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BREXIT: QUIEBRA DE UNIDAD RELATIVA

ACTUALIDAD  //  DOXA  //  Publicado el 26 de enero de 2020  //  15.40 horas, en Bogotá D.C.

Doxa *

 

BREXIT: QUIEBRA UNIDAD RELATIVA

 

Se cumplió lo que en principio fue una onda gris para los  europeos, luego una alarma y por fin una confirmación que de alguna manera era previsible antes del cumplimiento de las tres etapas. Todo debido a que los ingleses jamás se han sentido demasiado ligados con sus ahora vecinos, salvo en los casos en que hayan podido asegurarse una asimetría a  su favor. Tal como así ocurrió en tantas guerras de los siglos pasados, hasta la última mundial. Después perdieron su imperio y con la nariz levantada se mantuvieron bien distantes de sus pares del continente, reservándose cartas estratégicas como para seguir diciendo: “somos iguales a ustedes, pero más iguales”. Así se integraron al llamado de la resucitada Alemania y la revitalizada Francia, por la unidad europea en la postguerra, cuando decidieron dejar atrás los enfrentamientos y fomentar una estrecha asociación posible. De tal manera que era algo anunciado esto de romper con los del otro lado del Canal de la Mancha. Además, en esa otra orilla están esos alemanes y franceses que se  vuelven detestables para aquellos imperiales, cuando les quitan la primera línea protagónica impidiéndoles manipular el gozne de la historia, tal como lo han hecho a lo largo de la  vida  europea. Al terminar el último día de este enero  el divorcio estará consumado.

 

Pero, claro está, esa fuga se realizará a un alto costo y más desventajas que lo opuesto. El aislamiento siempre favoreció a los ingleses para mantenerse al margen de los conflictos continentales y definir las cosas  cuando los otros ya estaban lastimados y agotados. La Guerra de Sucesión española en los albores del siglo XVIII es apenas una muestra de muchos botones: al dejar a los Borbones con el trono de España, la desgastada Francia debió aceptar la cesión de Gibraltar, sin que los españoles pudieran siquiera chistar, hasta hoy. Esa fue la llave para el control de salida y entrada al Mediterráneo, lo demás al respecto es bien conocido. Tanto, que ahí están Egipto, la desintegración del imperio turco -relatada por la historia de Lawrence de Arabia-  y la misma creación del estado de Israel, entre otras perlas. Pero después de la segunda gran derrota alemana en el siglo XX, las cosas cambiaron porque el apoyo norteamericano exigía a los ingleses el abandono del imperio mundial, después de la victoria buscada.

No es casual que los Estados Unidos hayan aplaudido la decisión definitiva de salida de la unidad europea luego de la confirmación en las urnas del mandato de Boris Johnson, en el pasado diciembre. Si los ingleses son avivatos de las oportunidades con papaya puesta sobre la mesa, los norteamericanos repiten con frecuencia la lección de mejor manera y la aumentan. Los británicos son aliados históricos de Washington, pero más aún si estos son los que ponen las condiciones. Después de ganar un referendo con la espuma hace algo más de tres años y con una propaganda semejante a lo que suele llamarse “fake news”, los timoneles del partido conservador que levantaron la bandera de tomar distancias con Europa, sumergieron en un océano de incertidumbres a sus votantes, los que no los votaron y al resto del viejo continente. Eso se resolvió con la aplanadora de diciembre y el surgimiento de nuevas angustias, que los triunfadores no tienen mayor intención de resolver bien ni por las buenas.

Los escoceses ahora aparecen más animados por la aspiración que llevó al cadalso a William Wallace: la independencia de su país celta que hasta que pudo puso la sangre para alcanzarla. Lo mismo ocurre con los irlandeses, quienes si bien se han beneficiado con la libertad aduanera y la desaparición de las barreras restrictivas con sus coterráneos católicos de la isla que comparten. Ellos no ignoran que tal apertura fue una de las condiciones para poner fin a esa larga guerra entre hermanos que tanto tiempo azuzaron los ingleses. La misma que hizo a Oliverio Cromwell un héroe para los ingleses y para los de la Irlanda católica, un sanguinario criminal. En todo caso, unos y otros están en vísperas de sumergirse en un desastre económico: el que se supone traerá la separación, porque el corte de lazos implica el corte de todas o casi todas las ventajas que venían desde el pliegue parcial a la alianza. Parcial porque los sucesivos gobiernos de Londres nunca aceptaron ligarse con el euro ni a la libre circulación fronteriza que permite Schengen.

Eso de las fronteras fue quizá uno de los argumentos más fuertes de la corriente separatista, que doblegó a los escépticos de volver a poner las distancias discriminatorias que siempre tuvieron los británicos con los vecinos y con el resto. El temor vivo al terrorismo que podrían llevar a cuestas algún inmigrante del Medio Oriente y de países africanos, fue parte de la inquietud natural de cualquier pueblo que exageraron los discursos populistas de los activistas del llamado brexit. También lo fue el tema de la mano de obra barata que la mirgración forzada lleva junto con el hambre, las guerras y el cierre de oportunidades en sus países Esos migrantes a veces famélicos que se atreven a cruzar el Mediterráneo, a  cuenta de iguales o mayores riesgos de los que ya de por sí sufren.  Ninguna razón en contrario sirvió para dar marcha atrás en la decisión, como tampoco la tardanza en terminar de andar el camino para tornar más ancho el Canal de la Mancha. Todo ello con la venia final de la reina.

La fruición final de Donald Trump por la consumacion del interruptus no es gratuita. El presidente norteamericano podrá ahora llenar a sus anchas el suelo inglés con sus productos, porque esto le viene de perlas no solo por su consigna en alto del “America first”, sino que coincide con sus positivas expectativas electorales del fin del año que empezó a correr y un eventual acuerdo comercial que permitirá a Washington poner fuertes condiciones para entreabrir su territorio a las importaciones inglesas. Ello porque al perder Londres las ventajas arancelarias del inmenso mercado de los vecinos, antes “hermanos” del continente, lo dejan en asimetría irreversible frente a sus primos históricos y aliados sempiternos de conveniencia tan pragmática como utilitaria. El volver al viejo prejuicio aislacionista y discriminatorio que los ingleses siempre tuvieron a flor de piel, está en puertas de convertirse un mal sueño (aresprensa).

 

EL  EDITOR

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* La columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia de prensa ARES    

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