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DESAPARECIDOS, MACABRO LEGADO

ACTUALIDAD  //  DOXA  //  Publicado el 29 de diciembre de 2019  //  19.30 horas, en Bogotá D.C.

Doxa *

DESAPARECIDOS, MACABRO LEGADO

 

Todos lo sabían y muchos de ese todo se hicieron los desentendidos durante años, pero allí en esas cruces emblemáticas de perdidos cementerios de pueblos y aldeas colombianas estaban enterrados una parte de los desaparecidos durante al menos dos décadas. Otros no han tenido siquiera esa cruz y el campo santo que simbolice el respeto a la honra y dignidad de los que murieron en oscuras circunstancias. La mayoría de ellos caídos durante los enfrentamientos producto de una pugna fratricida entre ciudadanos de un mismo país. Aunque también debe decirse, no pocos de ellos se supone que fueron ejecutados de manera artera por fuera de tales confrontaciones.

 

Al margen de lo anterior, pero adentro del mismo cuadro de terror, en los días previos a la Navidad de este 2019 que agoniza, se supo del final no menos espantoso de una pareja de ambientalistas, en las cercanías de la ciudad balnearia de Santa Marta. Poco después, en plena celebración de fiestas decembrinas, cuando se supone que todo llama a la reconciliación y temperanza en los ánimos, fue asesinado por la acción de un sicario, un líder campesino en el Huila. No han sido los únicos en estos días postreros de este 2019, que mezcla incertidumbres y esperanzas por igual. Está claro que los desaparecidos y muertos en el proceso de tormento colectivo de la década pasada, no forman una estadística similar a la construida por los crímenes donde aparecen los cuerpos de las víctimas, pero sí conforman las aristas de una categoría sombría: el desprecio irredimible por la vida. Un fenómeno constante y repetitivo en el cruce de violencias que afectan desde antaño a Colombia, hasta hoy y como se ve, sin solución a la vista. 

Dentro de ese marco y también y de manera casi simultánea en las últimas horas acaeció el asesinato de una lidereza social en el sur del país colombiano, también en oscuras y terribles circunstancias. Los jóvenes recién desposados muertos en el Caribe y la madre víctima de acción sicarial, quienes se suman a la interminable lista de asesinatos selectivos de Colombia -las que engrosan en los días recientes las de aquellos que desaparecieron y cuyas tumbas anónimas comenzaron a destaparse- son la evidencia de que continúa un estigma de larga duración en la historia del país cafetero no obstante los esfuerzos de pacificación y los constantes llamados a la solución de las pugnas en el marco de una elemental racionalidad que exige el respeto a la vida como único patrimonio sagrado en un presunto estado derecho y normalidad institucional que se reclama no solo desde la tribuna de la autoridades sino en especial desde los distintos sectores de la sociedad civil, que sigue poniendo de manera constante en las señaladas listas a sus víctimas

Fueron estas otras muertes fruto de una suerte de sociopatía colectiva favorable a la eliminación física de aquellos que eran victimas de formas de discriminación o elemental antipatía que no excluía las razones personales y de ocasión, las que aumentaron una cifra macabra, obvia en el marco de un supuesto “conflicto interno”. Sucedió en la Argentina, en Centroamérica y también en Colombia. También en otros estados de la región pero lo que ahora se muestra en este último país recuerda por su magnitud aquello que ocurrió en tierras australes. La apertura de las tumbas en una jurisdicción al norte de la ciudad de Medellín trae a la memoria siempre abierta y sensible las secuelas de la violencia interna y puso en vilo la sensación siempre presente de que esta ha sido permanente en el sentido de que no solo los irregulares que enfrentaron a la sociedad y a las fuerzas del estado cometieron atrocidades contra aquellos que consideraban sus enemigos: subversivos, filosubversivos y gente del común a veces desprevenida frente a la circunstancia de encontrarse en el sitio y en la hora equivocada cuando se cruzó con la muerte. 

Si se quiere es un hecho alentador de que haya una justicia especial para la paz como encargada de recibir los testimonios de quienes vistieron el uniforme de la legitimidad y que estos hayan dado la clave para abrir la caja de pandora de la barbarie desatada en la represión que pretendió hacer una cirugía pacificadora en una zona muy conflictuada y compleja. Eso ha sido por generaciones el noroeste de la principal ciudad del noroccidente colombiano, y en la década pasada se dirimió el control territorial sobre el sector donde las bandas armadas por momentos parecían en condiciones de desplazar la soberanía del Estado. El sector fue el epicentro de enfrentamientos urbanos, con presencia incluso de francotiradores y a veces con tiroteos y avance de las fuerzas legales para el desalojo casa por casa de quienes los enfrentaban. Pero ese no fue el tema para poder entender la razón de las tumbas clandestinas ahora reveladas y puestas en la primera escena, lo cierto es que hubo una represión clandestina y al margen de los enfrentamientos concretos y eso de las tumbas anónimas pareciera ser la evidencia. Un golpe grave para lo que se pretende es una historia de pundonor de quienes enfrentaron a los irregulares armados. 

El ejercicio en aquel tiempo y zona de lo que podría decirse fue remembranza de una “guerra argelina”, como una deriva de la confrontación directa y paralela sin miramientos de legalidad al que caía bajo la mira de la represión, trae de presente el luto de aquel tiempo. En efecto, durante la llamada guerra de liberación de Argelia para liquidar su condición colonial, el ejército francés, en particular sus paracaidistas, acudieron a la ayuda de fuerzas paralelas civiles, integradas por colonos franceses conocidos entonces como “pied noires”, para que hiciesen una cirugía extensa sobre la población civil a la que se consideraba auxiliadora de la esquiva guerrilla argelina. Era algo que no podía realizar de manera abierta la fuerza armada francesa en un tiempo en el que de producía la emergente doctrina de los derechos humanos. Esto es, fines de años 50 e inicios de los 60 del siglo pasado. Esa manera de enfrentar a contingentes que no respondían a un estado ni a la guerra regular generó una escuela que se reprodujo después en América Latina. Confrontar a los irregulares en dos frentes, uno legal y otro menos o para nada al amparo de la ley, produjo secuelas como estas que se ven en las aludidas tumbas. 

En América Latina y aparte de Colombia, fue en la Argentina donde se produjo el mayor ajuste de cuentas con la subversión armada y el manejo de la guerra asimétrica o de baja intensidad como se la ha llamado en términos técnicos. El deterioro social, institucional e histórico que dejó allí fue terrible. El país austral aún no se repone de ese holocausto en escala, y que generó en parte la llamada “grieta” que divide todavía a la sociedad argentina de manera al parecer inconciliable. Además, esa pugna hoy de resabio ideológico, trajo el atroz, intolerable e impresentable regreso al poder de Cristina Fernández y de los rufianes de evocación, herencia y nostalgia subversiva que la siguen y alientan. Algo para nada auspicioso no solo no solo en el marco de la tremenda crisis Argentina, sino además para el delicado contexto regional. Los desaparecidos de aquel país, algo más de 7 mil y no 30 mil como fogonea de manera recurrente la izquierda local e internacional, es un número suficiente como para escandalizar a cualquier sociedad que se pretenda democrática y orgullosa de exhibir un estado de derecho (aresprensa). 

EL EDITOR 

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* La columna Doxa fija la posición editorial de la agencia de prensa ARES         

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Actualizado: domingo 29 diciembre 2019 18:53
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