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EL AÑO DEL FIN DEL MUNDO

Publicado el 05 de enero de 2012 / 14.15 horas, en Bogotá D.C.

EL AÑO DEL FIN DEL MUNDO* 

Se inicia este 2012 con presagios funestos que arrancan del fondo de la historia vigente y de las culturas que la precedieron. Aunque no es la civilización moderna el emblema de un pensamiento animista sino que por el contrario lo rechaza, no deja de causar asombro la manera como influyen las creencias de tipo milenarista en el ánimo y en el concierto de las previsiones, aun cuando esa impronta de la subjetividad se niegue en público. Los desastres naturales, las explosiones de los movimientos sociales y las amenazas al límite, la crisis económica mundial junto con la visibilidad inmediata de todo ese conjunto, aumentan la sensación de que es evidente que el mundo se encuentra en el preludio de acontecimientos sin retorno, generalizados y catastróficos. Deben ser pocos los que no esperan la llegada de diciembre de 2012 con al menos cierta aprensión. 

Al cumplirse un año de lo que de mala manera se llamó “primavera árabe”, vale recordar que ahí se abrió la página actual del anuncio de fin del mundo. Esto porque esa movilización limitada a los países de la orilla sur del Mediterráneo y el Oriente próximo no tenían y  no tienen aún un pronóstico definitivo sobre su evolución.  

Lo único que se sabe de ese proceso fragmentario es que una salida histórica del tipo que le gustaría a Occidente está muy lejana y quizá nunca se produzca. La conformación de arsenales nucleares y tecnología militar de largo alcance en esa zona, aumentan las tensiones que desbordan las áreas involucradas, al igual que lo hace la existencia de los mismos arsenales en el área del Océano Índico y sobre territorios donde el extremismo musulmán pretende afirmarse o recuperar espacios, después de la guerra abierta que le planteó Occidente hace diez años y de la que ahora pretende retirarse sin salir victorioso. 

El estallido de la crisis económica europea anunciada desde 2008 y entretejida con los problemas que en igual sentido llevan a cuestas los Estados Unidos a partir de ese año, junto con la contracción de los mercados asiáticos en la compra de commodities, ya no atraen tanto la atención de los especialistas como lo hace un viejo tema: el futuro del capitalismo. Aquel que señala que lo que se ve en el panorama inmediato es una crisis estructural de ese constructo económico-político moderno y la antesala -como siempre se dice- de su definitiva caída con lo que se pondría fin a las crisis permanentes –para alegría de nostálgicos y reaccionarios de todo tipo- y el retorno correspondiente de un mundo feliz e ingenuo, sin acumulación de plusvalía y de lo que Carlos Marx y sus herederos llaman hasta hoy “alienación del trabajo ajeno”.  

El despeñamiento de las esas reglas de juego, las del capitalismo moderno, es casi lo mismo que plantear el fin de la civilización tal como la conocemos. Eso en el marco de un término a la bonanza de compra de materias primas, como se indicó en el párrafo anterior, que ha beneficiado a la América Latina en el último lustro y cuya repercusión negativa por la merma está impactando a Brasil y a la Argentina, por ahora.  

Los desastres naturales y su repercusión en el campo tecnológico también se incrementaron desde hace un año. Los maremotos en Asia y su repercusión en las plantas nucleares japonesas también se han visto como un anuncio preliminar de una hecatombe sin precedentes. En este diciembre que acaba de pasar, un tifón sobre Filipinas provocó el mayor número de muertos de que se tenga allí noticias en las últimas décadas.  

No han sido éstos los únicos desastres de esa magnitud en tiempos recientes, también Chile se vio golpeado de una manera inusitada por un terremoto, en un país en el que no son extraños los grandes desastres telúricos.  Los cambios climáticos atribuidos a la deforestación y el calentamiento atmosférico atribuidos en la misma línea de pensamiento a la actividad industrial y a sus productos sucedáneos, entre ellos el automóvil y el consumo de combustibles fósiles, no hacen más que poner mayores cargas al “karma” del pronóstico negativo sobre lo que le espera al hombre en el porvenir cercano.  

Ese horizonte concreto que incrementa la inquietud se ve alimentado por la difusión de las creencias sobre el calendario maya y las teorías proféticas de Nostradamus, así como también en la existencia de probables teorías conspirativas en las cuales grupos de hombres elegidos tanto en el campo de la ciencia, como de la economía y de la política estarían tramando esos planes de corte definitivo con la esperanza humana. Serían grupos de “iluminados” por algún arquetipo extramundano e incluso metafísico, que desarrollan conjuras para precipitar ese anunciado fin del mundo.  Esos juegos de información han estado vigentes durante todo el año pasado.  

En ese clima, no debe olvidarse que la parábola política del nacional socialismo alemán y su carga de esoterismo mesiánico, alentaban la idea de que los judíos eran un pueblo de conspiradores y su objetivo definitivo era llevar al planeta a su destrucción debido a que esa comunidad, entonces siempre perseguida aunque poderosa, obedecía al mandato de un demiurgo cósmico cuya naturaleza era de una especie de antimateria. El cambio del equilibrio electromagnético de la Tierra y la previsión de tormentas solares cíclicas de gran magnitud para el período inmediato, además de las alineaciones particulares de la galaxia, hacen coincidir la visión lunática con la ocurrencia de fenómenos astronómicos excepcionales.  

Es ahí donde surge la verdadera inquietud de la prédica milenarista y de los presuntos culpables de los males que aquejan hoy a la humanidad. Ya en Chile el señalamiento a un ciudadano israelí por su presunta culpabilidad en el incendio forestal que devastó el área boscosa de la zona patagónica de Aysén, ha llevado a las asociaciones hebreas de ese país a poner en alerta sobre un dormido antisemitismo en la región. Esto, precisamente, porque tanto la Patagonia argentina como la chilena son una región sensible para el imaginario sudamericano, frente al sino histórico que concluyó en la existencia del estado de Israel.  

En ese plano es que sí se debe estar prevenido para que etapas negras como las que se sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial no vuelvan a ocurrir, para vergüenza de la humanidad. En lo demás, debe decirse con toda claridad: no es la primera vez que se anuncia el fin del mundo y, sin embargo, aquí estamos (aresprensa). 

EL EDITOR

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* La columna DOXA refleja la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES           

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