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EL HOLOCAUSTO DE MANILA / LENGUA ESPAÑOLA EN FILIPINAS / ACTUALIDAD

Publicado el 3 de febrero de 2015 / 20.20 horas, en Bogotá D.C. // 09.20 horas del 4 de febrero, en la República de Filipinas 

Aquel Largo Día de 1944 II

EL HOLOCAUSTO DE MANILA

Douglas Mc. Arthur había regresado a Filipinas, como lo prometió en 1942, en la zona de Leyte sobre el centro del Archipiélago. Lo hizo apenas 4 meses antes y ahora, al iniciarse el mes de febrero de 1945, se aprestaba a asaltar las posiciones de la guarnición japonesa, en Manila. Eran unos 16 mil hombres al mando del contralmirante Iwabuchi Sanji, la más poderosa del ejército de ocupación que había llegado a la ciudad poco después del ataque Pearl Harbour y era una codiciada presa para la nación nipona. A esa posesión había aspirado el Imperio incluso desde tiempos de la presencia española en el territorio insular, que había terminado en 1898, para quedar en manos de los Estados Unidos hasta 1942.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

El jefe de la fuerza imperial en la ciudad había decidido desobedecer la orden de Tokio de evacuar la ciudad y ofrecer resistencia desde las montañas, directiva que había ratificado el jefe general de las fuerzas de ocupación, general Tomoyuki Yamashita.  En esa desobediencia apareció de manera trágica y de nuevo, la marcada rivalidad entre el ejército y la marina nipona, para infortunio de la población civil manileña de habla española. Una tensión y rivalidad entre armas que ya había estado presente cuando el Emperador decidió atacar a los Estados Unidos en Hawai y no iniciar una ofensiva contra la Unión Soviética desde China, para favorecer a una Alemania que sitiaba a Moscú. Hirohito con esa orden funesta en lo estratégico había atendido las quejas de los marinos que se sentían humillados al ser nada más que un simple medio de transporte del ejército hacia China y quedar aparte de la “verdadera guerra”. Las consecuencias de ese giro de rumbo quedaron a la vista tres años después con el martirio de Manila, antesala del sacrificio de Okinawa, Hiroshima y Nagasaki.    

El gobierno local impuesto y controlado por la fuerza de ocupación, a cuyo frente se encontraba José Paciano Laurel, ya se había retirado de la urbe en tanto que lo básico del contingente nipón se parapetaba en el sector de Intramuros, el barrio amurallado que -al igual como sigue siendo hoy la ciudad de Cartagena en Colombia- tenía mayor capacidad instalada de resistencia por los viejos muros que protegían el sector. Pero este espacio histórico y sus alrededores no sólo tenían eso, la capacidad de defensa, también tenían la mayor concentración de población de habla española, siempre resistente desde su acervo cultural a la presencia de los norteamericanos y también, al final, de los japoneses. Ellos fueron, precisamente y no por casualidad, los exterminados en ese tramo final de la guerra, víctimas del brutal choque entre una defensa suicida y una recuperación de la sección urbana tan brutal como sin contemplaciones hacia la indefensión de las víctimas principales.    

Todo anunciaba la tragedia que en verdad se precipitó en ese mes en que el ejército norteamericano, su artillería y su fuerza aérea demolieron por completo el sector y aniquilaron a la casi totalidad de sus ocupantes. Alrededor de 100 mil civiles filipinos murieron en la masacre planificada por la retoma de los americanos y completada por la resistencia armada de la fuerza japonesa, que en los días finales la emprendió contra la inerme población desarmada. La primera víctima de la Batalla de Manila fue un oficial filipino que acompañaba a las tropas norteamericanas en un avance sobre la Universidad de Santo Tomás, donde estaba concentrado un contingente con los prisioneros europeos y de otras nacionalidades que mantenían los japoneses desde 1942, tras la marcha de Batán, al inicio de la guerra en el Pacífico, y después de la escapada de Mac Arthur del teatro de operaciones, desde Corregidor, al norte de Manila.

Mc Arthur, esa suerte de subemperador delegado en el Asia, había previsto en esas primeras horas de batalla entrar con desfile de emperador por las calles de la capital filipina, entonces de unos 600 mil habitantes, ciudad que conocía muy bien pues allí había residido en más de una ocasión y había colaborado con el presidente Manuel Quezón en el segundo lustro de la década anterior. Además de alto oficial americano era “mariscal” del disuelto ejército filipino, algunos de cuyos cuadros acompañaban a los norteamericanos y habían resistido la ocupación japonesa con acciones de guerrilla. Pero los planes del jefe aliado quedarían frustrados y la resistencia japonesa abriría desde el 3 de febrero las jornadas del faenamiento humano que se avecinaban para desarrollarse en las cuatro semanas siguientesLos combates se tornaron feroces con el correr de los días y luego de las primeras escaramuzas por la liberación de prisioneros mediante el uso de la fuerza.

La lucha urbana asumió tácticas de enfrentamiento casa por casa y calle por calle, al igual que el enfrentamiento entre rusos y alemanes en Stalingrado. En principio, el uso de lanzallamas y de armamento pesado portátil, además de explosivos de mano como granadas, facilitó un relativo avance por la ciudad pero no más allá de la periferia. La historia oficial señala que, Douglas Mc Arthur el jefe encargado de la retoma, quería preservar a los civiles pero esa teoría quedó superada por los hechos que acaecieron de inmediato y al promediar febrero, cuando la oposición japonesa se tornó más enconada en los sectores amurallados. Los combates a partir de ese momento tomaron características dantescas y se comenzó a golpear de manera abierta a la gente que estaba desarmada en sus casas. La culminación de la carnicería fue la orden dada por el mando de Mc Arthur para atacar la ciudad por completo, con el uso de artillería pesada y aviones bombarderos, mediante la táctica de las “bombing carpet”, que se usaba desde hacía al menos dos años en Alemania. En traducción literal se trataba de bombardeos masivos con la aplicación de lo que como operación se llamó alfombra de bombas.

Douglas Mc Arthur Iwabuchi Sanji
Criminales de Guerra

El grueso de la población filipina mestiza y de ascendencia hispana que había permanecido en el sector ocupado por la tropa nipona y objeto del ataque aliado, era un 20 por ciento de la totalidad de habitantes de Manila. Se habían quedado en la urbe a pesar de los riesgos por razones que hicieron convergencia fatal: era ese el sector ilustrado y de mejor posición económica bajo las condiciones de entonces, una suerte de flor y nata filipina que se aprestaba a tomar el manejo del país, de acuerdo con la promesa que habían hecho los americanos al presidente Manuel Quezón, en 1935. Manejaban, tal como lo habían hecho durante la vigencia de la tutela española, la administración, las instituciones educativas, la justicia y buena parte del comercio. Ya para 1945 también hablaban inglés pero era la lengua madre española la que se manejaba en la cotidianidad y en la  vida intelectual. No renunciaban a ella porque resistían la imposición del estilo de vida americano y eso incluía la herramienta de comunicación verbal y escrita.

De manera abierta o soterrada habían apoyado la llegada de los japoneses, pues estos nuevos ocupantes eran para ellos más precarios y vulnerables en la posibilidad de una permanencia larga que hiciera transformaciones radicales en las costumbres vigentes; en especial, rechazaban estos filipinos sacrificados la obsesión que habían mostrado los americanos por desterrar la presencia hispana en visión, conciencia y acto de habla. Por otro lado, quisieron quedarse en sus residencias espaciosas y tradicionales para cuidar el patrimonio y evitar el saqueo. A todo el cuadro se agregaba el hecho de que Madrid aún mantenía buenas relaciones con Tokio, aunque ese momento eran cada vez más ásperas. Para coronar la situación de variables que empujaron al genocidio, debe agregarse el odio visceral que sentía el jefe aliado Douglas Mc Arthur por esa población  de raíz hispana a la consideraba foco permanente de complot y resistencia contra los aliados y, al igual que el almirante Chester Nimitz, consideraba al español una “lengua fascista”

Todo ese potencial de factores en contra de los filipinos hispanos preparaban la tragedia que en efecto ocurrió entre el 3 de febrero y el 4 de marzo de 1945. El genocidio quedó consumado en ese mes de fuego y barbarie sobre las ruinas de la ciudad. El día de marzo señalado, Mc Arthur proclamó su victoria. Los japoneses terminaron lo que no hicieron los bombardeos y en las últimas dos semanas de permanencia, mientras respondían el ataque aliado, completaron la masacre multitudinaria a bayonetazos y también casa por casa en medio de las ruinas. De inmediato se ordenó terminar el arrasamiento del patrimonio histórico de la ciudad y lo que quedó medio en pie y no completamente destruido por los explosivos, fue derribado por topadoras y motoniveladoras para construir una ciudad nueva y, en lo posible, “americana”.

Manila fue en conjunto con Varsovia una de las dos ciudades del bando aliado que sufrieron el mayor martirio de la guerra. Los responsables del aniquilamiento de los 100 mil residentes civiles muertos en esa orgía de sangre –más la totalidad del contingente japonés, con su jefe Iwabuchi- fueron los soldados y mandos de ambos bandos, aunque en especial del aliado que era el que tenía la iniciativa militar y dispuso de la ofensiva.  Desde entonces, el particular dejo filipino del habla de Cervantes dejó de escucharse en las calles y sitios públicos de la capital insular. Ese, el cultural, fue el otro genocidio que produjo la acción del jefe militar americano, quien para muchos sigue siendo un héroe pero que en una historia menos sesgada sería difícil que no lograra aprobar el examen de ser en la historia reciente un acusado y condenado más por crímenes de guerra y contra la humanidad (aresprensa).     


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