CAMBIOS IMPREVISTOS
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14 abr 2020

CAMBIOS IMPREVISTOS


CAMBIOS IMPREVISTOS  *


La pandemia, que a todos victimiza de una otra manera, es una suerte de asteroide viral que parece dispuesto a erosionar lo que la civilización construyó para que la humanidad se sienta segura habitando el planeta. Aunque todos intuyeron siempre que tal sensación de seguridad moderna solo era una ola que no podía enmascarar su fragilidad esencial. Pero igual se navegaba en su cresta desestimando los avisos previos.  “Todos estamos en la misma barca” ha dicho en días recientes el Pontífice de Roma, aludiendo tanto a la ola como a la nave que nos lleva ahora a un puerto de incierto horizonte.  Se supone que, como fueron las dos grandes guerras previas, lo que le ocurre hoy a la humanidad cambiará un universo de comportamientos y tendencias que parecían naturales e incorporadas. Las dinámicas de alteraciones en lo formal de la educación, que ya venían en marcha, se aceleran y las clases presenciales serán uno de los cambios que llegaron para quedarse.


No es poca cosa porque la educación tradicional es milenaria: el maestro frente a los estudiantes, en un largo proceso que en general nunca termina, hasta el final . El tradicional saludo de mano que viene desde los tiempos romanos también tendrá cambios en ancas del coronavirus y los riesgos del contagio. Hasta en las manifestaciones más íntimas, tradicionales y acostumbradas, se producen cambios: un simple beso o expresiones equivalentes de afecto ya no necesariamente acercan y por el contrario pueden ser peligrosas. En otro orden, dentro de la misma línea, el llevar o no tapabocas de manera masiva es una de esas situaciones que se ha presentado, en lo que hace a cambios bruscos. Otro de los mayores cambios conductuales tiene que ver de manera directa con la mortal tragedia que se vive.


Los rituales de acompañamiento y despedida como parte del duelo de ancestro cristiano -los romanos antes de que esa comunidad fuese considerada como parte de una religión era calificada solo como un “culto a los muertos”- han sido trastrocados de manera vertical. Los familiares y relacionados ya no pueden acompañar a quien partió sin retorno. Tampoco pueden hacerlo durante el proceso de internación hospitalaria. El desconsuelo que suena a irremediable abandono aumenta la sensación atroz que deja el eventual fin irremediable. Una de las evidencias terribles son las fosas comunes que los medios de comunicación pusieron de relieve: nadie reclama los cadáveres. Eso no ha sucedido en un perdido país y sociedad del llamado Tercer Mundo, no. Sucedió y sigue sucediendo en Manhattan, el corazón del mundo y del país que se supone es, según ellos los norteamericanos, el campeón de los derechos humanos.

La sepultura sin dignidad en ese país muestra la desnudez en que queda la humanidad frente a la peste global. Los anónimos recolectores de residuos y recicladores, en la base de la pirámide social, pasan a tener ahora un papel importante si no fundamental, para que parte del orden establecido se mantenga. Sin ellos y con la baja de la presencia de gente en las calles, sería difícil mantener a raya la expansión de esta y otras plagas por la presencia de residuos y roedores, que en algunos edificios ya comenzaron a circular de manera más amplia en las vías de las grandes ciudades. Algo similar, aunque no idéntico, ocurre con los también anónimos muchachos y chicas que atienden en los supermercados y farmacias. Ellos son el eslabón final de la cadena que garantiza la disponibilidad de insumos vitales. Pero el comercio paralelo, ese que tiene que ver con la llamada economía informal, sufre ahora una quiebra vertical de sus operaciones, que son de rédito diario y que en general están dirigidas al sustento inmediato y el pago diario del techo.

Eso no solo produce una situación límite a las familias y personas solas afectadas, sino que obliga a sus protagonistas a buscar otras fuentes de ingreso, cualquiera sean, y así se ponen en mayores riesgos las escasas fronteras de seguridad para los grupos que componen los segmentos sociales de estas víctimas de todo riesgo, tanto para ellos como para el resto de la sociedad. Esta economía precaria oscila entre un 60 y un 40 por ciento de los ingresos familiares en América Latina. Tal impacto específico, que deja la plaga en ritmo sostenido, no es lo único. Las cifras planas dicen que se estén perdiendo cada semana unos 15 millones de empleos formales en todo el mundo. Esto es, familias que tienen o tuvieron asegurados no solo un ingreso mínimo o más de manera regular. También ese núcleo, para nada mayoritario en la región latinoamericana, ha perdido o se encuentra al borde de perder los seguros que van amarrados al salario: salud, entre otros derechos reconocidos, e incluso a veces educación a los menores del núcleo familiar.

Todo eso marca un panorama para nada halagüeño, en la eventual pérdida de esos beneficios. En tales condiciones límite se encuentran también grandes empresas industriales y de servicios, al igual que las pequeñas y muy pequeñas que tienen bajo contrato a unas pocas personas, con frecuencia con bajo nivel de capacitación y destrezas, que pudiesen permitir una posible reubicación laboral. Negocios de servicios a la calle, como lo son bares, restaurantes o peluquerías, entre otros, están en esa primera línea de desahucio. Ni hablar de las ya mencionadas grandes, como son las empresas y cadenas hoteleras o líneas aéreas, entre tantas más de una lista interminable. Unos cinco millones de empleos se pierden a diario solo en los Estados Unidos.  Una cifra descomunal para la que sigue siendo primera economía del mundo, en tanto que en América Latina la ruptura tiene una tendencia más marcada, por el simple hecho de que, en general, las condiciones de sustentabilidad entre nosotros son de mayor precariedad.

Por ahora los gobiernos regionales planean, de manea rápida, medidas de contingencia que son coyunturales y finitas. Estas no se podrán prolongar por demasiado tiempo, quizá no más allá de un bimestre, en tanto que pronósticos para nada pesimistas señalan que la crisis viral podría prolongarse al menos por un año.  Pero está todo por verse dado que ningún pronóstico aparece asegurado con el comportamiento del ente microscópico que ataca a la humanidad. El virus es diferente a otros parecidos en su estructura y en su forma de atacar. Lo mismo ocurre con la recurrencia de la morbilidad. Vale decir, los vaivenes de contagio y eventual rebrote masivo. Esos que han obligado y obligarán a bruscas reversas y otras contradictorias derivas. En Corea, uno de los países con mayor control del universo social y baja en la curva de afectados, ya se vieron en las últimas horas rebrotes imprevistos (aresprensa).

EL EDITOR


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* La Columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia de prensa ARES

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