PETRO EN EL GOBIERNO, ¿QUIÉN EN EL PODER?
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ACTUALIDAD  //  Publicado el 22 de agosto de 2022  //  18.15 horas, en Bogotá D.C.

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El día de su victoria electoral, el pasado 19 de junio, el presidente entonces electo de Colombia, Gustavo Petro, pidió la  liberación de los vándalos y terroristas de la llamada “primera línea”, sometidos a la ley. Se refería a aquellos que en el tramo final del anterior gobierno asolaron las principales ciudades colombianas y en parte fueron carne de cañón de sus comandantes y ordenadores en la sombra, lo cual  no pone a salvo los “soldaditos” de superficie que en parte fueron tontos útiles y también víctimas de los reales promotores de lo que ocurrió en esas trágicas y reprobables jornadas. Los hechos, fruto de las movilizaciones sindicales en un principio, y, bien se sabe, de lo que los dirigentes de las centrales de trabajadores llaman “la grupería”, derivaron en una asonada subversiva, sediciosa y desestabilizante. Eso sin contar las víctimas mortales que dejaron las acciones criminales de los “inocentes” protestantes. Fue lo ocurrido en la nación cafetera un turbión en contra del presidente que terminaba su mandato y estimulaba con humo negro la campaña de quien meses después ganaría en su aspiración a la presidencia de Colombia.  Fue una especie de pincelazo del pasado regional, como perverso déjà vu. Fue el llamado del candidato electo en su primera manifestación discursiva, a minutos de conocerse su triunfo, una obligada reminiscencia de cosas que ocurrieron alguna vez en este patio subcontinental, hace más de cuatro décadas. Vale traerlo desde la memoria. En aquellos años,  el 11 de marzo de 1973 para ser precisos, la Argentina eligió como presidente a Héctor Cámpora, dejando atrás por breve lapso a casi una década de administraciones militares. La consigna de aquella elección abrumadora con un caudal a favor del 49 por ciento para la fórmula triunfadora, cambió el rumbo institucional argentino bajo la consigna: “Cámpora al gobierno, Perón al poder.

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Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

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Fue aquel un corto lapso de manejo bicéfalo en el gobierno de Buenos Aires aunque similar al que se repite allí ahora, en tanto Cristina Fernández controla la botonera y Alberto Fernández hace como que controla la nave al garete. Perseguida esta por un iceberg que ya chocó varias veces a la República. En la euforia de aquel regreso a la democracia, hace casi medio siglo, no podía siquiera imaginarse la catástrofe que ya estaba presente y se profundizaría a partir de 1976. Toda visión hacia el futuro inmediato quedaba nublada por la fractura de una realidad esquiva, como la que por entones vivía una Argentina que aún en aquellos años era una potencia regional, o al menos eso creían casi todos los vecinos de ese país y los mismos argentinos. Detrás de la consigna y del presidente electo por el dedazo de Juan Perón, que los criminales de la hora apodaban “El Tío” -en referencia a Cámpora- estaba la organización armada ilegal Montoneros que precipitó el baño de sangre en el país, en conjunto con sus socios trotskistas del Erp (Ejército Revolucionario del Pueblo). Un plan siniestro e internacional del terrorismo que ya se había puesto en marcha al menos cuatro años antes, a fines de los 60 e inicios de la década de los 70.

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La arrogancia de los subversivos australes y la respuesta exterminadora de las fuerzas armadas y de los grupos de apoyo que operaron en la clandestinidad generó lo que se llamó “guerra sucia”, impuesta a las fuerzas armadas en respuesta letal a la subversión. La cadena de golpes fatales y retaliaciones se prolongaron por toda la geografía argentina en esa década sangrienta, hasta inicios de los 80, cuando el poder militar se retiró a sus cuarteles, a esperar el exterminio institucional que se cernía sobre la defensa argentina. Ese otro exterminio lo llevaron adelante los gobiernos de la democracia, hasta hoy. En la actualidad la Argentina no solo está a la deriva en sus instituciones civiles, la economía y parte de la justicia, también es claro que carece de toda fortaleza para defenderse en lo interno, al igual que ante las amenazas externas, que asoman por sus espacios de soberanía mellada y se anuncian con desparpajo así como sin recato alguno. La Argentina de hoy carece de capacidad de disuasión y no podría responder ante cualquier provocación externa, como las que ya están sobre la mesa, en lo interior, al igual que en sus fronteras y zonas limítrofes, como las de la Patagonia.

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A pocas horas de su asunción como presidente de los argentinos, Cámpora ordenó la liberación de los violentos presos por sus actos secuenciales y organizados -no por ser jóvenes idealistas ni prisioneros políticos como por entonces señalaban vociferantes sus cómplices, los que no estaban tras las rejas- y allí ardió Troya, porque quien se conocía como el verdadero titular del poder y de aquella corriente masiva de votos era el caudillo Juan Domingo Perón, no Cámpora. Así, el peronismo tradicional retomó el control de Estado luego de casi dos décadas de proscripción política. Eso de liberar terroristas al desgaire, entre otros dislates de “el tío”, determinaron al dueño de los votos a preparar la rápida salida de Cámpora -menos de dos meses después- de la titularidad del Ejecutivo. Así sucedió al poco tiempo el Perón de siempre asumiría por tercera vez como mandatario, poco antes de su muerte, ocurrida el 1 de julio de 1974. La reminiscencia no es una simple copia en esto de liberar con un golpe discursivo a quienes atentan contra el  estado de derecho y violan la ley de tal forma que quedan en lo limítrofe que establece el Estatuto de Roma, como fue eso de bloquear en Colombia el ingreso de alimentos a las ciudades y amenazarlas con el corte de agua, así como atacar a las misiones médicas.

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Eso es lo que hicieron los “inocentes” indígenas del Cauca y otras facciones de similar laya,  que se empoderaron durante el último  tramo de  la administración anterior y allanaron el camino de quienes resultaron  triunfantes en las recientes elecciones colombianas. Quien lo dude no tiene más que volver a leer los graffitis que aún se ven claros en la vía pública de las principales ciudades del país andino. Todos son libelos contra la fuerza uniformada, nada en contra de las organizaciones disolventes que siguen asolando en campos y pueblos colombianos. Ninguna dice, por ejemplo, “guerrilla violadora”, “secuestradora de niños”. “narcotrafiantes”, o señalamientos similares que están vigentes y rebosan de verdad. Todo es contra los uniformados y, en especial, contra el subgrupo policial de élite capacitado para controlar desmanes. En este caso esa ha sido una vieja bandera de la subversión colombiana pretendida incluso en La Habana, para desmantelar toda posibilidad de defensa de la ciudadanía ante los grupos de “acción directa” * teledirigidos desde donde se controlan los hilos tenebrosos. Ellos aspiran y pretenden que sea el ejército y las restantes fuerzas estratégicas del Estado las que repriman, para que se produzcan muchas víctimas fatales.

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 “Mientras peor, mejor” afirmaban los terroristas argentinos, con evocación leninista **, en sus años de negra gloria, para justificar, ampliar y profundizar sus acciones aniquilantes. Así pretendían y pretenden además movilizar en dinámica paralela a las organizaciones civiles e internacionales cómplices, alcahuetas y articuladoras de la propaganda afín con las visiones de mundo de la termocefalia organizada. Es normal para ellos victimizarse mientras victimizan. Es por eso también que pretenden la disolución del Esmad colombiano (Escuadrones móviles antidisturbio de la Policía nacional), que es parte de su posibilidad de brindar seguridad ciudadana. Es por eso incluso que no puede extrañar que a menos de quince días de asumir su mandato, el señor Gustavo Petro precipitó el vaciamiento de la punta piramidal en la policía del país. Dispuso su gobierno pasar a retiro a más de medio centenar de generales de la institución. Algo sin precedentes que anuncia lo que se viene y que pone en guardia frente a lo ocurrido durante las últimas tres décadas en la República Argentina: dejar sin defensa al país. Vale señalar que allá la señora Cristina Fernández cuando fue presidenta detestaba la presencia de uniformados en su entorno. Como en la concepción latina del “eterno retorno”, que recuperó para el mundo moderno Arnold Toymbee, las historias no aprendidas suelen repetirse, pero en espiral.

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Eso lleva a imaginar cierto paralelismo histórico entre Argentina y Colombia en sus parábolas históricas, cuando está presente y se advierte presencia del terrorismo rampante. ¿Quiénes son los mandantes del actual presidente colombiano?; ¿serán los de la “primera línea” que aceleraron las pretensiones de poder del nuevo presidente?, ¿serán los que con buena voluntad e ingenuidad lo votaron por un “cambio” que dejase atrás un sistema cruzado en transversalidad por la corrupción estructural?; ¿serán los compinches potenciales del vecindario, agrupados en la Celac?; es difícil determinarlo, pero hay síntomas y pasos que dicen cómo será el almuerzo. Los personajes talibanes que acompañan a Petro desde los destemplados tiempos del llano y la orfandad de poder constante y en desesperanza, ahora lo critican pero no desconocen que con paciencia podría llegar su mejor hora. Algunos y algunas ya aparecen en su primer gabinete, mezclado con los que han representado al sistema democrático despreciado por los otros. Aquello de la espada de Bolívar fue una tarjeta evocadora y nostálgica, tal como lo es el actual gobierno argentino, de un pasado turbulento, así como el ingreso a los nuevos e impredecibles tiempos de Colombia (aresprensa).

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* Durante el ascenso al poder del Duce italiano, Benito Mussolini, algunos de sus partidarios formaron grupos de choque llamados de “acción directa”, cuya función era atacar por sorpresa a manifestaciones de opositores al fascismo, con violencia desproporcionada y sin evitar consecuencias sobre los atacados.

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** Nikolái Chernyshevski fue un pensador y revolucionario ruso que precedió a Lenin y falleció en 1899. Pero fue este último quien volvió universal la expresión. La referencia hace alusión a que la profundizacion de la crisis del Estado y el asedio de los revoltosos abriría el camino del poder a quienes lo impugnaban. De él tomó Lenin la alusión cuando con su pequeño y limitado grupo de bolcheviques aportó a la caída del zarismo y luego de los mencheviques y de los otros grupos políticos no radicales, incluido el líder Alexander Kérenski , en 1917, para  tomar el control del estado ruso, después soviético, durante 7 décadas.   

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VÍNCULOS : DESDE ALLENDE HASTA PETRO  //  PUTIN Y LA DECADENCIA OCCIDENTAL

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