherán primero y después en Yalta, Crimea, ya se habían definido las condiciones preliminares de los Aliados en lo que hace al mundo de la postguerra y   dejaban  en claro que no se negociaría alguna forma de rendición atenuada para Alemania. También se había determinado no solo el aniquilamiento de la maquinaria de guerra del país teutón a punto de inflexión irreversible, para escarmiento de la misma nación derrotada, incluso imaginando la posibilidad de su desaparición Estado. Ya la arrogancia de la Alemania impugnadora de la hegemonía aliada y su bagaje histórico y humano, habían sido demolidos con bombardeos que pretendían desestimular la intención de continuar la guerra -la “moral” en términos técnicos- y tan solo la dirigencia en Berlín aludía a la posibilidad de una victoria final imposible bajo las circunstancias de asedio territorial. Pero aún quedaba mucho por perder en vidas y patrimonios del mundo en el corto tiempo de lucha que quedaba. También resultaba iluso y tardío el pensar en el ingreso de “armas secretas” que echarían por la borda las pretensiones de los aliados.  

Misil V-2 Misil V-1
La Tecnología de Punta no fue Suficiente

Es por eso que la aparición tardía de dispositivos revolucionarios en las fuerzas alemanas, como lo fueron en esa etapa final las bombas inteligentes, los visores nocturnos, el fusil de asalto o los aviones a reacción como el bombardero Arado y el caza Messerschdmitt M.E. 262 “Schwalbe”, o una balística inalcanzable con los proyectiles V-1 y V-2, no podían a esa altura de las circunstancias cambiar el curso de la guerra a favor de Alemania y sí fueron parte del botín que se llevaron los Aliados como compensación por su victoria final. Esa fue otra de las grandes pérdidas de los germanos en esa guerra: su patrimonio técnico y científico, que sirvió a toda la humanidad y en especial a los vencedores, en las décadas posteriores. Pero en particular lo que dejaría como huella indeleble para la memoria de todos en ese último tiempo de combate fue la situación de los campos de trabajo y concentración que el Reich había establecido tanto en territorio propio como en los países ocupados. Esa fue la mayor culpa que cargó sobre sus hombros el principal país del eje de la derrota. Esa culpa fue la que abrió en definitiva la justificación sin retroceso a la creación del Estado de Israel que ya había quedado prendado para la comunidad judía desde la Primera Guerra Mundial, vía el pacto Balfour-Rothschild (aresprensa).                                     


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