TWITTER Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

ACTUALIDAD  //  DOXA  //  Publicado el 25 de enero de 2021  //  18.30 horas, en Bogotá D.C.

Un impacto brusco sobre la opinión mundial fue lo ocurrido en el edificio del Capitolio en el inicio del mes que concluye. Pero aquella repudiada asonada que tanto le costó al ex presidente Trump no impidió que se confirmara la condición de presidente electo de los Estados Unidos a su sucesor, como quedó en claro. El otro impacto simultáneo de opinión fue el de borrar la cuenta en Twitter del saliente mandatario. Aquella que en consideración del propio Trump, le había permitido ganar su elección hace 4 años largos. En el primer caso el golpe fue contra la institucionalidad del país que se supone es vanguardia de la democracia, en el segundo fue golpeado el sagrado concepto, vinculado con el ideal democrático, del respeto a la libertad de expresión. Lo contrario es lo que se hace en cualquier dictadura, pero peor. El argumento es el de siempre: el sembrador de odio debe ser silenciado. Pero eso es lo que también arguye el dictatorial proceso de Nicolás Maduro, y otros similares, para hacer y seguir haciendo todo lo que ha hecho contra quienes no piensan como los bolivarianos.

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El extremista debe ser capturado y sancionado de acuerdo con las leyes, pero no por arbitrio de un privado. El extremista ya lo es antes del mensaje y no necesitaría de un llamado presidencial a la asonada para ser, en la previa y después, alguien tentado a ponerse al margen de la ley. La teoría mecanicista de la comunicación -el mentado funcionalismo- que tuvo su máximo exponente en Mc Luhan ya va a cumplir un siglo. Fue el primer planteamiento teórico que pretendió entender los porqué del mundo mediático y, después de este enfoque, llegaron los criterios teóricos que tuvieron su aliento en el estructuralismo y, a posteriori, llegó también hace más de 30 años la teoría de la mediación, con eje en las obras de Martín Serrano y Jesús Martín Barbero. Ha pasado ya mucha agua bajo los puentes teóricos como para seguir suponiendo que un mensaje puede, per se, cambiar o inducir una conducta. Aunque también el que censura puede acudir a una vetusta teoría porque carece de argumentos para fundamentar la arbitrariedad.

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Eso de censurar es lo mismo que pretenden llevar adelante los seguidores de Cristina Fernández y es lo que por norma aplican los autoritarios de todo pelaje. A ellos nada les importa lo que señalen quienes luchan y han luchado en el mundo por esa libertad, que es la de poder expresarse en el marco de una sociedad que se supone libre y sin represión. No hablamos aquí de la atacada libertad de empresa periodística, que es una de las banderas justificatorias que manejan aquellos que no creen en la libertad de expresión, pero la utilizan para atacar a los medios tradicionales. La censura por parte de los administradores de redes marca ahora el tiempo de pérdida de la inocencia de estas y la llegada de un tiempo similar al de las dictaduras populistas, puesto que de ser solo plataformas de divulgación pasaron a instrumentos para editorializar de manera tácita y en diferentes direcciones contra aquellos hacia quienes no sienten simpatía.

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Las redes aparecieron hace poco más de dos décadas para cumplir con el sueño ciudadano de que la expresión sin ataduras no estuviese solo en el poder de divulgación de grandes medios periodísticos, que con frecuencia y con razón son señalados de responder a fuerzas empresariales de tendencia monopólica y también  hegemónica, propias del sistema que rige. El mismo que las corrientes ideológicas contestatarias y anarquistas siguen pretendiendo suplantar en lucha centenaria. La tecnología fue la vara casi de ficción que permitió que cualquiera pudiese plantear opiniones y posiciones que ha sido normal jamás aparezcan en los medios tradicionales, salvo a veces en las evocadas cartas del lector. Pero la tecnología no es magia sino ciencia y técnica. Fue esta la que pudo hacer saltar la barrera y convertir en realidad el viejo sueño de los impugnadores de la modernidad, que se multiplicaron en la repulsa a lo largo del siglo XX: los medios tradicionales en realidad y en criterios de aquellos, “alienan a la opinión”.

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Una opinión para los impugnadores siempre “ingenua”, o tonta a secas, y que por la vía de ese manejo alienante terminaban favoreciendo al odiado sistema capitalista. Con celeridad inusitada pero prevista, plataformas como Facebook y Twitter se tornaron masivas y por lo mismo importantes, no solo en su país de origen sino en el resto del mundo. Después siguieron las demás y el mundo de lo ideal siguió su curso. Alicia y tantos otros similares comenzaron a vivir en la galaxia de las maravillas. Era un cristalizado cuento de hadas eso de publicar lo que venía en gana que, como cualquier cuento, termina siendo erosionado por la realidad. Todo comenzó de manera dura cuando el terrorismo islámico comenzó a reclutar militantes fuera de los países de esa cultura y a publicar sin reatos sus crímenes de lesa humanidad, en nombre de sus relatos religiosos, al tiempo que políticos y geopolíticos. Cuando el terrorismo profundizó el uso de esas redes para sus fines tenebrosos, el ideal de lo maravilloso tuvo un brusco despertar, y con eso se presagiaba lo que vendría.

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La discusión al respecto fue sobre los límites posibles de estas plataformas que funcionaban como tales y toleraban al extremismo de cualquier color, a través de los “microblogs”, que eso eran los cortos mensajes de los usuarios. En las cortapisas aparecían amenazantes las sombras de una censura que sobrevendría, como en efecto ha ocurrido y tendería a profundizarse. Comenzaron a aparecer las prevenciones de los poderes institucionales y, los europeos así como los estados autoritarios, exigieron e impusieron de manera pausada aunque continua, un control sobre esos flujos hasta entonces difíciles de controlar. Llegaron así, por una parte, una suerte de censura encubierta y en algunos casos, represión. A veces ambas combinadas. La compulsión de la autocensura ha comenzado. No importa la justificación que se pretenda dar para aplicar censura por parte de los propietarios de una red social. Estos son privados, no jueces, Siempre será una perversión el criterio, de por sí perverso, de que existe un derecho tácito de vulnerar los derechos de otro, quienquiera que este sea.

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Si quien es censurado es el presidente de los Estados Unidos, bueno sería imaginar lo que podría esperar el resto de los mortales. Es relativo el que uno o muchos mensajes en la redes puedan determinar la conducta de las personas. Lo es aunque exista esa rara especie de comunicadores en redes que son llamados “influencers”. Son ellos a veces una caricatura y el extremo opuesto de la opinión y el comentario serio, además de ser a menudo apenas un residuo estadístico en eso de influir . Entre los insultos y el desmadre de la visión expresada suelen también aparecer, como el otro polo, quienes pretender aportar una expresión argumentada y en verdad de guía para alguien menos informado. Algo difícil en la realidad de la tecnología. Las redes brindan una dialéctica similar a la que podría existir entre el apolíneo discurso del maestro de escuela en el aula de clases y los lenguajes y juegos que de manera cotidiana ocurren en los patios de las escuelas durante el recreo, con eventuales e infantiles excesos de lenguaje y fuerza, cuando se desborda el límite que exige la disciplina.

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Ambos mundos del ámbito educativo conviven en el mismo espacio, tal como ocurre en las redes. Eso, claro, cuando había clases presenciales. El gracioso pasado de tono con expresión disonante y el atildado maestro pueden coexistir en una sociedad democrática. Ninguno de ellos tiene por qué ser considerado un paria. Por otro lado, es una deformación teórica el seguir anclado en el criterio de que un mensaje de manera automática y mecánica genera un comportamiento afín. Eso llamado funcionalismo en el mundo de la comunicación elimina la historia y el sujeto de la modernidad, desde su perspectiva dialéctica excluyente de lo complejo. Es anacrónico imaginar que a esta altura de la historia un simple mensaje o una cadena de ellos hace salir a la calle a alguien con intenciones de ejercer terror. Pero eso sí, la apuesta sirve para silenciar y lapidar. El ciudadano lo es porque también tiene la capacidad para juzgar por sí mismo, lo otro es anacronismo teórico, además de tentación y regresivo ejercicio autoritario (aresprensa).

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25 ene 2021
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