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A 70 AÑOS DEL GENOCIDIO NUCLEAR / ACTUALIDAD

Publicado el 06 de agosto de 2015 / 20.00 horas, en Bogotá D.C.

Aquel Largo Día de 1944 III

A 70 AÑOS DEL GENOCIDIO NUCLEAR

La batalla por Okinawa comenzó el primer día de abril, hace 70 años y se prolongó por más de dos meses, justo antes del cierre nuclear de aquella gran guerra. Fue la última batalla y la más feroz, hombre a hombre -después de lo que ocurrió en 1943 en Stalingrado- cuando ya en Europa las cosas estaban definidas pues allá las tropas aliadas coparon Berlín en mayo, después del asalto final soviético y lo que para la historia oficial fue el suicidio de Hitler como sello. Alemania, entonces rendida, ocupada y desintegrada, marcaba el crepúsculo de los sueños nacionalsocialistas y de todo el país germano, que buscaba una revancha por lo ocurrido en la guerra anterior, terminando sepultado en esa irreversible ocupación y por las alfombras de bombas (bomb carpets) que la habían  machacado y demolido durante los tres años precedentes.

De allí saldría un país germano domesticado, también por los juicios de Nürnberg para los vencidos, con el silencio hacia los crímenes de los vencedores y una nueva realidad para la humanidad, que se horrorizó en las décadas posteriores cuando tomó conocimiento de lo que había sufrido la población civil y en particular las minorías de los países en contienda. También con esa victoria aliada en el Viejo Continente llegaría después la estructura de la legislación internacional para la protección de los derechos humanos, las Naciones Unidas, el declive de Europa en las decisiones sobre el mundo y la pugna disuasiva pero sin fuego estratégico entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Eso fue la Guerra Fría consecuente, durante el medio siglo posterior a la conflagración, debido a la puja entre las dos superpotencias vencedoras.

Pero antes de todo eso en el cierre de la carnicería global, se abrió un nuevo cuadro que hoy se prolonga, con el músculo de ese sol propio de las explosiones nucleares que bajarían el telón definitivo. Un acto bélico imprevisto que abrió otra realidad inesperada para una vigencia todavía más sombría, hasta la actualidad: la amenaza de otra pugna con las armas cuya fórmula inventaron los alemanes y aprovecharon los norteamericanos, casi sin proponérselo, de no haber mediado el aviso de Albert Einstein sobre esa posibilidad de ficción real. El inicio de la era nuclear en el término de la guerra fue también el inicio de otras posibilidades científicas, pues de allí surgió una balística capaz de conquistar el espacio, con los desarrollos que alcanzó Wernher von Braun y sus V-2. Además, produjo la aparición y desarrollo de los principios de la computadora actual, por citar apenas dos evoluciones en este plano

La operación sobre Okinawa fue la más cruenta entre todas las batallas cruentas que hubo isla por isla en el Pacífico para hacer retroceder al Japón a sus límites. Pero antes, en el mes de febrero, la destrucción total de Dresden y el genocidio de los refugiados que estaban amontonados en esa ciudad, le dio un toque de espanto al faenamiento humano perpetrado por los Aliados que hasta hoy debería enrojecer a quienes defendían y defienden la justa causa que mantenía como bandera ese borde de los beligerantes. Es natural así que después se produjese una campaña histórica de enculturación y desinformación que se mantiene y que borró o echó una cobija de olvido sobre la barbarie no ahorrada de este lado de la beligerancia  para cargar todas las culpas sobre el otro lado, con algunas excepciones salvíficas para el emperador japonés, Hirohito.  La mortandad espeluznante de civiles en Dresden -algunos datos hablan de 350 mil incinerados en dos días- fue paralela a la ocurrida en Manila y el preludio de los últimos genocidios que se reservaron para Hiroshima y Nagasaki.  

El referido faenamiento humano se cometió sobre una ciudad abierta, casi desarmada y sin importancia estratégica, tanto que no había sido tocada en el curso de toda la guerra y fue bombardeada con fósforo cuando ya Alemania estaba al borde del colapso. La salvajada de los Aliados, junto con el holocausto acaecido en Manila a cargo de las tropas de Douglas Mc Arthur, demostró para la historia posterior que los criminales de guerra no estaban sólo en uno de los bandos de la pugna armada. Para el caso de Dresden, los responsables puntuales fueron Winston Churchill y Arthur Harris (apodados ambos los “carniceros”), pero nunca nadie los condenó como se merecían sino que para la historia de los vencedores pasaron, tal como ocurrió incluso con Mac Arthur, a engrosar el panteón de los “héroes” universales. Stalin no pudo ocupar ese panteón heroico, salvo para sus partidarios en el mundo, pues sus crímenes desbordaron con creces los de todos los otros

En efecto, porque de igual manera ya casi nadie recuerda aunque hay suficiente documentación al respecto, el fuerte colaboracionismo de la población francesa que no fue la única en Europa, como tampoco hay memoria para una resistencia gala tan divulgada por la cinematografía y las letras, que en realidad tenía como eje a la militancia del Partido Comunista  y eso sólo después de la ruptura del pacto Mólotov-Ribbentrop, de alianza entre las dos de las tres grandes dictaduras de la Europa de entonces y no antes. No, porque antes de iniciarse la voceada resistencia francesa esa militancia comunista quedó cargando con el asesinato de sus propios compañeros que denunciaron y se opusieron al convenio germano-soviético de no agresión y ayuda, tal como ocurrió con el dirigente Paul Nizan, quien apareció muerto en 1940 en una playa del norte de Francia, víctima de un crimen hasta hoy nunca fue esclarecido aunque con un origen que sigue siendo un secreto a voces.  

HIROHITO CHURCHILL VLÁSOV STALIN

                                                                                                          

En el otro frente, el de Oriente extremo que siguió la confrontación hasta agosto de 1945, debe señalarse en relación con Okinawa que la lucha se llevó la mayor cantidad de vidas de estadounidenses en un combate determinado, así como la casi totalidad de los hombres que componían las guarniciones japonesas allí establecidas y el sacrificio de buena parte de los civiles que poblaban la isla y adyacencias. Eso era ya un punto del territorio crítico de Japón que anunciaba lo que ocurriría en el resto del área metropolitana del imperio si el mando aliado ratificaba la decisión de avanzar sobre las otras islas hasta Tokio, como era la consigna. Ya se calculaba por proyección y vista la experiencia de combate en las otras islas, que el costo en vidas de norteamericanos podría haber llegado al millón. El horno atómico inminente a principios de agosto de 1945 quedaba justificado en la proyección nunca cumplida, pero callando que el Japón ya planeaba rendirse con o sin bomba atómica o con invasión norteamericana.  

Mientras cesaban las hostilidades de manera definitiva en el frente del Pacífico se preparaban los juicios a los señalados culpables de todas las culpas, claro está, los derrotados.  Al margen quedaba por el momento el destino final de Adolfo Hitler, responsable según los dueños de la nueva situación del apocalipsis vivido en el mundo, en tanto que no dejaba de propalarse la idea del suicidio. Un tema que nunca quedó debidamente esclarecido y que aparece de nuevo reflotado por estos días con literatura específica y la tremebunda hipótesis renovada  de que el Führer no murió bajo el piso de la Cancillería berlinesa sino que consiguió escapar y que su destino lo llevó al sur americano donde murió anciano.

Lo que no se dice es que si Hitler hubiese podido salir vivo de la humeante Berlín y pasar el resto de sus días en Sudamérica, no lo hubiese hecho sin el conocimiento y tolerancia silenciosa de los aliados occidentales, la Iglesia, y sin que lo supiese el Estado de Israel, nacido dos años después del fin de la guerra y como consecuencia de la misma. En todo caso Hitler, el gran persecutor histórico de judíos, gitanos y otros indeseables para el sistema nacionalisocialista de Alemania, coronó la acumulación de intolerancia que se gestó en Occidente desde muchos siglos antes y el castigo histórico no nubla las causas compartidas en este aspecto, aunque ello se calle con exceso desde las cenizas de la guerra mundial. Esa forma de exclusión nunca fue un negro privilegio exclusivo de los alemanes aunque se carguen sobre ellos todas las responsabilidades con el soporte del mutismo cómplice de los que sabían lo que pasaba y callaron cuando debieron denunciar con tiempo y poder suficientes como para evitar el genocidio.    

En esos mismos días finales los aliados entregaban a los soviéticos las tropas rusas, que habían peleado junto a los alemanes en el frente oriental, con la esperanza de derrocar a la sangrienta dictadura estalinista. No fue una simple entrega, pues estuvo precedida por la perfidia y el engaño que se preparó y consumó poniendo en bandeja a esos hombres hacia un destino fatal, cuando acampaban en las afueras de una Berlín en ruinas y en otras ciudades bajo custodia y en espera prometida de la distribución de esas tropas vencidas, en diferentes países del mundo. Un crimen tan brutal cubierto con otro manto de silencio agregado ante la bárbara decisión que incluyó entre las víctimas al general Andréi Vlásov, el comandante supremo de esos soldados. Vlásov fue un héroe de la defensa de Moscú quien como tantos otros entre esas tropas, guardaba la esperanza de que su patria, Rusia, volviera al seno de los países civilizados y es por eso que había aceptado cambiar de bando.

Los vencidos fueron juzgados con enfoque político después de una contienda de esas dimensiones, por primera vez en tiempos modernos, y eso provocó una repulsa callada pero real en más de uno de los estados neutrales o que no participaron de manera abierta en la conflagración, no porque fuesen filonazis sino por el hecho de que se aplicaban leyes no alemanas a prisioneros que estaban sujetos a la legislación de su país en el momento de los hechos que generaron las culpas. Esa visión y percepción lineal de que el vencido debe cargar con el peso de la historia se mantiene con fuerza hasta el presente con una propaganda persistente al respecto y los fantasmas que insisten en presentarse. La situación del Medio Oriente es la manifestación contundente de esos fantasmas que encarnan por las heridas que dejaron dos guerras mundiales y los peligros que siguen acechando. La presencia y vigencia del Estado de Israel, surgido del Pacto Balfour-Rothschild en la Primera Guerra Mundial y ratificado por lo ocurrido en la Segunda, es una evidencia incontrastable de lo específico que dejaron como inquietante huella las dos guerras universales del siglo XX y los temores presentes derivados (aresprensa).                 


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