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INTELIGENCIA Y DESINTELIGENCIAS

ACTUALIDAD  //  LA TERCERA OREJA  //  Publicado el 17 de enero de 2020  //  15.45 horas, en Bogotá D.C.

La Tercera oreja

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No es posible saber aún los resultados de la gestión del general colombiano Eduardo Enrique Zapateiro, nuevo comandante del Ejército en ese país. Lo que sí es seguro, es que se encuentra en condiciones de partida superiores para mejorar la dotación de calzado de la tropa a su cargo.

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INTELIGENCIA Y DESINTELIGENCIAS

 

El nuevo escándalo sobre los procesos y control de las operaciones de inteligencia en Colombia suma otro capítulo sobre un tema para nada nuevo, con fenómenos que se repiten no solo en el país cafetero, también en la región y en el mundo. Más aun en  tiempos  convulsionados como los vigentes en las últimas décadas. Las preguntas sobre lo que está ocurriendo con la actividad de los espías no solo conmueven a las instituciones armadas y políticas así como a las de la administración central. Alcanzan también al ámbito jurídico y, aunque parezca desfasado, a la reflexión filosófica. Porque si bien dentro del estado de derecho es necesario ajustar lo misional de la inteligencia al marco del límite de la ley y lo que señala la constitución del país -cualquier país- lo que podría ser el exceso en la labor de indagar sobre la vida y las intenciones de los otros, tal premisa va a veces en contravía con la normalidad y salud institucional e incluso contra la propia institución de la inteligencia y de las superestructuras que, se supone, deben controlarla. En primer término porque nada es tan cierto como que esa labor que puede y debe asegurar la vigencia de la estabilidad social no tiene amigos y que dentro de esa certeza cualquiera podría ser un enemigo  y en potencia para esa labor, lo es.

 

El Estado debe asegurar su supervivencia y para ello debe meterse en los secretos de quienes pueden poner en riesgo su propia seguridad y la de la sociedad en general. Es por eso que la llamada actividad de inteligencia no puede tener amigos, ni siquiera la confianza a destajo con su entorno. Es también por eso que existe la contrainteligencia, aquella que pretende saber incluso de los eventuales desvíos de su propia inteligencia. Uno de los elementos que hacen posible a un Estado es  precisamente la eficiencia de sus dispositivos de anticipación de los peligros que  la acechan, estos se encuentran en organismos civiles vinculados con tal dinámica y los obvios que corresponden a los cuerpos armados y de seguridad. Si estos aparatos fallan eso es el síntoma de que algo funciona  mal en la  composición general de la sociedad a la que pertenecen y a la que tienen el deber de alertar sobre los peligros que afronta en su seguridad y existencia. Es por eso que el deterioro o alteración de la exigencia misional se paga caro.

Sin duda, entonces, las fallas o excesos al respecto son una radiografía de la institucionalidad en general. Es por eso que la inteligencia no puede ser una rueda suelta dentro de la referida institucionalidad, si esta pretende seguir siendo creíble y viable. En el siglo XIX se llamaba “guerra de zapa” a la prehistoria de lo que es hoy la moderna inteligencia, ahora con sus herramientas tecnológicas imprescindibles para el desarrollo eficiente y eficaz de su actividad. Se trataba en aquellos tiempos de conocer con  suficiente antelación las intenciones del enemigo, para así no adivinar sino determinar sus movimientos futuros, con información a la mano como para trazar estrategias de engaño destinadas a confundirlo y sorprenderlo, asegurando con ello la victoria. De ese término, la zapa, surgieron cuerpos armados para labores diferentes a las específicas, tanto de demolición física como de construcción de obras civiles. Fueron los cuerpos de “zapadores”, que precedieron a la actual arma de ingenieros. Vale el antecedente para señalar que esa tarea que se considera insumo básico de las estrategias del Estado y de la guerra, no es nueva sino que carga una tradición no menor a la de la misma milicia.

Pero esto no tiene por qué ser comprendido por la civilidad de un simple vistazo o por golpe de opinión, entre otras cosas porque también es de  naturaleza de la inteligencia el necesario sigilo para asegurar el éxito de sus planes y programas, los cuales deberían ser siempre en defensa del país y de los ciudadanos y no reducidos a las contingencias de la política en su menor nombradía ni a las apetencias personales o de grupos. Pero esto no siempre se cumple así, en particular en sociedades con administraciones débiles o timoratas, y mucho menos cuando la gobernabilidad posible está  orientada por ciudadanos que incumplen sus compromisos con el bien común. Los estados latinoamericanos están ordenados en lo jurídico por una concepción positiva y racionalista, con valores ligados o cercanos, en el orden de ético-moral,  a la visión de  mentalidad moderna que esbozó Emanuel Kant en su sistema filosófico.

En cambio los sistemas de inteligencia obedecen en su sustancia y tradiciones, si así se pudiese decir,  a una visión pragmática que ata sus objetivos con el éxito posible y ese es su mandato de valores, lo cual en abstracción debería ser inferencial al conjunto axiológico por el cual se regula el ordenamiento jurídico superior. Pero un abismo puede separar a ambas sumas de principios si el Estado es débil o no hay credibilidad en el sistema como conjunto que debería funcionar sin contradicciones internas, o que al menos estuviese en condiciones de asimilarlas. En ese cuadro, la moral social que regularía los altos intereses del Estado son permanentes e imperativos, en tanto que son contingentes los valores que conjugan a la visión pragmática, sustantiva de la inteligencia. No hay aquí una doble moral para el último ámbito, solo sucede que el valor de lo ético en la pragmática está amarrado al buen suceso de su trabajo. Es  un esquema sencillo de  comprensión aunque de difícil aceptación porque ambas escalas suelen ser contradictorias, cuando en lo político las papas queman.

El choque entre ambas lógicas deja de presente una zona gris que traumatiza a la inteligencia en su accionar necesario y suficiente y también afecta a quienes se debe por requisitos de ley. Una de ellas, la lineal imperativa y se supone que permanente del Estado, plantea la dialéctica entre lo que es y el deber  ser con tercero excluido: no es posible que las cosas sean y no sean al mismo tiempo. La otra lógica puede operar con tercero incluido, esto es: con lógicas complementarias. No debe sorprender el fundamentar los procesos agregados de la inteligencia con este otro esquema de comprensión que surge a partir de las realidades no lineales que son afines con los planteamientos de la física cuántica. La zona gris que hoy aparece protuberante en  la realidad colombiana podría resolverse con la misma lógica con  la cual Kant le dio salida a la contradicción de siglos entre la escuela racionalista y la inductiva: el pensamiento constructivo. El mismo que podría articular a las dos corrientes y ayudó al pensador alemán a salir del “sueño dogmático”, según él mismo lo puntualizo en su tiempo.          

La inteligencia tiene por misión básica indagar con un paso adelante y reserva sobre los riesgos que puedan deteriorar o disolver las normales dinámicas sociales y la tranquilidad general. Por esto debe anticipar, informar a quien corresponde y prevenir. En esa tarea de prevención aparecen las llamadas “operaciones especiales” y las mal llamadas para estos casos “fuerzas de tareas”, tal como sucedió en la historia argentina reciente, por ejemplo. Pero en el país austral el operar de esas fuerzas de acción encubierta contra el adversario ilegal armado, terminaron vulnerando al propio Estado que debían defender y a la sociedad a la que se debían por juramento y determinación misional. En este ejemplo, cuando las unidades de inteligencia se volvieron “ruedas sueltas”, terminaron afectando a las instituciones castrenses en su credibilidad y produciendo un derrumbe concreto de las mismas, proceso ayudado por un sector disolvente en lo político, triunfador en justas democráticas pero enemigo de las fuerzas armadas y de seguridad. Colombia debería evitar que esto ocurra en su escenario por el simple mandato del aludido bien común (aresprensa).

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Actualizado: viernes 17 enero 2020 17:27
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