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BARBARIE EN LA FRONTERA / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 27 de agosto de 2015 / 13.40 horas, en Bogotá D.C. 

BARBARIE EN LA FRONTERA*

Todo se precipitó desde hace una semana pero todo venía desde antes. La dictadura aún velada en parte que encabeza Nicolás Maduro desde Caracas, destapó con mayor relieve su verdadera naturaleza nazifascista e inició la persecución de colombianos en la frontera, obligándolos a desplazarse de vuelta a su país de manera violenta e indiscriminada. Los anuncios al respecto se habían repetido y bastaba mirar los antecedentes de hecho y verbales, desde tiempos del fallecido Hugo Chávez, para imaginar que eso iba suceder tal como en efecto ocurrió.  Lo ha hecho Maduro de la misma manera como sucedió, en los inicios de su parábola, el nacionalsocialismo alemán: marcando las casas de los condenados al destierro, la enajenación y la nada, de la que los condenados sin juicio previo venían y habían dejado antes en su propia patria, Colombia. Aunque cabe consignar que esa práctica de aniquilamiento social de los indefensos llega desde el fondo de la historia: lo hizo Herodes, buscando al Cristo niño y lo repitió la Inquisición por fuera de la Biblia, aunque acudiendo a su letra. La mayoría, por no decir todas las víctimas tal  como lo muestran las cámaras de televisión y otros registros periodísticos, se marcharon antes de su país de origen y cercano, empujados por la miseria y los conflictos largos del interior colombiano, para ser otra vez convertidos en chivos expiatorios por la vía del atropello del estado venezolano. Se ha generado así una crisis humanitaria y lo que explican los funcionarios del arrogante y bárbaro gobierno que encabeza Maduro no hacen más que ensombrecer el panorama que hacia el futuro es poco optimista aunque no imprevisto.

Los salvajes procedimientos utilizados por la tropa venezolana en las mismas residencias de los otra vez desterrados hizo recordar lo ocurrido también no hace mucho tiempo en Yugoeslavia y en el  África: el despojo, la invasión abrupta a las residencias de los expulsados, la fractura familiar y la negativa a respetar los derechos elementales y fundamentales de esos hombres, ancianos, mujeres y niños agredidos de manera grotesca.  Pero mucho mayor y sistemática acción de degradación de los derechos de la gente humilde que es la expulsada en oleadas del lado venezolano, ha sido el ejercicio de derrumbamiento de las viviendas, previa marca estigmatizante de la fachada, de la misma forma como hace el Estado de Israel en Gaza, con el derrumbe de edificaciones y así como lo hizo el estado nacionalsocialista alemán contra la comunidad judía en décadas tempranas del siglo pasado

Pero la acción ciega y artera contra la población civil residente en la frontera colombo venezolana y dentro de este último país es más que nazifascismo, es estalinismo crudo a estar del rumbo ideológico de sus autoridades, la deformación que introdujeron en las normas de relación social interna y el desbarajuste económico consecuente, que ellos llaman “revolución”. Es del caso señalarlo, sin olvidar que José Stalin fue uno de los mayores criminales de la humanidad en todos los tiempos, además de que bajo su mandato se produjeron más de cien millones de muertes en la actual Rusia y los países vasallos de la entonces Unión Soviética, entre ellos Ucrania. Una muestra mayor de esta radiografía es que la actual dirigencia venezolana ha protegido tanto a las Farc como al ELN durante la hegemonía chavista y convirtió además a Venezuela en retaguardia estratégica de la subversión colombiana y de otras formas del terrorismo internacional.

Ya se sabe que las Farc son consecuentes con esa concepción y están ligadas al partido comunista tradicional, apéndice de la visión soviética surgida del estalinismo, que además también alienta el conocido Foro de São Paulo, fuente ideológica de estas concepciones en toda América Latina.  Ya no existen los gulags soviéticos, pero aún quedan o estuvieron hasta hace muy poco en la selva sudamericana, los campos de concentración tropicales con secuestrados amarrados a cadenas, mientras los dirigentes de las Farc, autores de este delito serial de lesa humanidad y de muchos otros, negocian un hipotético fin del conflicto con el gobierno colombiano. En tanto, la dirigencia venezolana es alcahueta con todas las formas de tortura que aplicaron los armados ilegales en nombre de la misma “revolución” y convirtió al territorio de ese país, que fue rebosante de recursos económicos fruto de la riqueza petrolera, en un aguantadero de esos criminales colombianos, responsables de crímenes que avergüenzan al género humano, como en tiempos de Stalin.

Es bueno decirlo ahora, cuando el principal argumento de las flagrantes violaciones a los derechos humanos que protagonizan las tropas venezolanas, es que se “combate a los paramilitares colombianos” enquistados en esa frontera siempre tensa y viva que comparte con su vecino, quienes serían protagonistas de los males que aquejan a los venezolanos y también serían de manera constante un peligro para la seguridad y estabilidad de Venezuela y sus autoridades. Extraño es el “ejército paramilitar” que conforman esos desgraciados y desvalidos cruzando las trochas ocultas de maleza que recorren los contrabandistas de lado y lado y el río Táchira, que les es familiar, en incontables filas y llevando a espaldas los escasos bártulos que alcanzaron a sacar y dejando el resto a la buena de Dios y la saqueo consecuente. La pobreza y la angustia era el uniforme de combate que llevaban a cuesta esos viejos -incluso con muletas- niños y mujeres que volvían a Colombia con sus miserias estructurales y continuadas, los que para la ominosa barbarie que campea desde Caracas son ilegales armados que su gobierno rechaza.

Esos son los paramilitares que echa Maduro de su límite territorial, mientras sostuvo, sostiene y alimenta la criminalidad de los otros, sus amigos armados ilegales, que impugnan por las armas al Estado vecino y a su sociedad civil.  En el mismo giro, la jefa de la cancillería venezolana en reunión con su homóloga colombiana, desde Cartagena negaba la realidad a la vista -como es costumbre en ese régimen- y culpaba a los medios de comunicación de lo ocurrido, al tiempo que convocaba a la misma censura de la libertad de expresión que su gobierno practica en su propio espacio. La salida  delirante de la diplomática no asombra, pues lo mismo hacían con cinismo los comunistas franceses cuando se firmó el pacto Mólotov-Ribbentrop, en 1939, y procedían a asesinar a sus propios militantes opuestos al siniestro acuerdo contra natura entre dictadores. Así, continúa aquella historia de cinismo, negación de la realidad y crimen, en coherencia obscena y violatoria de la dignidad humana de esa visión ideológica.

Es cierto que esa frontera siempre agitada ha sido un epicentro constante de criminalidad, pero lo es de muchas fuentes: contrabandistas, narcotraficantes, bandas criminales, grupos armados tradicionales -mal llamados rebeldes o insurgentes- y también sujetos en excrecencia de los antiguos paramilitares colombianos. Pero no por eso puede decirse que los pobres de ambos países, acostumbrados de manera ancestral a vivir en ambos lados de la frontera, son paramilitares o integrantes de otros grupos armados por el simple hecho de ser pobres. A veces, algunos de ellos son contrabandistas minimalistas o integrados a bandas por ocasión y acoso de la pobreza, pero no son culpables por decreto de su miseria y de sus recursos extremos para sobrevivir y continuar con las limitaciones vitales de siempre, aunque el despotismo no ilustrado e irracionalidad esquizoide de Caracas pretenda hacer creer al mundo lo contrario.     

Pero no culmina allí el perverso panorama, mientras ocurrían estos acontecimientos graves y de máximo riesgo internacional apareció el complemento de la débil, en principio, reacción de la Casa de Nariño en Bogotá junto con la toma de partido por parte del expresidente Ernesto Samper a favor del agresor Nicolás Maduro con corrección tardía y baldía, en un acto evidente de traición a su patria. Al coro de silencios y complicidades se sumaron las cancillerías y ejecutivos de los otros vecinos y de las mismas izquierdas colombianas, estas quizá en preanuncio de lo que harán en su propio país si se cierran los acuerdos de fin del conflicto con las Farc y estas con sus aliados locales y de superficie, logran tomar el poder que no alcanzaron por la vía violenta. Los expulsados de hecho de la frontera, los que cargaron de regreso sobre el lomo su pobreza sustantiva para seguir viviéndola en Colombia, no solo fueron sometidos a los vejámenes descritos, en el proceso previo.

También muchos de ellos fueron encapuchados, separados, enfilados y clasificados entre jóvenes, niños y viejos, como se hacía en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, con la alcahueta complicidad de quienes son referentes del chavismo y sus agentes oficiosos de perifoneo en Colombia. Los sacaron del país sin juicio previo, de forma discrecional y discriminatoria golpeándolos con todo el odio que pueden cargar quienes cubiertos con la presunta legitimidad de un relato ideológico extremista, suponen que toda la violencia que ejercen contra los débiles les queda legitimada en la presunta validez de ese discurso equívoco. Los sacaron violentando incluso la propia ley venezolana e internacional para la aplicación de la deportación y la expulsión, como lo haría cualquier tiranía vigente o pasada en el continente. De esta manera y con la imposición del Estado de Excepción por parte de Nicolás Maduro, como experimento fronterizo, se cierne la posibilidad cierta de extender la medida extrema a todo el país.

Algo nada improbable para un gobierno que tiene comprometida casi la mitad de su Producto Bruto Interno en deuda internacional y que debe pagar más de 5 mil millones de dólares de cuota de esa deuda externa, antes de dos meses,  sin recursos a la vista para hacer frente al compromiso. Una situación límite en lo macroeconómico que podría llevarlo al default y terminar de ahogar su administración ya demasiado maltrecha.  Además, afronta para diciembre unas elecciones para renovación del poder legislativo y todas las encuestas independientes muestran que el Palacio de Miraflores podría perder el control parlamentario, que jamás resignó desde el primer triunfo en las urnas de Hugo Chávez Frías. Someter a todo el país al Estado Excepción impuesto por estos días en el Táchira le permitiría no solo avanzar en la violación y negación ampliada de derechos y libertades. En el remate, Maduro quedaría habilitado para suspender de manera indefinida las elecciones previstas y con ello entrar de lleno a un perfil de dictadura con cara plena, terminando de liquidar los formalismos  y vestigios democráticos aún vigentes en Venezuela.

El corolario de lo sucedido muestra que esta parcialidad bolivariana hace resurgir al peor Bolívar: el de la “guerra a muerte”, el de los fusilamientos de Manuel Piar y José Prudencio Padilla, el de la entrega en pleno combate de Francisco de Miranda a sus enemigos, para salvar el pellejo propio; también el de los gobiernos autoritarios y dictatoriales. Ese es el mismo Bolívar de las Farc y de los terrorismos de toda laya que sostuvo en su manejo Hugo Chávez y mantiene Nicolás Maduro. Unas mil cien familias fueron desterradas de Venezuela del sitio donde vivían su pobreza, aunque se supone que, hasta hoy, son en realidad más de cinco mil, pues la mayoría no fue censada. Esa es la forma de terrorismo de Estado que pone en vigencia Venezuela contra los humildes y  es la verdadera cara de la “revolución bolivariana”, apoyada en el segmento oculto por la historiografía oficial sobre la vida del prócer en quien dice inspirarse (aresprensa).   

EL EDITOR 

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES 


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