EL CUERPO, TRINCHERA DE  GUERRA
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27 jul 2020

EL CUERPO, TRINCHERA DE GUERRA

La guerra es un acto de  barbarie aun cuando el Estado, o en el caso contrario la bandera del metarrelato que impugna al orden constituido, suponga que sostiene una guerra justa. Es por eso en parte que el estado moderno está obligado a asegurar la paz. Esto es, por la sencilla razón de que en su gobernabilidad y posibilidad -además de exigencia- de gobernanza debe evitar la barbarie como criterio fundacional y exigencia insoslayable para sostener su legalidad y legitimidad. Para evitar la obligada ejecución de una barbarie propia  debe  construir un orden justo que suele llamarse pacto social. Son muchos los casos de salvajismo como barbaridad repetida que mostró como cuadro permanente la añeja confrontación interna colombiana entre los que impugnan el modelo de pacto social vigente y siempre en construcción, y el de quienes lo defienden no obstante sus desequilibrios  y asimetrías.


Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA


El ultraje del cuerpo es uno de los recursos que ha sido utilizado en las confrontaciones desde el fondo de la historia, incluso como barbarie anunciada. Más de tres millones de mujeres alemanas fueron violadas sin respeto de edad  y condición, por soldados soviéticos sobre el territorio alemán como parte del botín que debía pagar el vencido pueblo germano, durante el avance sobre Berlín y luego en la misma capital del Reich. Esa es apenas una muestra y no solo fueron los rusos que exigían venganza y el avasallamiento de las mujeres del derrotado como parte del precio a pagar, también lo hicieron los norteamericanos y los ingleses en la parte de Alemania que estos otros ocuparon. Ese es un ejemplo apenas cercano pero que se ha repetido a lo largo de la historia, como para ilustrar antecedentes mínimos sobre lo que ocurrió y se repite en tiempos recientes sobre la sufrida Colombia. Pero ni lo reciente ni lo anterior le dan algo de razón a quien doblega un pueblo ni tampoco se ennoblecen las causas invocadas por el vencedor.

Ocurre que en las miserias de conductas que surgen en la guerra, el tomar el cuerpo del doblegado ha  sido con reiteración parte de su naturaleza en su base, antes y después de que apareciesen los ejércitos y las fuerzas de seguridad profesionales. Un hecho trascendente sucedido después de la llamada Paz de Westfalia, en el siglo xx.  A partir de allí el estado de derecho impuso límites, al menos en la letra, sobre la exigencia del respeto a los no combatientes y el derecho y dignidad de los vencidos. Esa actitud que debe acompañar una acción armada legal, siempre dentro de la norma para ser legítima, buscó reducir y acotar aquello de la barbarie donde el cuerpo era la última trinchera del que imponía su ley sobre el otro que, al estar en la orilla del derrotado, podía  y “debía” perder incluso su dignidad. Aquello que surgió desde Westfalia hasta no hace demasiado tiempo, fue desconocido de manera persistente cuando el fragor por convertirse en vencedor hizo que la barbarie saltara por encima de lo que exigía el  dictado de la norma.

Tal norma fue el llamado derecho de gentes primero y, después, lo que se ha conocido como “leyes  de guerra” hasta llegar a la doctrina de derechos humanos en tanto arquitectura internacional con sus sanciones derivadas. Aunque eso de acotar la violencia sobre el otro debía ser cumplido por los ejércitos de las naciones el cuerpo del vencido siguió siendo parte del patrimonio de aquel que se imponía. Así, la dignidad que reclamó para sí quien ostentó el poder que da la victoria se diluyó en muchos conflictos, o casi todos, al ultrajar al vencido. Si así fue en confrontaciones regulares es de imaginar lo que ha pasado y pasa cuando el conflicto es irregular o asimétrico, como se diría en términos técnicos. Quienes desafiaron el orden instituido desde el interior de las sociedades no se han sentido ni se sienten obligados a aceptar lo que ellos consideran el orden legal “burgués”. Eso cuando no les conviene, o cuando es demonizado desde el metarrelato religioso.

 Así sucede en las algunas de las guerras vigentes del Medio Oriente y África. En todos esos casos el cuerpo ha seguido siendo la última frontera a asaltar y poseer, ejerciendo dominio sobre el botín viviente. Es esa una aberración moral y también una realidad incontrastable que se mantiene para vergüenza del género. Nadie puede olvidar que lo ocurrido en la añeja confrontación colombiana estuvo bordeada por ese telón de fondo. Los grupos irregulares subversivos y los que surgieron para enfrentarlos, llamados paramilitares por sus enemigos, hicieron de esa práctica siniestra un elemento persistente de su manera de confrontar y subalternizar a su enemigo. La violación fue dinámica permanente en sus campamentos, no solo en la afrenta a la mujer sino con absoluto desprecio de género, pues los hombres también eran sometidos al vejamen. La ecuación es sencilla: humillar de esa manera disminuye la resistencia del violado, lo somete más hasta un límite que puede llevar incluso al suicidio.

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La perfidia y el cinismo manifestado en los últimos días por parte de quienes tomaron decisiones en las Farc, sí hacen un mentís y una burla a los acuerdos firmados y es una manera manifiesta e incontrastable de “hacer trizas” los mismos. De esta manera vuelven la espalda sobre la verdad a la vista, en tanto es obligación de sus beneficiarios el decir al menos la verdad puesto que, ya se sabe, no serían penalizados de manera ejemplar por la legislación paralela del país. Aunque, claro, sí quedarán expuestos a la penalidad internacional como criminales de guerra que perpetraron crímenes atroces cuya judicialización no prescribe. Los japoneses nunca pidieron disculpas a China, Corea y otros países del sudeste asiático por los crímenes de guerra que perpetraron en esta variable de lo que hoy sanciona la ley internacional. Tampoco lo hicieron los soviéticos, y los rusos hasta ahora no han dado muestras sobre su responsabilidad en las atrocidades masivas. Los herederos ideológicos en Colombia de lo que fue la Unión Soviética parece que van por el mismo camino equívoco (aresprensa).