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NOBEL DE LETRAS, ESCÁNDALOS SUMADOS

PATRIMONIOS CULTURALES  //  LETRAS  //  Publicado el 20 de octubre de 2019  //  16.30 horas, en Bogotá D.C.

 

NOBEL DE LETRAS, ESCÁNDALOS SUMADOS

 

La reciente decisión de la Academia sueca sobre los premios 2019 del Nobel de Literatura no acalla los murmullos de desaprobación. No podrían acallarse porque el escándalo rodea a la regia entidad  desde hace mucho por sus controversiales y reiteradas decisiones. Las que dejan como para pensar que no es lo acéptico y desprejuiado del criterio de selección lo que se pone en juego para decidir. En efecto, eso no es nuevo porque las sospechas la asedian en lo que hace a eventuales sesgos que nublan aquello que debería ser una muestra transparente del reconocimiento al genio o al menos la calidad literaria. Tampoco es nuevo porque también es lógico que esas decisiones estén sujetas a consideraciones críticas del entorno mundial sobre los elegidos o el linaje de una obra expuesta a consideración como para que merezca el Nobel de la palabra escrita.

 

 

Por alguna razón la primera crítica a la extensa saga apareció hace más de un siglo. Fue  en la  primera entrega, con el escándalo por haber excluido al ruso León Tolstoi del mérito, cuyo peso específico ya era indiscutido en vida. En el tiempo de la entrega inaugural del galardón señero -fue en 1901- la Academia se decidió por Sully Prudhomme, cuyo nombre más de una centuria después nadie recuerda como tampoco hay referencias o interés por lo que escribió, a diferencia de lo que ocurre con el universal autor de “Guerra y Paz”. Lo mismo sucedió con otro ruso emblemático: Boris Pasternak, quien no pudo recibirlo porque el gobierno soviético lo prohibió. Pero este premio fue criticado no porque se discutiese el prestigio de Pasternak, quien en vida tenía más mérito en Rusia como poeta que como prosista. Ocurrió que se consideró a este galardón como un misil político en plena Guerra Fría y como una manera de golpear al ortodoxo gobierno de Moscú, que por entonces orientaba Nikita Kruschov.

En verdad el “Doctor Zhivago”, sí era una crítica a la manera como el bolchevismo había construido la revolución y el escritor pasó a ser considerado un disidente, expulsado, como lo fue, de la asociación de escritores del país que entonces tenía como símbolo nacional a la estrella roja, así como la hoz y el martillo, y que poco antes de que fuese premiado Pasternak -1958- había derrotado en guerra con alto costo a Alemania. El mismo país que no toleraba contradictores tanto desde tiempos de los zares, como después de los soviets y luego de nuevo con ese zar redivivo que es Vladimir Putin. Pero lo contradictorio no termina ahí porque también se premió con ese lauro universal a Winston Churchill y era quizá obvia la perplejidad al respecto -fue en 1953- porque al bronco y beodo líder inglés no podía  premiárselo con el galardón de la Paz. No era posible lo primero y es probable que tampoco lo otro y siempre pareció sospechoso ese premio literario al hombre que decidió sin sonrojo ni arrepentimiento bombardear a la población civil alemana y a los refugiados de Dresde con fósforo blanco.

Después, la Academia fue criticada por el Nobel a la chilena Gabriela Mistral, en 1945, pues se consideró que fue una opción de último momento y sacada del sombrero. Pero en lo que hace a lo que le tocó a la América Latina tampoco son escasas las sospechas, aparte de lo de Mistral, e incluso las críticas acervas permanecen, algunas entre dientes. No exige mayores explicaciones el habérselo negado al argentino Jorge Luis Borges, como tampoco requieren adjetivos las tramoyas ideológicas y conspiraciones políticas internacionales para favorecer a los  dos de este lado que se alzaron con el premio que le hubiese correspondido al frustrado. Uno de ellos, sin duda merecedor del reconocimiento por su genio, pero ambos puestos como ladrillos en el camino que debía transitar el rioplatense, en un caso parecido al de Tolstoi. Tanto se ha señalado el sesgo político de la inefable Academia que Mario Vargas Llosa, sorprendido por haberlo alcanzado en 2010, lo primero que hizo cuando lo supo fue rendir homenaje al autor de El Aleph”.

Era como una forma de enmienda a la injusticia, fruto de la conspiración. El penúltimo gran dislate escandaloso de la Academia fue hace dos años, cuando se decidió premiar al baladista y rockero Bob Dylan. Fue el paroxismo y casi nadie pudo entenderlo, tanto como fue difícil justificarlo, si es que alguno de los anteriores deslices hubiese podido justificarse. Nadie podría contraponer argumentos a la grandeza de  Dylan en su eximia lírica para componer canciones y letras del “pop” contestatario, pero de ahí a brindarle un  Nobel de literatura hay una distancia sideral. El propio cantante hizo un anuncio repentista de no aceptarlo al saberse el veredicto de 2017, quizá por vergüenza propia dada la desmesura de la que no era culpable. Pero luego cedió porque una cosa es ser un gran poeta y gran cantante de protesta y otra diferente el dejar de ser un pragmático norteamericano que no deja de escapar la ocasión calva. La tapa fue después, al dejar pasar un año sin Nobel de Literatura y el agite de otros escándalos cotidianos e incluso menos decorosos que el de la quinta columna ideológica que siempre se refugia en Escandinavia, cuando las papas queman por estos lares.

       

Tolstoi (izq.) Neruda - García M. (centro) Borges (der.)

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Le está ocurriendo a este galardón cada vez con mayor frecuencia lo que con aquilatado fuste le sucede al cercano Nobel de Paz, el que conceden los noruegos: el desprestigio absoluto, que por momentos parece imparable en lo que  hace a degradación. No deja de ser significativo que dos de los más cuestionados al respecto sean latinoamericanos, el del argentino Adolfo Pérez Esquivel y el más reciente del colombiano Juan Manuel Santos. Ambos dentro de un océano de contradicciones en las cuales los señalamientos de repetidas intrigas políticas y participación de los tramoyeros de siempre, con sus sesgos, empujaron las nominaciones y el logro. Ello sin que para el último haya desaparecido la sospecha de negocios de Estado para alcanzar la ambición y desarticular en la puja a quienes no acuden a tales maniobras. En la previa para este juego de los noruegos, estuvieron sobre la mesa y con múltiples miradas de reojo los intereses petroleros que en la liza jugaron en contra luego de la concesión del premio al chino Liu Xiaobo, en un billar de paño negro que golpeó a la ejecutiva Kaci Kullman.

Ahora, los premiados por su trabajo en las letras fueron la polaca Olga Tokarczuk y el austriaco Peter Handke, poco conocidos fuera de sus países, salvo Handke que lo es algo más aunque no tanto. La protesta que estaba a flor de piel, emergió de inmediato luego de conocerse el nombre de estos premiados. Es precisamente Handke quien más recibió los trompazos que por elevación van de nuevo hacia la Academia.  El trabajo del más cercano Handke es profuso: dramaturgo, poeta y narrador. Tiene en su haber obras como “Los Avispones” y “La Noche del morava”. Fue uno de los críticos del Nobel literario hace más de 40 años por lo proceral de su otorgamiento y la celebridad inferida, a veces superior a la obra realizada, como en efecto ocurre con frecuencia. La otra galardonada pareciera que lo es más por su militancia ecológica de izquierda -la continua onda de los complotadores de antaño-  que por el acumulado literario. El escéptico Handke, apoyo intelectual de los serbios y la desconocida polaca -salvo para su cripta- son los nuevos millonarios en celebridad (aresprensa). 

Actualizado: martes 29 octubre 2019 16:06
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