CORONAVIRUS III: HUMANAS MISERIAS

Doxa

Publicado el 03 de abril de 2020  // 18.30 horas, en Bogotá D.C.

 

CORONAVIRUS III: HUMANAS MISERIAS *

Es natural que a la gran crisis que afronta el mundo y sus gobiernos, se sumen otras que permanecían en hibernación o ya estaban en marcha y sobre la mesa. Por ejemplo, no se aprende de la miseria histórica y el húngaro Viktor Orbán se acomoda fuerte en su puesto. Hungría con su gobierno de derecha extrema, que evoca a aquel régimen de Miklós Horty aliado de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, asume el poder público pleno en camino a la posibilidad de una dictadura que crispa al resto de sus vecinos europeos. Todos ellos demasiado ocupados también en afrontar los impactos de la pandemia, que crece sin previsiones creíbles de que se aplaque pronto, salvo pequeños valles en la estadística de víctimas, los que a veces pueden ser contrastados al día siguiente. Un segmento de la manifestación de miseria cotidiana es la de aquellos que impugnan a quienes atienden las demandas de atención a la salud, para contagiados o no, haciendo caso omiso del hecho elemental de que ese discriminado podría tarde o temprano tener que atender al impugnador, o a algún integrante de la familia de quien lo discrimina. Una verdadera vergüenza. Otra vergüenza sorpresiva aunque no inesperada fue la del presidente argentino, quien reafirmó su alianza con el hampa política y esta vez sindical, que le acompaña en su mandato. Algo que demuestra lo que alguna vez dijo Borges de ese sector: “son incorregibles”. O en paráfrasis de García Márquez, en un polo ideológico diferente al del ilustre ciego: han tenido una “segunda oportunidad sobre la tierra” y siguen sin corregirse.


Desde su orilla, el que hasta ahora fue un moderado presidente argentino, Alberto Fernández, mostró la hilacha -“peló el cobre” se dice en el coloquialismo colombiano-  hace dos días, en un acto público de entrega a las volandas de un hospital destinado a la emergencia que se vive, cuyo trámite administrativo y económico está desde hace tiempos bajo la lupa de la justicia. El mandatario elogió el “ejemplo” que brindaba el sindicalista Hugo Moyano a sus compatriotas. Un exabrupto del mandatario que retoma y sigue la línea política de su alianza con los delincuentes seriales del ala kirchnerista, dentro de su entente de gobierno. Aquella que lo llevó al triunfo en las últimas elecciones de ese país. Fernández borró con un codo -un codazo- el manejo a medias prudente que le había dado hasta ahora a su administración y que le había brindado un discreto respaldo en las encuestas recientes. Fernández dio un mal paso que era previsible desde el origen, porque aunque lo democrático es un principio inalienable a defender hay democracias y democracias.

El turbio negocio de ese centro de salud en plena capital federal -Sanatorio Antártida-  estuvo a cargo del magnate sindical y de su familia. Moyano al ser calificado de “ejemplar” por el presidente argentino, pasó la raya de la delicada línea que separa al bien público del mal. Ello en conciencia plena de la condición sub júdice en la que se encuentran, tanto el acusado como algunas de sus empresas y organizaciones sindicales, así como también su ormetá familiar. La que constituyó para el manejo de fondos que en principio no le pertenecían. En efecto, el dirigente camionero es un ejemplo, pero de lo que no se debe ser y hacer en el manejo de los dineros del Estado destinados a la obra social y de los recursos de los mismos trabajadores afiliados a su sindicato. Moyano es un nuevo rico, uno más dentro del sindicalismo argentino. Ante la crítica generalizada contra el señalado por la justicia, siempre sostiene que “lo hecho es legal” y así podría ser, pero no es legítimo. Porque nadie puede decir que es lícito hacerse multimillonario, como lo es Moyano, vía manejo arbitrario de la hacienda que nunca debió destinarse a su enriquecimiento personal y de su círculo íntimo.

  

China afronta por su lado las sospechas mundiales bien fundadas de que se ocultaron las dimensiones de su drama interno y no dio alertas más contundentes de lo que implicaba el tránsito de turistas de esa nacionalidad y de sus miles de estudiantes universitarios por el mundo, quizá muchos de ellos portadores iniciales del virus y contaminadores del resto. Algo inaudito como forma de desprecio a la condición humana y los riesgos que trajo para todos el señalado silencio. Un agregado a lo inaudito que pone de relieve la miseria que aflora, de la misma manera como surge al tiempo la grandeza de la que somos capaces en situaciones límite. Eso es el de discriminar a los trabajadores de la salud en las zonas de residencia y en el transporte. Esta otra inaceptable desmesura sucede al tiempo en que muchos otros aplauden a los servidores de la salud porque, sin duda, son los héroes de la hora. No solo es heroico el personal médico, también lo es el paramédico y los demás apoyos de todo rango que incluyen al personal de limpieza de los recintos hospitalarios, y otros similares de atención en la oscura coyuntura.

No es eso lo único, los Estados Unidos afrontan en su alto gobierno un inocultable deterioro de credibilidad en su capacidad y enfoque para hacerle frente a una situación grave que crece como una película de aceite sobre el agua agitada y sin que haya demostraciones posibles, ahora, para detener las consecuencias. El presidente Trump se opuso en principio a tomar las previsiones y medidas de alerta, las que el sentido común y político aconsejaban. En la etapa previa había desarticulado el equipo de expertos y científicos para contención de pandemias, que había construido el ex presidente Barack Obama. En otras palabras quiso, al igual que su paralelo e imitador brasileño Jair Bolsanaro, hacerse el “vivo” y el súper héroe ante el peligro evidente. Las consecuencias son claras: Trump podría perder las ahora las cada vez más cercanas elecciones y Bolsonaro tiene resquebrajada su autoridad. Jugaron en negativo, como también lo hizo Manuel López Obrador y Daniel Ortega, con los argumentos de los científicos y la realidad que acosaba. A Bolsonao ya no lo siguen los gobernadores de los estados interiores, incluidos los aliados, ni sus camaradas militares.

El cuadro más trágico al respecto lo muestra el Ecuador, el más castigado del subcontinente en el momento. En el pequeño país sudamericano los cadáveres aparecen tirados en las calles y en el interior de los hogares los restos de los seres queridos siguen descomponiéndose, por la imposibilidad de trasladarlos a donde corresponde. El cuadro ha puesto en la picota al gobierno de Lenin Moreno. Ya se sabe, por otro lado, que los fallecidos no pueden ser despedidos por su familia, con la dignidad que merece cualquier ser humano que se fue del mundo. Eso es lo que ocurre cada jornada en la culta Europa, la cuna de la civilización que arropó la ley, lo obligatorio de su cumplimiento, el esquema moral y ético de Occidente, lo mismo que los derechos humanos, como cruel ironía de esta parte de la presente historia. Esto último pone en la picota y al borde de un abismo del que no se avista el fondo, aquello que hace a los valores que fueron construidos y defendidos con tanto ahínco y contradicciones por la civilización occidental. Ese conjunto de valores que, hasta hoy, se intentó imponer al mundo.  

España también ve cuestionada la estabilidad de su gobierno socialista en la coyuntura, y el presidente Pedro Sánchez sufre un cuestionamiento duro e interminable por haber permitido una multitudinaria manifestación de militancia de género en el inicio de la hecatombe de infección, que en el momento muestra dimensiones de tragedia colectiva. También y sumado a lo anterior, por no haber tomado Sánchez otras medidas preventivas a tiempo. En otras palabras, la hecatombe está buscando víctimas en el plano político, en gobernantes, sistemas y opciones ideológicas que durante décadas parecieron firmes, tanto como en el esquema axiológico que las sostenían. En ese cuadro generalizado es que aparece hoy cuestionado quien por poco tiempo fue un cauteloso presidente argentino, al haber impugnado a los empresarios y, en paralelo, haber calificado como “ejemplar” a un representante eximio de la mafia sindical y extorsionadora de la Argentina, tal como lo es el camionero Moyano.

La lacra a cara descubierta que Alberto Fernández no duda en encubrir con elogios, tuvo hace pocos días una aguda reflexión que desnuda del intelectual austral Jorge Fernández Díaz, en La Nación de Buenos Aires:

“...El advenimiento del Covid-19 dejó al desnudo la insolvencia intelectual y operativa de gobiernos supuestamente sofisticados. Que desoyeron varias veces las advertencias científicas, que no se prepararon para una pandemia largamente anunciada y que ni siquiera hicieron simulaciones económicas para esta eventualidad. Con la misma negligencia están atendiendo el calentamiento del planeta, que nos llegará con maremotos, ponzoñosas enfermedades tropicales y otras formas del infierno. El drama no nos pisa los talones. Nos espera cómodamente adelante, afilando su guadaña. A las infames culpabilizaciones sociales y étnicas que toda pandemia trajo a lo largo de la historia, se añaden ahora los ataques interesados de ciertos pensadores, a quienes el encierro les ha entumecido las ideas, y los anatemas de pícaros populistas con alma de dictadores populares de ocasión. A río revuelto, ganancia de pescadores, camaradas. La salida autoritaria, como decía Raymond Aron, es el opio de los intelectuales, que mientras promueven conmovedoramente la igualdad de género, la diversidad y otras justas reivindicaciones liberales de Occidente, bregan por regímenes despóticos donde se cancelan los derechos individuales en beneficio de los colectivos, y donde se aplica censura, encarcelamiento a disidentes, y hasta ejecuciones sumarias o legales para desobedientes de cualquier índole o bandería. Allí ven una alternativa real a esta "democracia decadente", por la que deberemos seguir luchando hasta el final de los días: porque estará en juego la libertad, así de simple y así de trágico. Desde estos devaneos de académicos y "almas bellas" se expande una sórdida complacencia hacia el Partido Comunista chino, que es una máquina oscurantista de esclavismo y que hoy conduce paradójicamente la tan aborrecida globalización. Nadie conoce en detalle todavía qué ocurrió realmente en China durante esta crisis: solo se sabe con certeza que hubo demasiado silencio (allí la libertad de expresión no existe) y que se les permitió a miles de turistas chinos que visitaran e infectaran alegremente Europa durante un mes. Pero Xi, en este espejismo de la gauche divine , parece que representa al nuevo Mao, y que, por lo tanto, es de "reaccionarios" o de "xenófobos" criticar sus estrategias y secretismos. Además, admiremos lo extraordinario que resultó su remedio, compañeros: el amado líder se pasea por una grande y libre Wuhan mientras el mundo se incendia. No te extrañe que encuentre la vacuna, y nos salve a todos...”


No se requieren mayores ampliaciones a la reflexión del escritor de marras. Salvo quizá lo que ocurre en el vecindario inmediato, que incluye a Venezuela. La salida del presidente Trump con aquello de que el país caribeño es un santuario del narcotráfico y que su gobierno forajido, además de autoritario o dictatorial sin aditamentos -como quiera verse- ampara al terrorismo, al tiempo que ambos viven de las economías ilegales, no es nada nuevo y por ello suena a dislate acumulado. No es mucho tampoco lo que hay para agregar al respecto, salvo el crecimiento en datos del drama, que no se detiene porque la oposición interna venezolana no ha sido capaz de resolver los problemas frente a los que se comprometió encontrar salida. El fantasma de la intervención en ese país, que nunca ha dejado de flotar en el ambiente, vuelve ahora a crecer. En primer término resurge la posibilidad cercana del bloqueo naval y aéreo a los puertos y aeropuertos del país caribeño. Un paso anterior e inmediato a la eventual  entrada de tropas extranjeras al país. Una solución extrema que nadie en sano juicio quiere en la región, porque entre otras cosas ya hay suficiente experiencia de las consecuencias que trae como daño colateral la acción armada norteamericana contra quienes son su objetivo militar. Afaganistán, Pakistán, Irak e incluso la Panamá de Noriega -imagen que Maduro se empeña en imitar- entre muchos otros a lo largo de la historia, son buenos ejemplos sobre lo dicho.

Ellos, los estadounidenses nunca son socios de fiar para los menos fuertes, quienes además tampoco aparecen como aliados sino a veces como títeres, otras como compinches y siempre como peones de ocasión. No han sido y no tienen aliados en esta región ni en alguna otra del mundo, salvo claro está con sus primos ingleses. Pero se sabe que eso le traerá al ocupante actual de la Casa Blanca un buen rédito inmediato para sus necesidades electorales, porque “descubrir” en este momento lo que es el régimen venezolano aparece como poco menos que un desvarío sumado y como evidencia de una miseria de oportunidad. Otro de los riesgos de la temeraria decisión de “apretar” a Maduro con el brazo militar, es el hecho insoslayable de que Colombia quedaría en la primera línea de combate, con todo lo que eso traería al país cafetero como consecuencia inmediata y de largo plazo. Un ingrediente pesado y siniestro que se suma a la crisis. En paralelo, las izquierdas del continente que apoyan a Maduro, callan ante sus crímenes y defienden el apego a “la democracia”, que se supone bolivariana. Eso hizo hace pocos días el llamado Polo Democrático en Colombia. Nadie podría determinar con tino cuál es el delirante universo en que estos grupos viven, en su sociopatía. Empero es claro que cargan también un grado apreciable de miseria humana (aresprensa).

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* La columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia de prensa ARES

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VÍNCULO : EL CORONAVIRUS II                

   

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03 abr 2020
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