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REVUELTO BOLIVIANO

  ACTUALIDAD  //  DOXA  //  Publicado el 12 de noviembre de 2019  //  15,30 horas, en Bogotá D.C.

 

 REVUELTO BOLIVIANO *

 

En buena hora renunció el presidente Evo Morles. Lo hizo acosado por las acusaciones de anormalidad institucional, a la vista en su disposición a convertirse en un eterno presidente del Altiplano. Morales iba en camino de constituir una nueva reyecía como aquella que con ínfulas dictatoriales intentó levantar Bolívar en propuesta fundacional, por fortuna rechazada, en la confusa e improvisada decisión de crear un nuevo país a imagen y semejanza de su sentido de la historia. La desmesurada actitud preliminar del mandatario de lo que pasó a ser Bolivia, dejó paso a una racionalidad poco común entre sus iguales ideológicos del patio. De manera curiosa, tomó la decisión sensata y democrática de dar un paso al costado, al fin, al revocar la intención de perpetuarse en el poder. El presidente saliente dejó paso así a la irracionalidad de quienes lo combatían, en principio con propósitos menos condenables. Eso dejó además activada la evidencia de que la turba abre un periodo de alteración en lo que debió ser una salida institucional normal. Una salida de desvaríos sumados que deja el amargo sabor del golpe de estado primero larvado y ahora emergente. Lo acontecido en esa arista de la crisis no es bueno para Bolivia, ni para la democracia, ni para el continente. La región merece un mejor destino y la puja entre pulsiones antidemocráticas de un lado y otro del péndulo político e ideológico auguran un incierto futuro, aún más, para lo que ya se ha visto en la región.

 

El presidente saliente había perpetrado la idea de imitar a sus pares afines, Nicolás Maduro y Daniel Ortega, en el sentido de torcer aquello que es eje de la democracia tanto representativa como participativa: la alternancia en el ejercicio del poder. No fue el único paso en falso para dañar la buena salud democrática que en los últimos tiempos demostraba el país, también había copado el dispositivo electoral y había colonizado el poder judicial. Eso le permitió hacer caso omiso de la decisión del referendo expuesta en 2016 para que no hubiese un Evo eterno, al igual que cualquier monarca absoluto. Un despropósito tejido de manera similar al que en su momento pretendió hacer Cristina Fernández en la vecina Argentina. Porque también debe señalarse que los genuflexos rioplatenses pretendieron sin éxito esa misma maniobra. Para burlar la decisión soberana de su pueblo, Evo Morales acudió a una norma del derecho internacional que se convirtió en una argucia perversa para la perpetuación en la flamante sede gubernamental de la La Paz: se violaban sus derechos humanos al quedar inahabilitado de postularse a un nuevo periodo desde el 2020, ya próximo.

 

En otras palabras, su pueblo -soberano en sus decisiones- podía ser desconocido en su determinación inapelable si el recurso supraconstitucional decía lo contrario o algo apenas diferente. No debe olvidarse que estos gobernantes con vocación autoritaria, y sus seguidores, siempre se victimizan para alterar el curso de la historia al que ellos suponen estar habilitados por una suerte de hálito de superioridad salvífica que les permitiría saltar la autoridad del pueblo, al cual dicen defender y representar, con exclusión de las opiniones colectivas en contra. Nicaragua, Venezuela y Cuba son el ejemplo icónico al respecto pero, como se señaló, no son los únicos: Cristina Fernández se prepara para asumir una engañosa vicepresidencia en la Argentina. No solo engañosa, también agazapada en la cobertura que le da quien fungirá como presidente en la Cada Rosada, a partir del 10 de diciembre. No cabe duda que lo ocurrido en Bolivia es un tropiezo para todos los vecinos que de forma abierta o sibilina alientan las mismas intenciones: burlar a los pueblos y a la legítima democracia, acudiendo en principio al juego de esta y a la determinación de las urnas, para luego volverse en contra, degradando los principios democráticos básicos.

 

Es una lástima todo lo sucedido porque Morales a distancia marcada de sus socios del Foro de São Paulo, hizo su tarea bastante bien. A diferencia de estos, al menos dos de ellos ya dictadores como lo son el nicaragüense Ortega y el venezolano Maduro, no hundió a su pueblo en el hoyo negro de la represión sin límites y la muerte, además de la miseria. Los números del manejo de la economía boliviana no admiten objeciones a lo largo de su mandato. Bajo la década extensa de su gestión el índice de pobreza descendió de casi un 40 % a 15, un récord histórico para un país con marginalidad estructural y ancestral. Lo mismo ocurrió con el desempleo, en tanto que el crecimiento del PIB se mantuvo por años como uno de los mejores de la región. También descendieron los niveles de analfabetismo y todo eso le permitió en 2014 alcanzar un tercer mandato, con un 61 % arrasador en el veredicto de las urnas. Esos niveles de favorabilidad le posiblitaron el control del legislativo en dos tercios del total, incluso en el momento de la interrupción abrupta del tercer periodo, que debía concluir en el año que llega.

 

Fue ahí cuando comenzó el desvarío: buscar una cuarta reelección presidencial que hubiese prolongado su gestión a casi dos décadas. Era una pretensión inconstitucional, a la letra de la misma Constitución promovida por Morales, esa que estableció el estado plurinacional boliviano y limitó las aspiraciones a perpetuarse en la silla del nuevo palacio presidencial, al cortarla con el final de un eventual tercer mandato. El aura que el presidente mestizo suponía tener lo llevó a convocar una consulta popular para superar la limitación de la norma de normas, y perdió el pulso. Aunque fue por un margen reducido, más de la mitad de la población le volteó la espalda. Entonces, Morales no encontró nada mejor que buscar una nueva gambeta, degradando la institución universal de los derechos humanos. De manera parecida a como lo hacen de forma consuetudinaria no pocas ONG regionales e internacionales y los asociados militantes de izquierda. Ellos suponen, en actitud conspirativa, que el escenario y discurso de los derechos humanos, con la sombilla protectora de la legislación afin, les pertenece solo a ellos al tiempo que quienes piensen diferente quedan de manera automática excluidos de tal cobertura.

 

Después se produjo la sospechosa elección irregular del pasado octubre, que le dio un triunfo aun más sospecho a Morales, y precipitó la reacción de una parte de la ciudadanía, con asonadas en diversas ciudades y regiones del país, sobre todo en la siempre arisca zona de Santa Cruz de la Sierra. Un territorio que de manera permanente ha ostentando una fuerte oposición al presidente saliente y que también mantiene una actitud secesionista por ahora de nuevo postergada, pero hasta hace poco manifiesta. Las manifestaciones de repudio y la violencia que acompañó la impugnación callejera, debilitaron la posición del presidente en ejercicio, al extremo de tener que enfrentar la rebelión policial e incluso la toma de distancia que manifestaron las fuerzas armadas ante el desmadeje institucional. Esto último después de que la comisión de la OEA, que revisó el proceso electoral a pedido del cuestionado mandatario, dictaminó la necesidad de realizar nuevas elecciones. No es cierto que lo ocurrido haya sido un golpe de Estado a secas, pero se le parece, y deja al histórico Alto Perú otra vez en caos como lo estuvo tantas veces, y con un hueco de gobernabilidad que no tiene horizonte de término en lo inmediato (aresprensa).  

 EL EDITOR 

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* La columna Doxa expone la posición electoral de la Agencia de prensa ARES

Actualizado: martes 12 noviembre 2019 15:03
evo morales bolivia

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