BEIRUT A RECONSTRUCCIÓN
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26 ago 2020

BEIRUT A RECONSTRUCCIÓN

Actualidad  // Doxa  * //  Publicado el 26 de agosto de 2020  //  19.30 horas, en Bogotá D.C.

Fue como una pequeña explosión nuclear, a eso se pareció, y la renuncia de todo el gobierno una semana después de la detonación, en los primeros días de agosto, también fue explosiva y explicable ante una crisis tremenda que ya se desarrollaba previa a la hecatombe. Beirut está parcialmente destruido y ya antes estaba destruida la economía, al tiempo que el país se debatía en una anarquía controlada a duras penas. La puja entre las distintas facciones de poder interno tiene componente religioso y de otras disputas ancestrales, además de una corrupción estructural. La puja sin fin desgarra al Líbano desde hace décadas, incluso desde el inicio de su existencia. El Líbano nació con el desmembramiento del imperio turco, en 1918, de la misma manera como nacieron Jordania o Siria, por mencionar solo a tres en la región. 

El panorama desolador tiene múltiples ingredientes agregados, pues también están aquí presentes los intereses geopolíticos internacionales y sus conflictos, incluidos los armados, que pujan desde hace mucho entre los herederos de los fenicios, porque eso son los libaneses. A ellos les agrada que les recuerden su rica historia y ese mosaico de civilizaciones que por allí pasaron dejando rasgos y retazos además, por supuesto, de muchas víctimas como vuelve ahora a suceder. Luego del nuevo trauma colectivo todo apunta a la reconstrucción de la ciudad que pretendió ser considerada una “París del Medio Oriente”. Todo empezó con un buque que transportaba una peligrosa carga y había partido de un puerto de Georgia en el Mar Negro, para dirigirse a Mozambique, en el África. El buque que llegó en 2014, no pudo pagar las expensas de tránsito y seguridad de la carga, ni siquiera de la misma seguridad del buque destartalado. El paso del tiempo hizo lo suyo, pues el nitrato que  llevaba es material inestable y los descuidos finales fueron la clave definitiva.

Pero esto que ocurrió en la ahora de nuevo arrasada Beirut tiene un origen que, de no ser por los misterios y preguntas que encierra, sería solo otra cuota más de sangre y lágrimas a las que se sumará el sudor de la reiterada reconstrucción, pues no es la primera destrucción extensa de su historia. Un proceso de ida y vuelta entre derrumbe y esfuerzo de revivir que rememora lo vivido hace apenas tres décadas, con trincheras en las calles y la segmentación barrial entre facciones que ensangrentaron la urbe. La que tuvo destellos de pretensión occidental, y ahora está de nuevo en el suelo. El protectorado francés los ayudó en eso de apoyarse en Occidente, después de que los turcos se retiraron a su propio espacio, dejándole el control a las potencias vencedoras de la primera gran guerra del siglo XX. Francia administró parte del disuelto imperio otomano, entre ellos el territorio del naciente Líbano. Los ingleses en tanto controlaron áreas que fueron países de subsuelo petrolero.

Ha sido turbador para el mundo lo sucedido en Beirut, tanto que dio para los supuestos más estrambóticos en el plano de las teorías conspirativas. Medio Oriente es a lo ancho y a lo largo terreno fértil para estas ideas, a veces lunáticas pero también reales, por el solo hecho de ser escenario básico de múltiples conflictos y porque encierra las condiciones también variadas como para encender una conflagración mundial. De hecho, la situación en Yemen, Siria, Irak, la frontera de Turquía  y lo que ocurre en el estrecho de Ormuz, además del propio Irán, conforman un cóctel explosivo de marca mayor, que de alguna forma pasa también por el Líbano. De por sí, un depósito de nitrato de amonio, descuidado y bajo desgreño operativo, como lo es la propia y débil institucionalidad libanesa, plantea más dudas que respuestas transparentes. Nada justifica el haber descuidado esa concentración del químico que es básico para la fabricación de fertilizantes así como también para explosivos de alto poder.

En efecto,  este material de base si es mezclado con un compuesto de aluminio forma el amonal, un explosivo de alta gama, preferido  por el terrorismo internacional. Se estima que una mezcla de este tipo fue la usada para el ataque a la Amia en Buenos Aires, en 1994, y del cual se le achacó autoría al grupo Hezbollah, de línea proiraní. Aunque haya controversia sobre esa autoría. Este frente de  lucha, de gran influencia y vigencia en varios países de esta convulsionada región, también está presente en el Líbano y se supone que desde allí parten hombres y materiales que harán en su nombre operaciones de terror -y negocios oscuros- tanto en el Medio Oriente como en otras regiones del planeta, donde Irán sostiene sus propias guerras hegemónicas. No obstante, los supuestos iniciales fueron dejando paso, con el correr de los días, a teorías más sustentables que le dan crédito a causas como la irresponsabilidad, la corrupción  y las precauciones laxas o inexistentes de un país con severos problemas de base.

El depósito del peligroso material que estalló en las orillas del puerto, tiene un largo historial que deja menos espacio a lo conspirativo y sí a la cadena de chambonadas. Pero eso no disminuye la dimensión de la tragedia. Lo conspirativo no puede dejarse de lado, pues la inteligencia de varios países occidentales tiene en claro la secuencia de cadenas de dineros ilícitos que van y vienen por tráfico de armas, drogas y materiales estratégicos que pasan por bancos de Beirut en tránsito a Holanda y viceversa, así como por los puertos cercanos. El rédito de esos negocios por debajo de la mesa y dineros en negro tienen que ver también con América Latina. Eso es lo que se ha detectado, por ejemplo, en circuitos que pasan por La Guajira colombiana, Venezuela y la llamada Triple Frontera -en pleno Cono sur- entre Paraguay, Brasil y la Argentina. La hipótesis de la chambonada encadenada parte de la recalada del barco moldavo cargado con unas 3 mil toneladas de nitrato de amonio.

En definitiva, el buque -llamado MV Rhosus- quedó abandonado, zozobró por su propia precariedad y antes del hundimiento las autoridades lo descargaron. Desde entonces allí, en depósito, quedó la carga fatídica, con tránsito alrededor de ese punto portuario de personas distraídas, despreocupadas, caminando o movilizándose por todos sus costados y sin advertencias suficientes. Ello aun cuando eran muchos entre autoridades, funcionarios de todo rango y de cualquier curioso que, en conjunto o en lo individual,  podían comprender de manera somera que allí acechaba un grave  peligro para todos. La manera como se produjo la sucesión de explosiones, hasta la mayor, bien pudo entonces haber sido resultado final de la displicencia de conjunto aquí reseñada. Más incluso que de cualquier otra tragedia planeada de las que Beirut ha sido escenario protagónico en las últimas décadas. La calma tensa posterior que ha seguido a la destrucción deja ahora paso a la necesaria reconstrucción de lo que pueda ser posible levantar, otra vez, como tantas otras antes (aresprensa).

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* La columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia  de prensa ARES

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