PETRO, LA BRUTALIDAD DE LOS BRUTOS
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ACTUALIDAD  //  LA TERCERA OREJA  //  Publicado el 27 de marzo de 2024  //  11.45 horas, en  Bogotá D.C.

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El dislate fue lanzado en un encuentro realizado hace unos días con quienes comparten el sesgo ideológico del presidente colombiano. Dijo el mandatario que los medios embrutecen. Lo expresó ante los mismos que quizá hayan sido embrutecidos por las obras para televisión de un líder de escritorio y apoyo cómodo a la criminal primera línea. La misma que hace dos años largos acentuó con sus acciones las movilizaciones vandálicas y los asesinatos. Aquellos fueron los criminales que promovieron la llegada del actual presidente colombiano a la Casa de Nariño. La referencia personal apunta a Gustavo Bolívar, en la actualidad un hombre que maneja con su bolígrafo una caja de billones de pesos para subsidios de ciudadanos que, se supone, serán un manso rebaño “embrutecido”, que podría respaldar con su voto a los seguidores de Petro en los próximos desafíos electorales. Es por ello que no debe extrañar esa mirada anclada en el pasado del señor Petro sobre los medios de comunicación y la rémora purista de lo que él supone es la decencia dudosa con la cual él y sus similares estiman estar investidos. También el exabrupto que se eructó en la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, buscaba alentar a esa izquierda hirsuta que hoy rige los destinos de la siempre castigada Colombia, con su saga persistente de violencia otra vez desatada y aumentada.

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La visión es la misma que sostienen los represores de diferente signo ideológico en diferentes momentos de la historia iberoamericana. Es también la misma que hoy imponen en sociedades del vecindario las tiranías supérstites. En particular las que rigen en Cuba, Nicaragua y Venezuela. No hacen falta otros agregados para que se vuelva a mostrar el pelaje y talante tan represor como censor del mandatario de Bogotá, coherente con quienes son sus compinches de entorno y vecindario. El señalado sesgo es una rémora no solo antidemocrática sino atada al pasado. Es por ello y como ya se ha dicho desde las columnas de esta Agencia, que el ex presidente brasileño Fernando Enrique Cardoso ha señalado a esta manera de mirar el mundo como “retroprogresista”. No son revolucionarios como ellos se autoproclamarían, sino incorregibles -tal como también los señalaba Jorge Luis Borges- con una mirada al revés del mundo. En ese mundo opuesto de forma diametral a la linealidad del tiempo propio de la Modernidad, no caben opiniones y comprensiones diferentes a la de la anteojera ideológica.

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Eso porque el eje mesiánico que atraviesa la mirada retrógrada, no admite lo diferente que es propio de la democracia. Pero al margen de lo anterior, la visión anclada en el pasado ignora, con la ignorancia del bruto, que una teoría funcionalista de la comunicación social y del periodismo está amarrada a concepciones de la tercera década del siglo pasado, sin haberse convertido en clásica, es decir válida para seguir vigente en este tiempo. Ya pasaron en la concepción teórica de los medios masivos, como el funcionalismo al que hace referencia Petro, quizá sin saberlo, enfoques tales como el estructuralismo, el estructural funcionalismo y hasta la teoría de las mediaciones, que esbozó Jesús Martín – Barbero a fines de los años 80. Un siglo de retardo, nada menos, en el petardo conceptual lanzado por el presidente cafetero en el auditorio de los propios quienes, aunque universitarios, también tienen emociones y simbolismos atados a un pasado incorregible. Bien se sabe que en esa casa de altos estudios anida desde hace décadas un sector minoritario de mentalidad subversiva. Es una tara de enfoque ligada de manera irremediable con una nostalgia de disolución y de reversa a lo cambiante alternativo.

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Cambios y diversidad que son propios del paso del tiempo y del ajuste constante de las miradas sobre la realidad, de acuerdo con las variables afines y las inevitables transformaciones sociales. Al margen de lo descrito, es necesario sumar a lo previo que el derecho a la libertad de expresión y en presencia de las redes sociales cargadas de dialécticas opuestas, el derecho inalienable a expresarse desborda lo que plantea el derecho universal al respecto. Reprimir y suprimir, aunque sea en la enunciación delirante, no solo es tarea inútil sino además distante en la práctica de una eventual imposición de límites. La tecnología va adelante del derecho en su evolución y por ahora sería tarea vana la censora que se pretende, si se aspirase a imponer muros a la libre expresión necesaria. Lo expresado por el mandatario colombiano, eso sí, vuelve a dejarlo fuera de foco, una vez más, con lo que señala la realidad vigente, el derecho internacional y la propia normatividad del país, a la que también de nuevo insiste en desafiar. El aludido dislate dicho en público deja una débil esperanza.

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Esa esperanza distante se apoya en la posibilidad de que en un adormecido espíritu democrático del señor Petro lo dicho sea apenas una gaffe que deje satisfecha a la tribuna seguidora y de circunstancia. Pero la persistencia en los días posteriores con otros temas y concepciones no solo despóticas sino, inclusive, con intención dictatorial y de fuste populista extremo, dejan pocas esperanzas al respecto. Las declaraciones que siguieron al dislate sobre los medios de comunicación y a la opinión diversa y alterna que lo confronta, dejan poco espacio para concederle al presidente colombiano una reserva que contenga la eventualidad de un anhelo positivo al respecto. Incluso la distancia que ha tomado frente a la comunidad judía y el estado de Israel lo acorralan con quienes son negacionistas del Holocausto y de lo ocurrido en Europa mientras el régimen del Tercer Reich tuvo su momento de relieve y tragedia. De alguna manera eso se vislumbró durante su alocución mesiánica en las Naciones Unidas, el pasado septiembre, lo único que le faltó decir en aquella ocasión es que la culpa de lo que ocurre en el mundo solo la tienen los judíos.

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Eso es lo mismo que sostuvo la argumentación del Tercer Reich en su momento de oscura gloria y en la búsqueda de enemigos vertebrales. La esperanza termina por disolverse si, tanto para el presidente colombiano como para sus cercanos del vecindario en la argumentación contra quienes los confrontan, no caben argumentos válidos para justificar el Holocausto histórico. Al tiempo con los que han ocurrido en menor cuantía en Iberoamérica. La ausencia de señalamientos al terrorismo de Hamas explica mucho sobre este vacío injustificable. Lo curioso es que en esta visión se les suele llamar nazis a los otros. Curiosa ecuación que solo mira el ombligo propio y se mantiene amarrada a las rémoras del pasado, en la que se incluye la romantización de la violencia y otros crímenes locales. Ya la ONU ha dejado en claro que hay una suerte de desgobierno territorial colombiano, en beneficio de los asesinos administradores de los desmanes que ocurren a diario en casi la mitad del país (aresprensa).

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