MALVINAS, LA TRAICIÓN
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ACTUALIDAD  //  LA TERCERA OREJA  //  Publicado el 31 de julio de 2022  //  22.00 horas, en Bogotá D.C.  

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Hubo un Carlos Saúl Menem que prometió en campaña presidencial que confiaran en él porque “no los defraudaría”. Los defraudó después de tal manera que incluso traicionó de forma vil a su patria, entregando la dignidad de los soldados caídos en Malvinas y a su sangre derramada. De la misma manera como traicionó al Perù, el único aliado concreto que tuvo la Argentina durante el conflicto del Atlántico Sur. Nada más bajo para quien como candidato a presidente recibió la confianza de sus ciudadanos, esperando que los condujera a mejores horizontes. No fue el único en la saga reciente de la historia argentina y tampoco entre quienes lo precedieron y luego incluso entre quienes lo siguieron. Carlos Menem y Domingo Cavallo firmaron un acuerdo de entendimiento y amistad en 1989-90, entre el Reino Unido de Gran Bretaña y la República Argentina, casi una década después de terminado el conflicto bélico entre los dos países. No fue suficiente esa traición, unos años después alguien tan o menos peronista de lo que mostraba Menem, Cristina Fernández, volvió por las mismas y le entregó a la China, en la Patagonia, una base militar comandada por un general activo a órdenes de Beijing. Dos perfectos exponentes de traición a la patria, pero de ninguna manera son los únicos en el país austral, que exhibe en su historia una cadena de figuras de este tipo, algunos de ellos en el panteón de los próceres. Si saliera de su tumba el caudillo aquel que fundó el movimiento Justicialista aún vigente, a la que bajó en 1974, los calificaría de esta manera porque se supone que su pensamiento fue nacionalista, a diferencia de estos otros que también se supone seguían su pensamiento.

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¿Qué pudo haber llevado a estos personajes cercanos en el tiempo a revertir los ideales que mostraban encarnar, para quedar en la historia con esa pesada cruz que es la violentar sus valores básicos?: aquellos que los definirían como parte de una nación, su espiritualidad y razón de su misma existencia. La respuesta es difícil de encontrar porque traidores han existido siempre y siempre han sido execrados. Incluso a veces, no pocas, han pagado su traición con la vida. La literatura y la historia de los pueblos está plagada de estos casos y de sus consecuencias. En otros momentos no solo han sido despreciados y sumergidos en las aguas servidas de la memoria. Hay sociedades que hacen pagar con la existencia el delito contra sus pueblos, pero aún así siguen apareciendo los traidores. Se cuenta que los ingleses, antaño, sepultaban al soldado traidor y después de haberlos castigado con la pena máxima, los echaban a la tumba con la cara hacia la tierra para al final sembrar la misma con cal o sal. Julio César en las Galias hacía cosas parecidas, incluso con aquellos que traicionaban a sus enemigos: “Roma no paga a traidores...”, dicen las historias que afirmaba el jefe romano antes de pasar a degüello a los que le volvían la espalda a sus hermanos francos.

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Algo similar también a lo que ocurría en la vieja España y tal como lo relata el Cantar del Mío Cid, cuando el rey regaba con sal “...el pobre campo que mi padre trabaja...”, si se ayudaba al guerrero enfrentado al monarca. Carlos Menem, el ex presidente argentino, se fue no hace mucho del mundo, sepultado con vida en el Senado de ese país, escapando de las causas de corrupción, vía fueros, que con razón lo acechaban por el brazo de la justicia.  Pero la mayor carga que debió soportar en el último tramo de su existencia, después de su paso por la Casa Rosada, fue el de ser señalado como traidor a su patria por haber firmado un desdoroso tratado de paz y “amistad” con la Corona británica, casi una década posterior al conflicto armado en el archipiélago, reclamado por los argentinos. En ese vergonzoso documento firmado en Madrid, el enemigo que reocupó las islas por las armas, oficializó una suerte de capitulación incondicional, la misma que se negó a conceder el general Mario Menéndez, cuando rindió sus tropas en Puerto Argentino aquel 14 de junio de 1982. De tal forma que los británicos consiguieron la rendición en una mesa donde tampoco hubo negociación alguna.

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Se admitió así sin ambages lo que no admitieron los guerreros que combatieron y cayeron luchando con el inglés, con bravura reconocida por el enemigo.  La Argentina quedó doblegada, con la firma del otro traidor, que no fue el único de la cadena y acompañó a Menem como cómplice en la írrita claudicación. La que se dio por cerrada y consumada como genuflexión irredenta ante el imperio que fue y aún se mantiene en plano menor, con las islas en el bolsillo, maniobras militares desafiantes, incluso contra toda Sudamérica, y artefactos nucleares en las bases, con capacidad efectiva que amenaza hoy a todo el subcontinente. Eso fue lo que redituó el trágico acuerdo entre ambos, con la rúbrica en primer término (Acuerdo I) del ex canciller Guido di Tella, y luego (Acuerdo II) por parte de quien fue también ministro de Carlos Menem, Domingo Cavallo. Este fue quien rubricó de manera integral el ruinoso pacto humillante para la Argentina en términos históricos, y más para la memoria de los caídos en el terreno de las islas y en sus aguas. El primer acuerdo se firmó en octubre de 1989 y el segundo en febrero de 1990. Quienes argumentan en contra de esos tratados hablan del “Versalles argentino”, en clara alusión al final de la Primera Guerra Mundial y de las consecuencias que sobrevinieron.

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La letra de la sumisión, según algunos de los expertos que rechazan las cláusulas del mencionado tratado, tiene su médula en los siguientes artículos: del tercero al quinto, el séptimo, el noveno, el décimo segundo y el décimo sexto. En los tres primeros se hace una concesión de supremacía británica sobre las aguas que separan a las islas del continente y convierten al imperio en una suerte de estado ribereño con Sudamérica, con todos los peligros que eso implica para la seguridad presente y futura de la región -no solo para la Argentina- si se observa lo que está ocurriendo hoy en Europa. También en estos artículos las fuerzas armadas argentinas quedaron sometidas a un control directo de sus movimientos en el Atlántico sur por parte del ocupante de las islas. Eso incluye a los movimientos de tropas locales dentro del propio territorio patagónico. Entre el séptimo y el noveno se establece una bilateralidad engañosa que beneficia a los británicos en la explotación de los recursos sobre las aguas que incluyen al mar adyacente a las costas continentales. Los artículos catorce y dieciséis ponen cortapisas a las políticas externas del país austral con sus vecinos y con los europeos.

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La dificultad de Argentina para adquirir aviones con capacidad para defender su soberanía tiene que ver con los efectos de aquellos actos de traición a la patria, figura que es sancionada por la ley argentina. Pero aquel traidor de primera magnitud, por haber sido presidente del país, no fue´el único de esa saga tan oprobiosa como reciente y se fue del mundo no solo tranquilo sino, además, con fueros de senador nacional. Eso le brindó blindaje suficiente para eludir penalidades por actos de corrupción que se sumaron a la traición. Peor aun es el silencio estridente que la actual clase dirigente argentina mantiene en su conjunto. Eso incluye al gobierno de Cristina Fernández y de su administrador formal, y también están esa lista algunos de los cipayos tradicionales que integran la oposición, esa que aún pareciera  acaudillar Mauricio Macri. De las antiguas sanciones verticales queda al menos el repudio histórico y público. La saga continúa ahora con la señora Cristina Fernández, quien durante su gobierno no solo siguió un curso desestabilizante del país sino que, además, accedió la instalación de la base china en la Patagonia (aresprensa).

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