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EL NEOGORILISMO II

ACTUALIDAD  // Publicado el 13 de septiembre  de 2019  //  13.00 horas, en Bogotá D.C. 

 

EL NEOGORILISMO II

 

Para  retomar  el hilo de la primera columna sobre este tema, es bueno recordar que los gorilas de antes no son los mismos que hoy reinan en esta América de lenguas española y portuguesa. Tienen la misma naturaleza propia pero están en la orilla opuesta de sus añejos adversarios y no obstante el hecho de hacer daño en diferente tiempo nunca fueron diferentes unos de otros. Los de  ahora son aquellos que a mediados del siglo pasado dieron nacimiento a la imagen simiesca, al señalar la presumible infamia  de pensamiento y acciones  que encarnaron las dictaduras uniformadas. Aquellos señalados que en su época le dieron un carácter grotesco a la historia de América Latina, en la segunda mitad del siglo pasado, no puede hacer pasar por alto que para entones la figura del gorila ya estaba pergeñada por los reyezuelos previos, casi desde el nacimiento de los países de la región separados de las monarquías ibéricas. También es necesario reiterar la advertencia de que fueron los peronistas argentinos, en “resistencia” después de la caída de su líder en 1955, quienes acuñaron la metáfora zoológica para identificar a sus  enemigos quienes ejercían contra ellos una cruda  e ilegítima represión. Pero el epíteto excluyente al represor y conculcador de libertades, como ya se indicó, bien puede rastrearse sin timideces desde antes por el extenso patio que es América.

 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

 

Eso no excluye a Simón Bolívar, dado que él mismo trazó líneas claras para el estreno de las dictaduras que después florecieron en la zona, al tiempo que pretendió darles a estas un linaje institucional como reflejo pálido de las monarquías a las que pareció oponerse al principio de su aventura militar y política que tanto le redituó. Es bueno hacer evocación crítica de eso en la galanura celebratoria del llamado Bicentenario, que en la última década se ha recordado en buena parte del continente. Una mirada menos dogmática por parte de la izquierda criolla permitiría esbozar una figura menos épica del caudillo venezolano y facilitar la evidencia de eso: que él bien podría haber sido el primer gorila de América del sur. Esto sería coherente con la presencia previa de Hugo Chávez, la presente de Nicolás Maduro en el panorama, o de Daniel Ortega, quienes serían tres de los gorilas emblemáticos en situación y actualidad. Es por ello que resulta apropiado llamarlos nuevos o neogorilas.  Otros más modernos, como el brasileño Fernando Enrique Cardoso,  prefieren aludir a estos folclóricos y trágicos  personajes como retroprogresistas, pero esa es otra historia.

Fidel Castro usaba con frecuencia el animalesco calificativo descalificador en sus primeros tiempos de revolucionario fusilador, quizá siguiendo conversaciones de largo aliento con su  subordinado, Ernesto Guevara de la Serna a quien el legendario Antonio “Ñico” López, llamó “El Che”, y así le quedó el apodo para la posteridad. La descalificación señalaba a los militares de América Latina que oponían armas a los diferentes grupos guerrilleros que florecieron en el continente después de la temeraria y triunfante aventura cubana. Esos fueron los gorilas de la primera hora y Castro espetaba el calificativo de la misma manera y con la misma virulencia con  que señalaba como “gusanos” a la oposición cubana que se había ido de ese otro país tropical, por entonces y hasta ahora no bendecido sino abandonado por Dios. Esa polinización guevarista  del lenguaje era posible por los argentinos que llegaban a Cuba a entrenarse y a ver el milagro -así llamado por ellos mucho después, y en los pasillos habaneros en los que contaban chismes e historias- de  la afirmación política casi inconcebible de los barbudos, en lo que de manera coloquial aquellos románticos viajeros de la revolución iban con destino al punto, que en clave llamaban “la isla”.

Entre ellos estaba Jorge Ricardo Masetti, el periodista devenido en guerrillero que murió en 1964 como “Comandante Segundo”, sobre el norte argentino, frontera con Bolivia, como adelantado en inmolación previa a la del mismo Guevara. Aquellos  gorilas que afloraban interpelando a la institucionalidad -la misma que por “burguesa” rechazaban también los impugnadores ideológicos del sistema- reinaron en la región hasta los  años 80 y en esas variopintas dictaduras se ensayaron formas de represión que fueron propias de lo que después se definió como guerras asimétricas o de  baja intensidad. Confrontaciones que se perfilaron así cuando, luego, se pudo estudiar en perspectiva y teorizar al respecto sobre aquellas  pugnas armadas entre iguales de un mismo país, en los patios traseros de las hegemonías mundiales emergentes de la Segunda Guerra Mundial. Eso fueron aquellos gorilas primigenios de las administraciones uniformadas o cívico militares, que hicieron de su cerval anticomunismo el frente de choque para desconfiar y desestimar el ejercicio de la democracia liberal.

Una democracia instaurada a empujones y dentro del marco de convulsiones que cubrieron todo el siglo XIX y parte del siglo XX de esta América mestiza, cuyos impugnadores de oficio castrense tenían un velo que era propio y también de sus contrincantes. En efecto, no advertían el gorilismo larvado o explícito de sus rivales, el cual no era otra cosa que la misma vocación totalitaria, de retroceso político y de vulneración sistemática tanto de las libertades como, a secas,  de los derechos de las personas. Ese velo también tapaba la profunda vocación de criminalidad y desprecio por el diferente, el que piensa a veces en contravía, que tenian los rivales ideológicos de  los militares empoderados de institucionalidad. Debe recordarse que el comunismo francés calló de manera cómplice el pacto soviético con los alemanes y, si alguien disentía en las filas propias, el Partido no tenía problema alguno en eliminarlo. Así como hicieron antes de la  gran guerra con León Trotsky y luego con el intelectual francés Paul-Yves Nizan. Este fue uno de los asesinados por sus propios camaradas al denunciar de manera pública el ominoso pacto entre Hitler y Stalin. Así siguieron y hasta hoy siguen profundizando su gorilismo con desparpajo y sin siquiera cuidar las formas.

Ya Michelle Bachelet, como vocera de las Naciones Unidas, ha denunciado a Nicolás Maduro y a su banda por el asesinato mediante ejecuciones extrajudiciales de unos seis mil venezolanos. Un verdadero crimen contra la humanidad, un holocausto a escala que callan de manera oprobiosa -como ocurrió con NIzan- o señalan a medias las izquierdas del continente. Desde la Argentina de Hebe de Bonafini y Cristina Fernández, hasta la Colombia de don Gustavo Petro. Este último con su séquito de progresistas y humanos, alguno de ellos maltratador de mujeres. ¿Progresistas?, la señora Bonafini dijo suelta de cuerpo alguna vez que las Farc jamás habían torturado a alguien. El candidato Alberto Fernandez expresa ahora en Buenos Aires que Venezuela no es una dictadura. El cinismo a toda prueba de los neogorilas solo tiene vista aguda para la paja en el ojo de enfrente. Eso y la costumbre inveterada de echarle a ese otro la culpa de la miseria propia. Sea este culpable presunto, tanto el imperialismo como las oligarquías locales entre muchos, además de las mafias de enfrente, no las propias. La costumbre irrevocable de los nuevos gorilas es victimizarse,  siempre y en el mismo momento en que convierten al diferente en víctima concreta, o simbólica por estigmatización (aresprensa). 

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VÍNCULOS: EL NEOGORILISMO  //  MACRI, LA CATÁSTROFE  //  EL PEOR BOLÍVAR  //  G20, LO QUE DEJÓ LA CUMBRE          
Actualizado: viernes 13 septiembre 2019 13:35
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