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EVO I, EL REYEZUELO

ACTUALIDAD  //  Publicado el 27 de octubre de 2019  //  15.45 horas, en Bogotá D.C.

 

EVO I, EL  REYEZUELO

 

La presencia de Evo Morales molesta a muchos desde hace mucho. No necesariamente por razones de exclusión étnica, de por sí repugnantes, sino por la sospecha avanzada de que él no es demasiado diferente a algunos de sus vecinos que aprovechan las oportunidades y bondades de la democracia para encaramarse en la conducción de sus países y violentar luego las reglas de juego institucionales y la voluntad soberana de sus pueblos. Ello no obstante que a diferencia de sus vecinos bolivarianos no hace demasiado ruido en contra de la democracia capitalista a la que él no le saca el cuerpo, aunque en la retórica sí muestra que eso de lo contestatario lo impregna desde siempre.

 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

 

Desde siempre y bien lo equipara con aquellos que comparan con el demonio a las democracias occidentales y el éxito personal. Esos que impugnan aquellos valores propios de los países desarrollados porque suponen que un orden socialista es el nicho de mejores esperanzas para el género y sería el nuevo orden de futuro, porque así lo pensó Carlos Marx, el ortodoxo. Eso a contrapelo de que el pensador alemán dijo en su obra principal que hasta el momento en que la escribió, la única clase revolucionaria que había existido era la burguesía. Así, de su puño y letra, aun cuando eso es algo que los marxistas criollos ignoran porque la mayoría de ellos jamás leyó a Marx, aunque lo invoquen de manera recurrente y tan religiosa  como dogmática. De la misma manera como desconocen que en otro de sus trabajos menos conocido -el “Discurso sobre el Libre Cambio”- apunta que todo aquello que se oponga a la expansión del capital es “atraso”.  

Él, Evo el poco divino y en el remoto altiplano, demuestra que no le molesta la presencia de Maduro ni el señalamiento de una suerte de genocidio contra sus opositores, tal como lo ha señalado la representante Michelle Bachelet, en nombre de las Naciones Unidas, la misma entidad que, luego,  diera un bandazo a contrapelo de lo evidente. Evo está obstinado en convertir a su curioso estado plurinacional en una autocracia donde es él un socialista iluminado por el sol más fuerte que pega sobre la altura de La Paz, donde perpetra sus “evadas”. Acaba de dar un paso más en esa dirección. Ese sol, Inti para los quechuas, lo tiene ahora como ungido para el mayor brillo, pues ha logrado ser elegido por un cuarto periodo consecutivo. Es así, y por el toque autorreferido, una especie de monarca sudamericano, como lo hubiese soñado el fundador de ese estado sacado del morrión armado, Simón Bolívar, en la  intención lograda  junto con Sucre, de separar el territorio altoperuano de las órbitas del Perú y la Argentina.

Lo hicieron con bayoneta sobre la espalda, a 10 leguas de distancia, de los altoperuanos que decidieron crear un remedo de país. Aquel caudillo afortunado de la guerra de Indepedencia, lo precipitó para que esos dos nuevos estados competidores -¿competidores?- no rivalizaran con la Gran Colombia al contar aquellas naciones nacientes, quizá futuros contradictores de su gloria, con un territorio estratégico como  lo era el Altoperú de aquel tiempo. Así dejó eso llamado después Bolivia, como una suerte de reino bananero, porque comienza a dejar de ser una república, si alguna vez lo fue. Así es que don Evo I reinaría por casi dos décadas, dado que el nuevo periodo constitucional vencerá en 2026 y es probable que para ese momento ya piense en el heredero de la novel dinastía, con pretendido ancestro indígena. Nada más regio para aquello que soñó don Simón, con órganos constitucionales y poder presidencial vitalicios, claro está, controlados por ese soberano de papel que pareciera hoy ser el mismo Evo.

Es probable que también a eso se refiriese Diosdado Cabello desde Caracas cuando dijo que se sentían “brisas bolivarianas” en el continente. Eso es así y de tal manera si se observa que en Nicaragua ya hay un sátrapa y en Venezuela reina una reencarnación del rey de los hunos, como conductor de la miseria humana y material construida en dos décadas largas,que es súbdita del tirano empoderado. El señor Nicolás Maduro es el otro monarca conductor porque pasó desde el volante de un bus de transporte público al timón descascarado del Palacio de Miraflores. Fue ungido por el dedo de Hugo Chávez antes de ser pajarito y, en vida, alcanzaba a ser el otro iluminado que señalaba el azufre de los demonios que odiaba, en las sesiones de las Naciones Unidas, mientras un rey de verdad -un Borbón para más datos- lo mandaba a callar en Bariloche, allá por el 2007. Vale entonces señalar que se inicia un nuevo ciclo de reyecías en el continente que apostó desde su independencia de los soberanos españoles a las repúblicas en el aire, aunque con mayor frecuencia como ahora, en el subsuelo de la historia.

Eso sin importar que este nuevo reino se encuentre por debajo de la superficie no obstante existir ahora en el altiplano. Allá, por debajo de lo que el mundo civilizado entiende como democracia que, entre otros principios, establece el balance y la alternancia del poder. Don Evo I burló la decisión del llamado a referendo hecha a su pueblo, que determinó que no quería más mandatos evistas ad eternum. El rey autorreferido -en parte por las urnas y en parte por él mismo- en esto último, tal como lo hiciera alguna vez Napoleón, haciendo salvedad de  tiempos y desmesura,  adujo para volver a presentarse que se violaban sus “derechos humanos” y así burló, él burló y violó, el criterio de su pueblo en pulso de democracia y juego limpio. Una manera curiosa y reiterada de entender la realidad, que es propia de las izquierdas del continente y similar a como lo hizo un cercano: Juan Manuel Santos. Este último cuando desconoció con manipulación política el mensaje de los colombianos, también en consulta plebiscitaria, al señalarle que no aceptaban un acuerdo de dejación de armas tal como lo había hecho con la organización armada ilegal conocida como Farc.

Al finalizar la elección del domingo pasado y antes de que de manera arbitraria y más que sospechosa se suspendiera la información del conteo de votos, todo señalaba una tendencia estadística irreversible: un 84 por ciento del total sufragado, que obligaba a un segundo pulso electoral para salir de dudas. Pero no, de manera menos sorpresiva que la sospecha previa, al final y  a la manera del realismo mágico de las monarquías bananeras, resultó victorioso el nuevo reyezuelo por otros seis años de mandato. Ya se sabe que cualquiera que sea el nivel de repudio local e internacional nada hará variar la voluntad de los autócratas latinoamericanos y de sus compinches propios y próximos. Una lástima, porque don Evo I en trance de eternizarse lo había hecho bastante bien combinando los denuestos contra quienes no piensa como él, y “ellos”, haciendo discursos sobre el contagio del homosexualismo por la ingesta de aves inyectadas por hormonas y uno que otro dislate agregado. Tanto que su país inventado ha sido en los últimos años uno de la región con mejor índice de crecimiento y con reducción notable de los índices de exclusión y pobreza. Pero de ahí al reinado sin belleza hay un trecho largo que Evo I saltó para su propia condena histórica (aresprensa).   

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Actualizado: domingo 27 octubre 2019 16:18
bolivia evo morales

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