SEAN CONNERY: EL BOND MÁS GRANDE
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07 nov 2020

SEAN CONNERY: EL BOND MÁS GRANDE

PATRIMONIOS CULTURALES  //  CINE  //  Publicado el 07 de noviembre de 2020  //  21.30 horas, en Bogotá D.C. 

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Hubo muchos actores que interpretaron a Bond , pero para una gran parte quienes son fanáticos de la saga -sobre todo entre los mayores de edad que la han seguido desde el inicio- no hubo otro más grande que el primero: Sean Connery. El actor emblemático de los sentimientos escoceses murió hace un semana y se lleva todo el crédito por esas 7 películas que lo pusieron en el primer plano de los galanes de su época, al tiempo que le abrieron para siempre en el top de la fama que jamás se apagó cuando dejó de ser el agente secreto de la potencia imperial que ya no lo era cuando inició la historia el legendario protagonista, pero que hasta hoy sigue siendo definitoria en la historia del mundo. Hubo vida para Connery después de su protagonismo en el rol de agente secreto y cazador de mujeres, así como mortal neutralizador de enemigos y de damas, en particular de aquellos que complotaban desde la hegemonía desafiante que era Moscú por la época. Eran tiempos de plena guerra solapada bajo el predicado de “fría”, y Gran Bretaña iba de la mano con los Estados Unidos en el control del mundo. Los demás eran marionetas y los desafíos a la hegemonía vigente, en esa historia, eran siempre sacados del juego por el seductor e implacable agente al servicio de Su Majestad, quien ejercía la violencia de manera sofisticada y sin despeinarse, a la inglesa. Fue siempre un actor y un hombre de carácter, tanto como para defender la independencia de su natal Escocia. Eso hizo demorar a la corona en otorgarle la calidad de sir del imperio, que al final también logró por fuerza y sin despeinarse.

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No podía ser de otra manera, hacia los 60 los vencedores de Alemania y sus aliados apenas dos décadas antes, podían decir que era inútil desafiar el demoledor veredicto de la guerra que había sacado de la lista a los alemanes con un crudo resultado. Era necesario señalar que la alianza con los soviéticos había sido una circunstancia apenas necesaria pero prescindible. El enemigo había pasado a ser ese país controlado por una tiranía a doblegar, que cuestionaba el sistema hedonista creado por el capitalismo impuesto desde la Ilustración como único camino posible. Los nacionalsocialista y su impugnación romántica y letal en el desafío no podía dejar como remanente un socialismo que pretendía ser “científico”, lineal, inexorable e inevitable en su pretensión de éxito. Bond se encarnaba en el ideal de que no sería posible vencer el horizonte trazado desde la Revolución Industrial que, precisamente, habían marcado los ingleses, con la ayuda de las leyes de la física mecánica de Newton.

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Eso no lo decían las aventuras de un Bond hecho imagen por Sean Connery, pero fue el mensaje implícito. Aunque hubiesen jugado un papel subalterno en la Guerra Fría que se sostenía en el mundo, no por eso los británicos habían dejado de ser importantes, allí estaba Bond para poner eso de relieve. Pasarían dos  décadas largas para poner en realidad lo que anunciaba la saga sobre los “malos” del momento. La Unión Soviética se derrumbaría en la confusión del glasnot y la perestroika, que debió timonear a su pesar el señor Mijaíl Gorbachov, quien pasó a la historia como un pésimo dirigente soviético, muy parecido al rol que le había  tocado protagonizar a Nikita Kruschev en tiempos en que el británico de esta historia aparecía en la fantasía estética del infalible y letal operador de inteligencia.  Pero había más en el desafío que afrontó Connery al interpretar al agente secreto: el hedonismo no solo se marcaba en su capacidad de seducción sobre las mujeres que compartían sus aventuras, aliadas o enemigas fatales, que al final desaparecían o se rendían a su sino.

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Los Estados Unidos, el país que abanderaba la lucha del mundo ante los que sentían sus enemigos, habían llevado al máximo por esa época el ideal de disfrutar de la vida y de los objetos creados por el mismo hombre, por la vía de la ciencia dura y del mercado. Este último con sus lógicas ineludibles para no estar por fuera de la agenda que se había impuesto, en tanto que la ciencia no solo aportaba al disfrute y a la posibilidad de prolongar la existencia -para mayor disfrute- sino que, al tiempo, había creado los dispositivos bélicos para anular en un instante la vida de los otros, los que se oponían a Bond y al resto de amigos. Claro que la épica que guiaba la historia de aquel elegante guerrero vestido de civil, auroleado por Connery, tenía su réplica: allí estuvo el Super agente 86, bosquejado de manera genial por Mel Brooks. En Italia también estuvo Lando Buzzanca para hacer un “James Tont”, quien al igual que el personaje de Brooks satrizaba al británico haciéndolo más humano. Eso, sin dejar de tener en cuenta a un paralelismo como fue el “Casino royal”, con David Niven.

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Nadie olvida entre otros detalles, que Bond jamás se enamoró de las mujeres a las que llevaba a la cama. Ese fue el agente indiferente ante el amor que interpretó Connery, después llegaría en el caso del actual Daniel Craig, el tiempo de enamorarse y perder a su mujer en la lucha. Pero para Connery primero era el deber mezclado con el placer, que no excluía los martinis y el lujo, sin compromisos emocionales mas allá del servicio con “licencia para matar”. Después llegaron para Connery otros protagonismos que conservaron viva la leyenda personal. Personajes que encarnaban el saber y el consejo por encima de todo. La suficiencia y el equilibrio con el vivir, y el morir. Así continuaba en Connery la presencia de un Bond que se las sabía todas, con mentalidad de imperio en lo individual. Abandonó a finales de los 60 al agente secreto con el que  había comenzado a transitar en 1962. Volvió a su papel clásico en el inicio de los 80, con “Nunca digas nunca”. La primera película, la que abrió el rumbo, había sido aquella de la lucha contra el “Doctor No” y su destino fatídico, como el de todos los demás.

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En el puñado de películas que tuvieron a Connery y  a otros con Bond como referencia,  es difícil olvidar algunas de las bandas sonoras. En particular, las se convirtieron en clásicos de la música, más allá del relato fílmico. Eso fueron, entre otras,  las de “Casino Royal”, escrita por Burt Bacharach o la de “Solo se vive dos veces”, que cantó la hija de Frank Sinatra, Nancy.  Todo contribuyó a la celebración de la leyenda y del mito que se cristalizó más adelante. Porque en las otras películas donde hizo roles de carácter siguieron apareciendo trazas de sus primeros papeles en lo que hace al temple de carácter, pero sin arrastrar a Bond. Ese otro siguió siendo Sean Connery con su cuenta propia, sin dejar atrás aquel que fue pero distinto, tal como apareció en “El Nombre de la rosa”, o en “Los Intocables” -que le permitió alcanzar un Oscar- sin poder dejar de lado a “La Roca”, en las que resaltaba con sus personajes, sin importar la dimensión del astro que lo acompañara, Nicolas Cage en este filme, o en cualquier otro famoso y estelar (aresprensa).  

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