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ARGENTINA SIN ESPERANZAS

ACTUALIDAD  //  Publicado el 21 de diciembre de 2019  //  17.00 horas, en Bogotá D.C.

 

ARGENTINA SIN ESPERANZAS

 

Obligados a repetir la historia poco a nada aprendida, los argentinos recibieron en el primer plano de su vida nacional, el pasado 10 de diciembre, la primera escena de la tragicomedia que ya vivieron, con el retorno de Cristina Fernández para refrendar los fueros que ya tenía, y aumentarlos. Ella usa para ello la máscara conocida sobre su presunta inocencia de los gruesos delitos que le imputa la justicia y otras dos sobrepuestas, la del presidente que ella misma impuso: Alberto Fernández, la de ser abanderada de pobres de toda pobreza y la de que no tiene poder real. Es una suerte de Evita rediviva, pero enriquecida con la cadena de corrupción que sí abanderó. La hoy vicepresidente argentina ha puesto en escena en lo días previos a la retoma del control del país su voluntad manifiesta de imponer impunidad sobre sus delitos a la vista de quien quiera verlos. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

Un país aún corroído por la vandálica cleptocracia familiar que Cristina encabezó, aunque iniciada por el fallecido Néstor Kirchner y proyectada en sus cómplices hoy presos o procesados. La pandilla que la acompañó en el saqueo, aquella que sus seguidores y ella misma consideran presos políticos y no políticos y empresarios presos por sus crímenes, espera recibir un trato de benigno de la justicia, proceso que ya se inició. Ella se muestra como detentadora del poder real y no quien lo ejerce como mascarón de proa desde antes de internarse en el mar embravecido del desmoronamiento argentino. Esa caída que los que ahora vuelven aceleraron y que el gobierno que expiró no supo y no pudo reencauzar. Es triste esto de una Argentina hundida por sus propios pecados y por los de sus dirigentes, así como por aquellos que con su voto no aceptan que las cosas cambien de manera positiva y prefieren internarse en el panorama más oscuro que ya se anuncia. 

Por lo pronto ya comenzó la nueva batalla bajo las viejas consignas de ataque en el plano de la justicia y de los medios de comunicación, ambos denostados y mellados durante la gestión previa del corrupto kirchnerato que estableció la política sistemática de saqueo de la hacienda pública, tal como lo hicieron incluso con algo de mayor pudor otros populismos de la región. La saga de los Kirchner y de sus secuaces carecieron siempre de esa virtud y grandeza eventual. Ha sido y es gente mala, de baja calaña y perversa, porque para ser un malo de verdad es necesario primero tener el alma grande y ambos, Néstor y su viuda, carecieron de tal virtud y esta última así lo sigue demostrando en la última escenificación sobre su inocencia ante la justicia, por la inocultable verdad de su enriquecimiento ilícito y el de sus asociados en la mafiosa relación que mantuvo con ellos en su anterior mandato, que terminó en el 2015. 

Ahí sigue preso Amado Boudou, aquel que la acompañó durante su gestión presidencial entonces como vicepresidente y que quiso apoderarse con desparpajo de la empresa Ciccone, la que imprimía los siempre devaluados billetes que circulan por la tan lastimada como enferma economía argentina, así como en los flacos bolsillos de los empobrecidos habitantes. Ella impuso a Boudou a dedo, con método similar con el que también impuso la candidatura del actual y flamante presidente, Alberto Fernández. Pero los argentinos eligieron la curiosa dupla en las urnas y nada puede discutirse al respecto ni poner en duda lo ocurrido en el desvencijado país otrora potente y orgulloso, porque eso es lo que decidió su pueblo y tiene ahora el gobierno que se merece. El viraje no solo lo es en lo interno sino también en la posición internacional y Venezuela tiene un leve respiro con la salida de la Argentina en la presión a la cruel dictadura caribeña. 

El actual mandatario esbozó un discurso moderado en el acto de posesión, luego de tomar los atributos presidenciales de mando entregados por el saliente Mauricio Macri. Fue un acto recargado de simbolismo pues no debe olvidarse la repulsa que generó el desplante de Cristina Fernández en el anterior traspaso presidencial, cuando se negó a entregar esos símbolos a Macri. Aquel vergonzoso hecho mostró el talante republicano del presidente que cedía el poder ante quien lo había derrotado en las urnas y ponía otra vez en relieve la repugnancia de la señora Fernández viuda de Kichner, por la simbología de la democracia y por la democracia misma. Ella en ese momento y con aquel exabrupto pretendió mostrarse indiferente ante el rechazo de la mayoría de su pueblo por sus desvíos autoritarios y sus perversiones en el manejo de la administración, que no excluyeron el crimen de Estado. 

No sería posible olvidar en la hora vigente que el asesinato del fiscal federal Alberto Nisman fue perpetrado antes de que Crisitna Fernández culminara su gestión presidencial. El crimen estuvo precedido de una verdadera conspiración organizada a la vista por la administración y varios de sus funcionarios, mediante el desprestigio y la satanización en contra del operador judicial que investigaba los atentados terroristas en Buenos Aires contra la embajada de Israel y contra la entidad judía de beneficencia Amia. Aquellas que dejaron casi un centenar de ciudadanos muertos, en los años 90. Eso y los vínculos de esas acciones con Irán sellaron la suerte del malogrado fiscal argentino. Consumada la muerte del alto funcionario, el gobierno de Fernández intentó enlodar su memoria y acosó a la familia en duelo, sin siquiera efectuar las honras oficiales que correspondían a un eminente responsable de la justicia, quien no hizo otra cosa más que cumplir con su deber. 

En la inferencia de la investigación se comprometía de manera grave al gobierno de la señora Fernández y la señalaba como cómplice de las derivaciones que tuvieron los golpes terroristas en los que la República islámica de Irán aparecía también vinculada con largueza. En aquel tiempo la administración de la hoy vicepresidenta Fernández tejía de manera inicialmente secreta un acuerdo con las autoridades iraníes para relevar de responsabilidades a quienes desde la embajada de ese país oriental en la capital argentina aparecían relacionados con los señalados hechos de sangre, una verdadera acción de guerra contra la Argentina que hasta hoy permanece impune. El acuerdo secreto y el escándalo que produjo su trámite oscuro enlodaron aun más la gestión de Cristina Fernández en lo que no pocos consideraron como una suerte de traición a su patria. Al igual como ocurrió con la oronda concesión a la China para la instalación por medio siglo de una base militar en la Patagonia y a la que ningún argentino puede entrar ni inspeccionar actividades, y en la que la Argentina no ejerce soberanía alguna. 

Pero lo que más busca ahora Cristina Fernández es impunidad para sus crímenes contra las arcas públicas. Para ella y para sus cercanos, entre ellos sus hijos. En su andar asociada con los márgenes externos de la ley, mientras ejerció el poder supremo de su país, asoció a su primogénito Máximo Kirchner y a su hermana, en las fechorías para el desvío y lavado de dinero que se obtenía por la corrupción con la adjudicación y realización incompleta o jamás realizada de la obra pública. Un organizado saqueo al Estado que ya se había iniciado y era marca negra de propiedad intelectual de los cónyuges en la patagónica provincia de Santa Cruz, la que gobernaron y donde Néstor y Cristina comenzaron sus carreras de vandalización de la hacienda pública. Lo descrito es apenas una relación mínima de al menos una parte de la nueva administración del Estado argentino, que se sabe irá contra el dispositivo de la justicia que asedia a la vicepresidenta y sus compinches. Es por ello, entre otros factores, que por ahora no hay esperanzas para la Argentina (aresprensa).    

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VÍNCULOSAQUEL MURO QUE CAYÓ  //  MARCHAS SUBVERSIVAS           
Actualizado: sábado 21 diciembre 2019 16:36
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cristina fernández argentina

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