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DUTERTE EMPERADOR

ACTUALIDAD  //  PATRIMONIOS CULTURALES  //  LENGUA ESPAÑOLA EN FILIPINAS  //  Publicado el 22 de enero de 2020  //  17.00 horas, en Bogotá D.C.  //  06.00 horas del 22 de enero, en la República de Filipinas 

 

DUTERTE EMPERADOR

 

El presidente filipino redobla apuestas frente al repudio que recibe desde el plano internacional y resiste con mayores medidas represivas en el interior de su país, apoyado en la popularidad que rinde en las encuestas. Así pudo asegurar la gobernabilidad de su asediado mandato, que ya tiene el sol del tiempo a sus espaldas, con el triunfo en las urnas tanto legislativas como para gobernaciones realizadas a mediados del año anterior. Eso le permite ahora mayorías suficientes para imponer modificaciones constitucionales que ya han sido esbozadas en sus turbadores discursos y presentaciones públicas. Además, prepara una sucesión dinástica por la vía de su hija Sara (Inday) quien como lo fue él en el pasado y al inicio de su carrera política, es la actual alcaldesa de la ciudad de origen político de los Duterte: Davao, en la distante y sureña isla de Mindanao. El presidente filipino y sus tendencias autoritarias se parecen en algunos rasgos provocadores, desafiantes e impugnadores, a su colega  caribeño Nicolás Maduro, pero también lo separan varias condiciones.

 

Una de ellas es que ambos se encuentran en las antípodas ideológicas y que mientras el asiático goza del favor de la mayor parte de  sus compatriotas, el de Venezuela solo recibe repudio local e internacional. Otro parecido de Duterte con los de esta orilla del Pacífico, son sus rasgos físicos similares al desaparecido presidente de facto panameño Manuel Antonio Noriega. Las diferencias con el panameño, también de triste memoria, es que mientras el filipino combate el narcotrático con herramientas para nada ortodoxas, como la muerte extrajudicial declarada, el Noriega que todos conocieron se hundió en parte por sus vínculos con ese negocio criminal. Tal y como ahora parece repetir con las mismas el bigotón neogorila que resiste en Miraflores. El atributo transversal que une al del Istmo, quien ya se fue  del mundo con los que siguen aquí, es el interés de  mantenerse en el poder de manera indefinida. Un  detalle agregado para el mandamás de Manila es que resulta señalado como un gran manipulador de opiniones por la vía  de redes sociales.

Eso es algo que también relaciona a Duterte con otros grandes en ese campo equívoco, o al menos eso se sospecha. Se dice que el titular del palacio de Malacañán en la capital filipina, hace a través de terceros maniobras para fines censurables pero de difícil control y evidencia. De la misma manera como lo harían tanto Vladimir Putin, y el gobernante indio Narendra Modi, entre otros jefes de Estado. Dos de ellos señalados por realizar ejercicios de gobierno no siempre coincidentes con lo se supone es una disposición personal y de gobierno afines con los valores de la democracia. Entre estos últimos, el respeto a los  derechos humanos y a la opinión autónoma de  los ciudadanos. Ocurre que Duterte, entre las numerosas acusaciones que sus malquerientes y críticos de  manera permanente le disparan, está la de tener un nodo de  redes sociales que llevan adelante campañas de odio y noticias falsas contra los opositores, antesala para someter a estos al escarnio, y abrir el camino de los procedimientos judiciales que terminan con la libertad de las víctimas.

El presidente filipino es considerado uno de los pioneros en el uso de  tales venenosas estrategias de comunicación, pero su mano no aparece en tales acciones de  desestabilización, a la que se considera como una forma de terrorismo de Estado. Allí no terminan las actividades bizarras de Duterte, quien aumentó aquello que ya había ensayado lo hecho en su nativa Davao como alcalde, donde contribuyó a armar escuadrones de la muerte e hizo casi oficial la ejecución extrajudicial para combatir el delito. Aunque las cifras oficiales de muertos en calles y aldeas filipinas por su guerra contra el narcotráfico, se elevan a más de 7 mil en apenas tres años, las organizaciones de derechos humanos y observatorios internacionales las elevan a unos 30 mil desde el inicio de su gestión al frente del estado insular. Todo esto entre vituperios a la poderosa Iglesia Católica del país, que censura la conducta de Duterte, y mantiene los  desafíos verbales contra el pontífice de Roma y a todo aquel que se  interponga y impugne sus medidas de gobierno.

Admirador tanto de Vladimir Putin como de Donald Trump, el presidente de nombres y apellido españoles ha propuesto el cambio de nombre del país y deja así de relieve la hispanofobia de una parte de la clase dirigente insular, sea esta tradicional o emergente, como lo son en este último el caso los Duterte. Esta aprensión ante el universo hispano, que atraviesa sin restricciones el hacer, sentir y pensar de los filipinos de alcurnia, es tan afirmada como la evidencia de que la tienen metida en el alma una contradicción nunca resuelta. Fue el rechazo que les metieron en la médula los norteamericanos en su pretensión de vaciamiento cultural, iniciada desde la llegada de los buques de guerra estadounidenses en 1898 cuando derrotaron a la flota española del contraalmirante Patricio Montojo, en Cavite, cerca de Manila. Los invasores recién llegados le cambiaron la lengua oficial a Filipinas en apenas 45 años, pero no la manera de sentir y pensar. Una evidencia de ello es la afición de muchos filipinos por gobiernos de vocación autoritaria, como lo fue el de Ferdinando Marcos en la segunda mitad del siglo pasado, y  también lo fue el de Cristina Fernández  y lo es el  de Nicolás Maduro o ahora el del propio Duterte.

La emergencia de esta familia ligada con el poder, desplaza a una clase que aunque  cambien los pocos apellidos que la han dirigido desde su independencia en 1946, se han mantenido en alternancia. Los de siempre ha sido normal que provengan de Luzón, la mayor isla en el norte del archipiélago. Entre ellos los Marcos, los Aquino y los Macapagal, para nombrar solo a tres de estas familias tradicionales. El apellido Duterte  rompe esa tradición al llegar desde la otra gran isla del sur, Mindanao, con gran peso de población musulmana. Si bien los Duterte tienen origen cristiano, Rodrigo aparece como un iconoclasta al respecto. Hace dos años ordenó al ejército el aniquilamiento con éxito relativo de células del Isis, en Marawi, también en Mindanao. Al tiempo convocó a otras guerrillas del sur a plegarse al gobierno en el combate al riesgo del terrorismo irrestricto. Ahora cuenta con peso parlamentario, sin discusiones, como para adelantar los cambios de la Constitución, que necesita para asegurar sus propósitos. Son muchos los que por eso en las islas tiemblan más que antes (aresprensa). 

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VÍNCULO: FILIPINAS O "MAHARLIKA", BÁRBARO CAMBIO 
Actualizado: martes 21 enero 2020 16:23
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