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MARCHAS SUBVERSIVAS II

ACTUALIDAD  //  LA  TERCERA OREJA  //  Publicado en noviembre 23 de 2019  //  16.00 horas, en Bogotá D.C.

 

MARCHAS SUBVERSIVAS II

 

Era sabido en Colombia y todo lo anunciaba, que el plan de intención desestablizadora continuaría con el paro general del pasado 21 de noviembre. La aprensión previa e incluso el temor en la ciudadanía eran generalizados. Las conversaciones de café, pasillos, oficinas y hogares tenían ese tema como referencia obligada. Desde esa perspectiva, los promotores de tal movilización ya habían logrado su objetivo: alterar aun más el ánimo de la ciudadanía y ampliar la sensación de inseguridad. Un sensoriun ya vigente aunque larvado en amplios segmentos de la población. Sobre sobre todo después de la sumatoria de asesinatos de líderes sociales, excombatientes de las hoy desarmadas Farc y las críticas tan oportunistas como sesgadas al accionar letal de las fuerzas armadas contra los grupos terroristas, entre otras manifestaciones similares. Una percepción agregada es la de que el gobierno aparece débil como para controlar no solo a quienes ejercen inclemente oposición sino además a quienes son parte de sus filas y eso incluye a algunos de sus propios funcionarios. En ese cuadro de situación, lo que en principio seria una marcha más de tantas que se hicieron a lo largo del año derivó en un paro general. Los estudiantes, quienes fueron el motor de las reiteradas manifestaciones callejeras que terminaron de manera invariable en graves desmanes, vieron de manera impasible que los sindicalistas se colgaban con el encargo del paro y así se precipitó una situación que ya no tuvo reversa.

 

Pero no todos los sindicalistas estaban de acuerdo de manera plena con la posibilidad del paro. Al menos dos de las federaciones sindicales estaban enfrentadas a los frentes radicales de sus pares. Las corrientes moderadas de estas asociaciones de trabajadores trataron de evitar el ser arrastrados por la vocación conspirativa de los otros. Eso no fue posible. Incluso y no obstante la oposición interna de estos últimos, igual aparecieron suscribiendo la convocatoria al cese de labores y la movilización, sin autorización al respecto de parte de los que fueron arrastrados al vértigo impugnador. Fuentes de todo crédito dentro de estas organizaciones le describieron a Ares las condiciones previas y las derivaciones de la pugna interna de aquellas fuerzas, tamizada por la tensión ideológica. El hecho de que una de las dos grandes entidades nacionales de trabajadores no hubiese querido acordar con su firma un límite a la posibilidad de que los actos vandálicos se produjeran, ya generaba una alerta de lo que podría suceder y que en efecto aconteció. 

Al caer la tarde del segundo día de desmanes el presidente de una de las dos grandes centrales obreras reiteró de forma pública su señalamiento al ex candidato presidencial Gustavo Petro como uno de los responsables de lo que por debajo de superficie alimentaba las fuentes de la ola terrorista que arrinconaba y atenazaba a la ciudadanía por vía del miedo. La grave acusación se esperaba y sospechaba pues era evidente que los saqueos y los focos de vandalismo aparecían claramente coordinados y nada llevaba a suponer que era la elemental inconformidad lo que motivaba el vandalismo y el terror. Pero si así hubiese sido no podría señalarse únicamente a Petro y a sus seguidores como carboneros de la ola de saqueo y destrucción. Hay otros personajes de la vida nacional que habrían estado en ese plan, algunos legisladores entre ellos, incluso los de coyuntura oportuna como suele ser la actitud del senador Roy Barreras. La pretensión era mantener el estado de agitación y la opción vandálica sobre bienes públicos y privados para producir un desborde similar a los acontecidos en tiempos cercanos, tanto Chile como en Ecuador. 

Al respecto sirve precisar que si bien el inicio y el desarrollo de las marchas cuyos puntos de concentración abarcaron las principales ciudades y varias localidades intermedias de la geografía colombiana fue en calma, la culminación de estas siguió el patrón de todas la anteriores: un final de caos y violencia delictiva, en algunos casos con máscara de discurso ideológico y en otros casos como delincuencia a secas. Debe hacerse claridad sobre el punto: cuando estalla el cuadro señalado dentro del patrón, es difícil determinar aquello que es delincuencia sin predicados y lo que es delincuencia subversiva. Ambas se entroncan con idéntica naturaleza, saña y consecuencias. Vale también poner de relieve que no hubo muertos o lesionados de consideración entre vándalos y saqueadores, salvo algún caso aislado pero monitoreado al infinito, aunque sí hubo lesionados y muertos* entre los servidores públicos que cumplieron su deber de tratar de poner contención a la turba lesionante de bienes e institucionalidad. 

La necesidad de imponer el toque de queda, en el primer día de alteración del orden público en Cali y en otros puntos del territorio, debió extenderse después a la misma capital del país, en la segunda jornada caótica de variadas manifestaciones pugnaces. Algunas de ellas limitadas al ingenuo y festivo cacerolazo, otras acciones para nada ingenuas se sucedieron, como la intención de irrupción en residencias familiares. Todo esto en sumatoria con el ataque devastador a las estaciones de transporte masivo, a los móviles de esas líneas y también a los centros comerciales. Un detalle curioso de la secuencia histórica que se repite ahora en Colombia es aquello de golpear utensilios de cocina para expresar inconformidad. Sería bueno recordar que esa manera doméstica de manifestar protesta se inició en Chile a inicios de la década del 70, en contra del presidente Salvador Allende y su gobierno de izquierdas. Se hizo en contra de las limitaciones que impuso en aquella época la profunda crisis económica y social que envolvió a Chile durante la administración de la Unidad Popular.   

Quienes iniciaron esa forma “blanda” de protesta, según los afectados de aquellas evocaciones que se traen a la memoria, fueron los odiados “momios”. Sectores sociales calificados así por los partidarios del presidente socialista, para identificarlos como retrógrados y opuestos al cambio. Aquella crisis y la escasez derivada de alimentos y elementos de consumo básico, no es demasiado diferente salvo por lo profunda, a la degradación social e institucional que ahora envuelve en apariencia sin retorno a la sociedad venezolana. Los actores de los cacerolazos chilenos eran los vecinos que habitaban los llamados “barrios altos” de Santiago y de otras ciudades (Vitacura, las Condes y Ñuñoa, entre otros barrios), donde habitaban, y aún lo hacen, las clases medias altas y altas de aquella sociedad austral. Es curioso el giro diametral de la historia porque ahora se asedia con golpes de olla a un gobierno que nada tiene que ver con los históricos contestatarios de ayer sino todo lo contrario (aresprensa). 

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Actualizado: sábado 23 noviembre 2019 15:27
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