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CONDENA PARA GÜNTER GRASS

Publicado el 02 de mayo de 2012 / 15.00 horas, en Bogotá D.C.

CONDENA PARA GÜNTER GRASS* 

Cayó como un latigazo y no es la primera vez. Cuando Israel o cuando cualquiera que tenga una vocería de la comunidad judía mundial golpea con el señalamiento de complicidad con el nazismo, la víctima con razón o sin ella resiente la vindicta, aunque no lo diga. No es para menos, cargar con una especie de sarna simbólica de afinidad con el vencido y denostado nacional socialismo trae recuerdos de sombras para la conciencia humana. Es por eso que la acusación en tal sentido a Günter Grass exige un instante de reflexión para tratar de poner las cosas en su lugar, algo muy difícil con un tema cuyas cotas máximas que no se atenúan en el mundo, a pesar del tiempo y de que el castigo a quienes participaron del nazismo y de sus acciones contra la humanidad ha sido propinado con profusión a lo largo de más de seis décadas. 

Quizá nunca sea suficiente el señalar con intención de condena a una parábola política que, como aquella en la que estuvo envuelta Alemania entre 1933 y 1945, puso en ejercicio lo peor de la conciencia humana. Pero que el criticar a Israel por sus políticas de represión  como Estado y también por sus crímenes, genere de manera automática afinidad con el nazismo es demasiado.  Es por eso que el repudio y el rechazo a la condena que hizo el estado israelí, a través de Benjamin Netanyahu, ha cruzado el mundo, no sólo por el exceso sino también por la oportunidad y por lo que en verdad esconde.  

En primer término porque no es cierto que todo aquello que signifique una justificada desaprobación a los métodos que ejerce Israel en su entorno se puedan asimilar al antisemitismo y mucho menos puede considerarse una evocación a lo que se hizo desde el Estado alemán mientras estuvo sometido a la dictadura. La visión maniquea de Israel trata de ocultar que sus extralimitaciones no son disculpables como algo que es inevitable por la defensa de su integridad y vigencia tanto como país con derecho a la existencia y como nación que conforma a su pueblo y su entidad jurídica. 

No es de buen recibo y tampoco es aceptable que el hacer una mirada crítica sobre Israel y sus políticas para los palestinos, por ejemplo, signifique otra forma de coincidencia con ese fundamentalismo ario y religioso que alienta Irán. Si en verdad Israel se considera un Estado democrático, el “único de la región” como ellos mismos lo señalan, debería entender que la descalificación vertical a sus críticos dista de la pretensión de enfoque democrático con el cual el país judío se hace autorreferencia.  

La otra verdad de esos enfoques de Israel es que nada justifica que mientras el país de la estrella de David es una potencia nuclear en todo el sentido de la palabra pretenda que nadie en su cercanía lo sea porque es inevitable que los demás en el área, por esa misma razón, se sientan amenazados. Una cosa trae de manera inevitable la otra. El propio nacimiento del Estado de Israel fue tomado como una amenaza y esa huella tampoco se borra con nuevas amenazas de confrontación y aplastamiento militar sobre su área regional cercana. 

La necesidad palmaria de que el país israelí siga donde está y tal como las hegemonías resultantes de la Segunda Guerra Mundial lo determinaron, no significa que para ello se suponga legítimo ejercer coerción sobre los otros con una ofensiva bélica que puede terminar en guerra nuclear, tal como todos los síntomas de la inestable zona lo están anunciando. Es cierto que las circunstancias geopolíticas que rodean y rodearon siempre a los hebreos en su tierra ancestral jamás han sido las mejores, pero la medida de su propia supervivencia como Estado también estará dada por la razonabilidad hacia quienes, no siendo judíos, reconocen su sufrimiento como pueblo y sus derechos, sin que por esto tengan que ser solidarios sin medida con su racionalidad de rechazo a los diferentes que viven en su territorio o en los países vecinos y además cómplices de sus políticas de Estado y de sus formas de intolerancia.  

Las víctimas palestinas civiles de las décadas recientes por las retaliaciones a las diferentes formas de fundamentalismos que exigen la termocéfala desaparición del Estado de Israel, podrían aproximarse a los tres millones y medio de personas. Una cifra que por acumulación se va acercando a lo que se ha señalado fue el holocausto acaecido en Europa durante la última contienda universal. El silencio de Occidente, y podría decirse del mundo, frente a ese genocidio contemporáneo se aproxima, por lo ocurrido desde Sabra y Chatilla en adelante, a la tenebrosa saga de los campos de concentración europeos.  

En efecto,  ese mutismo no es demasiado diferente al que practicaron las potencias occidentales frente a la operación de extermino de gitanos y judíos, ocurrida antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Günter Grass es una de las solitarias voces que se alzan en el mundo para ejercer su derecho inalienable a la denuncia. Hoy son pocos, salvo los descalificables fundamentalistas, los que se atreven a señalar que ciertas líneas de acción de los diferentes gobiernos israelíes tienen pocas diferencias con las prácticas de sus recientes verdugos, condenados ahí, a la vuelta de la historia. Nadie puede decir que, por señalarlo, quien lo pone sobre la mesa  tiene nostalgias nacionalsocialistas (aresprensa).  

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La columna doxa expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES

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