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NEGOCIOS: MÚSCULO DE ESE NOBEL DE PAZ

Publicado el 16 de octubre de 2016 / 19.50 horas, en Bogotá D.C.

NEGOCIOS: MÚSCULO DE ESE NOBEL DE PAZ *

El premio que se entregará Santos en diciembre será un Nobel de paz rodeado por la controversia, como lo han sido muchos de ellos a lo largo de su historia, pero este lo es quizá más que varios de los recientes. El orondo ganador lo sabe, porque no es ni santo ni tonto. Debe decirse como conclusión inmediata que lo que se precipitó en Oslo la semana pasada aparece como una contraofensiva de cierta izquierda local y mundial, poco o nada democrática, fortalecida por la eventual intervención de intereses económicos estratégicos, contra la decisión soberana de los colombianos de revertir lo hecho por el presidente y su grupo en las negociaciones de La Habana. Un pulso que quedó en un complejo e irreversible limbo jurídico y político por el voto popular, que le puso una suerte de “parate” al que parecía irrefrenable impulso de la propuesta unidireccional del gobierno. El jefe de Estado supuso de manera alegre y apresurada que su apuesta estratégica sepultaría cualquier diferencia a su “paquete” e intención de facilitar sin mediaciones el ingreso a la civilidad de la principal organización ilegal en armas colombiana. Es por eso bueno pensar que el verdadero ganador de este galardón es el sufrido pueblo, y no la persona que lo recibirá con el empuje que dieron sus amigos de circunstancia al cuestionado premioNo debe olvidarse que es Noruega uno de los principales aguantaderos de la subversión colombiana en Europaaunque no el único.

Nadie sabe cómo influirá este Nobel -que cayó como una granada activada en la sala donde se reunían por primera vez en 4 años tanto negociadores del Estado como de la oposición- para dar un nuevo giro propositivo a lo negociado en La Habana. Así está un negocio que se suponía ya cerrado y sellado hasta la tarde del domingo 2 de octubre.  Suele suceder con demasiada frecuencia que el voto soberano está más teñido de emotividad por parte de la gente que vota en contra, que de una racionalidad y análisis previo antes de la decisión definitiva. Es probable que este haya sido el caso en la opción de los colombianos ante el proceso de paz con las Farc, pero eso es la democracia y no la idealización también necesaria que se hace de ella. En la modernidad es esa democracia un camino lleno de riesgos y también el único posible.  Los colombianos votaron contra Santos con molestia, irritación y en contra de la manera como se llevó adelante bajo su conducción el proceso. Pero no contra la paz como insisten en repetir sus cercanos después del veredicto, insistiendo en los yerros de desprecio a la opinión que ayudaron a abrir la puerta al resultado inesperado.

Vale recordar ahora las razones del prestigio dudoso que acumuló este premio de paz en lo extenso de su largo centenario. Hubo en los años 30 del siglo pasado nominaciones en esa dirección para José Stalin, Adolfo Hitler y Benito Mussolini. En esa misma década lo ganó el argentino Carlos Saavedra Lamas por su intervención en el conflicto que se conoció como Guerra del Chaco. Al otorgarse por primera vez a ese latinoamericano, en 1936, el hecho recibió contraposición de los altoperuanos que consideraron a Saavedra Lamas demasiado inclinado a los intereses del otro confrontante: Paraguay. Desde ese momento hasta hoy los argentinos sumaron cinco premios Nobel, entre ellos otro de paz. El último fue en los años 80 a Adolfo Pérez Esquivel, quien también hasta estos días debió soportar críticas a sus méritos concretos. Es indudable que este otro rioplatense es un defensor vertical de los derechos humanos, pero la sombra de estar demasiado inclinado hacia los intereses de los subversivos y a su sed de venganza infinita, tanto en su país como en el continente, pusieron paréntesis a las razones del lauro ganado.

Toda la apuesta presidencial colombiana siempre apareció dirigida a Oslo y por momentos el esfuerzo tuvo mucho de bizarro y patético, con una puesta en escena en la que lo denotado señalaba que no importaban los medios para alcanzar los fines. Noruega apareció como soporte constante de las conversaciones desde el inicio. Mejor incluso: fue escenario indiscutido del inicio, y protagonista innegable tanto de los preámbulos discretos como del continuo. Ya se sabe que no fue un interés mutuo de simple altruismo “por la paz”, ni de uno ni de otro, aunque sí hubo intereses fuertes en juego: el político, el petrolero como negocio grueso y también el del rasero personal a secas, sumado al de la subversión que anida en la península escandinava y recibe dividendos cercanos más al “socialismo burgués” de tipo nórdico, que al revolucionario a secas tal como se entiende ese imaginario en América Latina.  El pastiche de motivaciones que tantos réditos puede dar aquí a unos y también a los de enfrente no puede ahora sorprender: ¿acaso no fue un premio Nobel noruego ** quien se declaró alguna vez militante del nacional socialismo alemán y dio la bienvenida intelectual a las tropas invasoras de la Wehrmachten la Segunda Guerra Mundial?

Tampoco debe sorprender que el premio deteriorado en su prestigio incluya en sus procesos a “golpecitos de estado”, como el que hizo víctima al anterior presidente del comité de premiación, Thorbjørn Jagland, el año pasado. Todo señala que la defenestración del funcionario del alto cargo tuvo -vaya sorpresa- motivaciones políticas y económicas.  Se señalaba a Jagland como un operador de mayor ruina al desprestigiado premio, al otorgárselo a Barack Obama en el 2009, mientras los Estados Unidos mantenían su ofensiva en Irak y Afganistán. Peor aun: se lo atacó de manera acerba en Noruega por haber arruinado los negocios de ese país con China al haberle concedido en Nobel de Paz a Liu Xiobo, en 2010. Quien lo reemplazó fue la experta en el tema petrolero Kaci Kullman Five ***, la misma que anunció en este octubre la buena nueva a Santos. De tal manera que no puede sorprender que el otorgamiento de ese Nobel tenga una fuerte carga de dudas sobre su transparencia presente y pasada, vista la forma como se mezclan los negocios, las intrigas y la baja política en la sospechosa dinámica que termina con el otorgamiento de la distinción. La concesión de jugosas zonas de hidrocarburos sobre el mar Caribe, en 2014, a la estatal noruega Statoil ****, el peso del país escandinavo en el proceso habanero, el fogoneo subversivo desde la guarida de Oslo y una oriental mise-en-scène de merchandising en Cartagena -a dos días del plebiscito y a una semana de la concesión del Premio- cierran el cuadro de un buen negocio con acceso a un Nobel.

Esto no garantiza ni la urgencia reclamada por la renegociación y el cierre del acuerdo con la dirigencia de la subversión estacionada en la capital cubana, como tampoco la gobernabilidad del país en caso de que las cosas tomen un rumbo tan imprevisto como no deseado. La pérdida de la paciencia de alguna de las partes comprometida ante el cuadro de situación heterodoxo que dejó como resultado la definición plebiscitaria, podría llevar a caminos peligrosos. El desconocimiento antidemocrático al fallo de las urnas, podría así derivar en una suerte de híbrido autogolpe de Estado, como lo plantean el expresidente Ernesto Samper y no pocos obsecuentes políticos y funcionarios menesterosos del Ejecutivo colombiano. Algo que al tiempo también impulsa la misma subversión con voceros como Álvaro Leyva y Enrique Santiago, ambos a la cabeza del exabrupto. Sería la manera retrógrada de salir del embrollo: patear el tablero. Algunos, en la cercanía inmediata del ámbito oficial, se sienten tentados a hacerlo y no lo niegan. No debe olvidarse que el presidente Santos no tenía obligación de convocar al plebiscito, como sí tiene ahora la obligación de darle cumplimiento. Tampoco debe olvidarse que alguna vez y ante la forma de plantear la pregunta plebiscitaria, el primer mandatario indicó que él como presidente y al respecto podía hacer lo que “le venga en gana”. Por eso lo mejor es imaginar que el premio es del pueblo colombiano y no de un hombre. Eso también podría devolverle, al menos en parte, el extraviado prestigio a este Nobel de Paz (aresprensa).

EL EDITOR

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* La columna Doxa fija la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES.

** Se trata de Knut Hamson, premio Nobel de Literatura 1920.

*** Kaci Kullman Five, en su condición de ministra de estado -a cargo de la cartera de Comercio y Tráfico Marítimo- la actual presidenta del comité que otorga el Nobel de Paz formó parte de las directivas como integrante del consejo de administración de Statoil, entre 2003 y 2007. La funcionaria es considerada una de las diez mujeres más influyentes del mundo. Fue presidenta del partido conservador noruego.

**** La empresa petrolera del reino de Noruega es propiedad del gobierno con un 67 por ciento del control accionario. Desde el año 2014, tiene intereses de intervención petrolera en Colombia sobre el llamado Bloque Tayrona en los departamentos de Magdalena y La Guajira, uno de ellos sobre aguas profundas del mar Caribe. Dos bloques de reserva de hidrocarburos bajo operación noruega, son el COL-4 y el GUA OFF1.

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