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FRANCISCO DIO LA CARA / ACTUALIDAD

Publicado el 29 de septiembre de 2015 / 04.45 horas, en Bogotá D.C.

FRANCISCO DIO LA CARA

Ningún Papa romano tiene agendas fáciles y las de Francisco no son la excepción. Pero en esta nueva visita al continente americano las aristas que debía enfrentar eran una regla para medir otra vez su capacidad de afrontar conflictos que parecen no tener solución. Francisco tiene una controversial administración de los problemas divinos y humanos que debe desanudar, aunque son demasiados y muchos vienen desde atrás.   En esta ocasión, con las visitas a Cuba y a los Estados Unidos, debió poner el pecho a las contradicciones de una América Latina agitada en la pugna ideológica y las sin salidas de gobiernos populistas e irresponsables que priorizan sus banderas ideológicas por sobre las libertades y el bienestar de sus sociedades. La segunda etapa de su visita que tuvo por escenario a la principal potencia mundial, debió responder a confrontaciones que apuntan de manera directa al choque de concepciones de una sociedad secularizada y materialista y a una iglesia local que lo ayudó para llegar a la condición de heredero de San Pedro, pero lo cuestiona con temas puntuales y le exige definiciones que no dan espera, el de los abusos a menores por sacerdotes es una de las máximas pero no la única.

Escribe: Rubén HIDALGO

En el conjunto el Papa argentino debió también asumir responsabilidades, por sus oficios, en recomponer las relaciones entre la isla caribeña y la principal potencia occidental mientras en la primera los constantes e históricos reclamos por la reconstitución de libertades y garantías democráticas siguen contenidas y reprimidas. Esto, a pesar de los relativos asomos de apertura que propugna la jerarquía del gobierno habanero, el cual se ha mantenido con el control local desde hace más de medio siglo. Francisco en su misión pastoral y política ya no debe romper el muro de silencio y marginación de la Iglesia en el entorno hostil de la dictadura caribeña, como lo fue desde el ascenso de los revolucionarios y la evolución de la Guerra Fría, hasta la primera visita papal ocurrida durante el pontificado de Juan Pablo II.    

La mejor hora que vive la Iglesia cubana no significa que el gobierno de la isla haya dejado atrás sus determinismos ideológicos que pasan por una apreciación laica aunque cercana en lo político a la importancia del ideal religioso en su radical apreciación sobre el orden del mundo. Tampoco significa que la dirección episcopal cubana ignore que las vigentes relaciones entre la administración cubana y la conducción eclesiástica son de conveniencia y con suficiente manejo pragmático como para señalar que son buenas hasta donde esto es posible. Las visitas papales, tres ya en el lapso de pocos años, aportan a la paulatina apertura de lo que fue una cerrada dictadura y deja con menor piso a la hirsuta comunidad cubana en el exilio que no le perdona, sobre todo a Francisco, el exceso de confianza con los que fueron barbudos dirigentes revolucionarios y hoy son un recuerdo que sobrevive con porfía. Así como tampoco le perdona la no atención en audiencia a esa oposición que en la isla a veces se muestra en las calles.

La agenda cubana del Papa argentino mostró que el aporte que tuvo para avanzar en el descongelamiento de relaciones con el poderoso vecino y hasta ayer enemigo, debe tener contraprestaciones que siguen sin dar espera y serán un permanente decálogo de requerimientos que sobre Cuba hace el mundo y también los latinoamericanos. Esto tiene que ver con la permanente violación de los derechos de los contradictores internos de la administración cubana y la necesidad de un programa cierto para la demorada apertura y vigencia de libertades aún postergadas. Algo que también tiene que ver con la situación de Venezuela, pues el recorte de garantías y cercenamiento de libertades, así como el acotamiento al equilibrio y balance de poderes es visto como una extensión de un ominoso ejercicio represivo que, en el caso de Venezuela y de manera parcial en otros países de la región, se extiende cada vez con mayor rigor y escándalo.  

Francisco volvió a América con la autoridad y carga simbólica que le da el ser la cabeza de una institución con más de dos mil años que conformó la vigente mentalidad de Occidente, con todo lo que ello implica. También con el hecho de que su pontificado llegó con la misión de barrer la casa y eso hizo y se mantiene, lo que amplía el acervo de la autoridad moral que esto le confiere, pero no todo es color de rosa. Suenan las voces críticas a su apertura a minorías que la Iglesia excluyó por razones de tradición y dogma. El Papa ha hecho caso omiso a la resistencia hasta ahora pero se acerca el Sínodo de la Familia en el cual es posible que la controversia se amplíe por la visibilidad que tendrá el escenario. El tema de los divorciados, los homosexuales y de sus derechos, que no excluyen las aspiraciones que esas comunidades tienen frente a la administración de la Iglesia encontraron receptividad en las consideraciones del nuevo Papa, aunque no es  una apertura de manga ancha.

Nada indica que esa receptividad sea de toda la Iglesia, y se supone que las voces contrarias debido a la inquietud que existe frente las reformas en proceso  tomarán mayor relieve por parte de los bienpensantes. El tacto y el tiempo dirán cuál es el límite de esos cambios que se vislumbran. Una parte de lo que se avecina en esa expectativa inquietante está dada por el desarrollo y rédito de su visita a los Estados Unidos y la presencia del Papa en la Asamblea General de las Naciones Unidas. La curia norteamericana es el receptáculo de parte de las críticas que se le plantean a la cabeza de la iglesia romana. El país es de raíz protestante y aunque la comunidad católica es de gran relevancia y la presencia latina le da mayor fuerza, la tensión aumenta por la naturaleza de la forma de entender la relación personal con la noción de divinidad y lo que tiene que ver con los negocios terrenales. El Papa se manifestó de manera abierta ante problemas de fuerte impacto como el de los abusos de miembros del clero contra la integridad de los feligreses, en especial los menores de edad.  

Algunas relevantes figuras del episcopado norteamericano ya habían sido sancionadas en la primera etapa de la administración de Francisco y es ese un proceso que aún no ha concluido, porque están en curso mayores controles a obispos  y sacerdotes del país por el delito de pedofilia y otros excesos intolerables para la institución religiosa. No pocos señalan que esos derrapes de dignatarios de la Iglesia romana han sido sobredimensionados por otras iglesias y esto puede ser cierto, pero no cabe duda que abusos de ese tipo no tienen disculpas y el aprovechamiento de la situación por quienes son pugnaces con la iglesia católica no exime a esta de la responsabilidad que le cabe. El ocultamiento de esos hechos le hizo más daño a la institución milenaria que el develar los ominosos hechos y asumir las responsabilidades que le cabe a la jerarquía.

Hacer justicia al respecto, castigar y poner en orden la casa ha sido parte de la misión de Francisco y de su papado, al tiempo que el jefe de la Iglesia ha demostrado que se ha impuesto con plenitud esa responsabilidad de transparencia y sanción a las miasmas de su organización religiosa, al tiempo que política. Por algo no menos grave se produjo el gran movimiento cismático que inició Martín Lutero en 1520 y que como respuesta produjo la Contrarreforma que vio surgir a los jesuitas, como soldados de la Iglesia, a los que pertenece Francisco. El Papa le puso la cara a las críticas cervales contra la Iglesia norteamericana en hechos que no son nuevos y que han ocurrido de manera constante en tiempos cercanos allí y en otros sitios con presencia de la Iglesia, de la misma manera como lo hizo frente a los representantes de las familias y no tuvo reatos en tocar el delicado tema de los inmigrantes que tiene en los Estados Unidos un subido cariz político en estos tiempos preelectorales. No tuvo miedo en hacerlo y no podría tenerlo si tiene a Dios de su lado (aresprensa).     


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