EL NEOGORILISMO III
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21 jun 2020

EL NEOGORILISMO III

Ya tenemos claro que el vocablo “gorila” sirvió durante décadas en América Latina no para identificar a un primate hoy en  peligro de extinción y por eso bajo políticas de protección en el África, con medidas que buscan salvarlo. Nada de eso, con este otro gorila se pretendió definir en términos políticos a una manera atroz de concebir las formas de interacción entre ciudadanos que piensan diferente, entre otros factores identificatorios. Si bien tal calificativo descalificante nació en la llamada “resistencia peronista” de la segunda mitad de los años 50 del siglo pasado, en la Argentina, ahora podría perfilar  a quienes por aquellos tiempos y en las décadas recientes clamaron por justicia, la democracia y el respeto a los derechos humanos, que estos gorilas cercanos degradan con su accionar intolerante y como signo de la regresión insoportable. El neogorila ahora está al lado y es parecido a aquellos represores negadores de derechos y es protagonista de iguales o mayores atrocidades, si se las compara con quienes fueron sus enemigos de ayer en América Latina. La máxima emblemática de un gorila de estos otros, con torcida e inconmovible fe, bien podría ser: “el mejor enemigo es el enemigo muerto”.


Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA


Muerte política o simbólica, no importa, pero esto último en el mejor de los casos porque también en diversas ocasiones históricas esa máxima hizo alusión a las otras posibilidades de muerte. Así es que ahora aparecen como nuevos gorilas aquellos que estuvieron en el bando enfrentado al de los gorilas clásicos. Estos últimos, los recientes y de última generación, hicieron auto de fe material con otra máxima histórica: “la violencia es la partera de la historia”. Saben mucho de  eso los neogorilas y es por ello que les cabe ahora el calificativo transformado y adecuado a  los tiempos. Los neos emulan a sus rivales en la tragedia histórica que cubrió de sangre a la  región en los últimos tramos de la historia cercana. Cuba fue la estimuladora clásica y principal de los otros habitantes del zoológico, el de los gorilas de la generación posterior a los primeros, diferenciados en tiempos e ideología de aquellos que defendían el sistema con bastante desacierto. Pero son iguales en la insistencia de producir atropellos en la población a la que someten. Eso sí, mantienen a diferencia de sus antepasados, sus relatos de reivindicación de los postergados y de ser voceros de una revolución inalcanzable y de interminable rebelión.

Son los que recogieron las banderas de la intolerancia y las enarbolaron más alto a lo alcanzado por quienes fueron sus enemigos en el ayer próximo. Al igual que los primeros que vistieron la piel de la barbarie, estos detestan la manera como se concibe la democracia en tanto respeto a la diferencia.  Hace pocos días, en este junio del año que avanza, los dirigentes sindicales que se opusieron en Colombia a desarrollar marchas y armar conjuntos de manifestantes para impugnar al gobierno de turno fueron señalados de “paracos”, epíteto que siempre utiliza la subversión colombiana para descalificar a sus enemigos, los gorilas irregulares armados de derecha, quienes  con sus crímenes de lesa humanidad redujeron la capacidad que tenían los gorilas de izquierda, o negorilas, para impugnar al Estado. Las bandas ilegales de aquella ultraderecha eran los gorilas clásicos, pero este novel gorilismo  arrinconado por la barbarie implacable, es apenas diferente de la de sus rivales que no reconocía ni reconoce su propia barbarie, al igual como tampoco lo reconocen sus socios y sus idiotas últiles, que actuaron y actúan en la superficie.

Ninguno de ellos podría eludir el reconocer que mantienen su propósito de establecer en Colombia un estado gorila a plenitud, aunque de nueva generación, como el venezolano o el nicargüense. El latigazo descalificador de “paraco” para quien piensa diferente, como lo fueron los  dirigentes sindicales opuestos a las recientes marchas, tiene la perversa intención de silenciar a aquellos que no aceptan la irracionalidad facciosa y cercana, incluso vinculada, con el terrorismo. Estos que piensan diferente no integran una banda armada rival ni nada parecido, sino que de manera simple no consideran razonable ni viable el criterio del “iluminado”, con pretensión revolucionaria que “baja  línea” y no tolera la discusión a la misma, ni alternativa alguna diferenciada. Es el mismo criterio por  el cual el neogorila se victimiza de manera serial y estructural, pues busca obtener subalternización emocional del espectador poco avisado. Ellos, los  neos, siempre pretenden aparecer como víctimas.

En otro ámbito cercano y hace pocos días, en el seno de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires se  impidió la presentación de una  conferencia del brasileño Sergio Moro, el juez que encarceló por corrupción a Luiz Inácio Lula de  Silva. Fue censurado, impidiéndole hablar dentro de una entidad de educación superior que, se supone, debería rechazar por principio la censura. El propio nombre de universidad define el espacio donde el universo, con lo dispar que le es propio, es lo único viable para la reflexión sana; esto es, las miradas diferentes, la pluralidad de pensamiento. Eso no es aceptable por los gorilas de nuevo pelaje y tampoco lo fue en la casa de altos estudios por donde pasaron los principales premios Nobel de Argentina. Debe decirse que en muchas de las universidades de ese país los neogorilas se han enquistado y promueven el pensamiento único, como lo fue esta evidencia de censurar a Moro. La mirada diferente allí no tiene cabida y por lo tanto dejaron de ser universidades para convertirse en centros principales de endoctrinación neogorila.

La doctrina, o remedo  de doctrina emergente surgida que acompaña a los neogorilas argentinos se llama kirchnerismo. Se trata de una derivación reciente del peronismo clásico, atravesada por las ideologías violentas de los setentistas nostálgicos y de guevaristas y castristas sumados en la marcha, así como de chavistas locales, cualquiera de ellos con la mayor carga de barbarie, si es que hay algo menos bárbaro en este tipo de parábolas que la que muestran tanto venezolanos como nicaragüenses. Un vocero gratuito, en apariencia, del kirchnerismo argentino dijo hace pocas semanas:”seamos Venezuela ya” y, antes, una legisladora de la misma banda saqueadora del Estado rioplatense se declaró estalinista. Es posible ya saber por  esas confesiones lo que se cocina en la Argentina con el desparpajo de estos personajes en trance de confesión, y de lo que en verdad quieren  hacer con aquel maltratado país, que eligió a sus verdugos, lo mismo que en Venezuela. Eso está a la vista. Stalin fue uno de los mayores criminales del siglo XX, y si hubiese perdido la guerra es seguro que hubiese sido él quien hubiera ocupado un banquillo como criminal de guerra. Pero eso pasa inadvertido para los neogorilas latinos que consideran héroe al soviético abuelo y arquetipo de lesa humanidad (aresprensa).

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VÍNCULO : EL NEOGORILISMO II