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BORGES, 30 AÑOS DESPUÉS / LETRAS / PATRIMONIOS CULTURALES / A-P

Publicado el 13 de junio de 2016 / 19.55 horas, en Bogotá D.C.

BORGES, 30 AÑOS DESPUÉS

Hace tres décadas, vistas desde este punto del tiempo, murió en gloria el gran ciego de Buenos Aires. Se fue sin haber recibido el premio Nobel de literatura que mereció con creces y no lo recibió sólo por sus posiciones políticas reconocidas frente a sus incomparables condiciones como autor. También le fue negado por las zancadillas de sus contradictores ideológicos que hasta hoy permanecen impunes y en aparente anonimato, entre la patraña y la mendacidad de la que siempre han hecho mérito, pues ellos siempre victiman mientras se victimizan. En ese mismo giro y en poco más de diez años, los operadores del complot lograron hacer coronar con el premio máximo en literatura a dos de sus parceros en la región, sin que alguien se inmutase al tiempo que pocos ignoran hasta hoy lo que ocurrió con esas maniobras. Es bueno al hacer conmemoración en la tercera década de la muerte del genio literario, porteño ancestral y figura mundial, el señalar que su estrella no se opacó un instante después de su muerte y que, como Tolstoi, sigue siendo considerado mayor incluso que esos que lo ganaron con las zancadillas a las acudieron para tratar de atajar con éxito tanto mérito como el que aquilató Borges.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

Al ganar la muerte en 1986, ya sabía Borges desde 1982 que nunca lo lograría, por las rondas geopolíticas que acostumbra hacer la Academia en el otorgamiento del galardón y era conocedor del impacto que genera la concesión del codiciado premio, al enfatizar su discrecionalidad al respecto. Si el último Nobel había caído en América Latina al inicio de los 80 y el anterior al despuntar los 70, ya no le quedaba vida a Borges para esperar la llegada de la ronda siguiente: en efecto el mexicano Octavio Paz lo alcanzó en 1990, pero este último lo ganó sin sospechas de componendas sobre el trámite previo. A los detentadores del privilegio de concederlo no solo poco los conmueven los ápices de logros de los escritores, tal como los tenían tanto Borges como Tolstoi en sus respectivos momentos, sino que con cierta frecuencia esas decisiones se refuerzan en el sesgo más político que literario, como lo fue en el caso de la doble negativa para el escritor argentino y el otorgamiento del lauro a sus rivales con color de secta impugnadora. Algo parecido sucedió en momentos extremos de la Guerra Fría, como en los eventos aludidos, cuando se concedió el Nobel a Boris Pasternak, en 1958.

No carecía el ruso de méritos para ganar el buscado premio -tampoco los dos sudamericanos aludidos carecieron de ellos- pero lo cierto es que el otorgamiento del lauro al escritor moscovita fue más un golpe a la opresión soviética y a la mengua de libertades que afectaron no solo al autor de “Doctor Zhivago” sino a una buena parte de la flor y nata intelectual de aquella potencia en aquellos tiempos. En los casos referidos y relacionados con Sudamérica fue al revés: se intentó relievar y alentar al “buen salvaje” libertario e impugnador del sistema, en momentos históricos y políticos particulares de la región latinoamericana. Gobernaba Chile en 1971 el malogrado expresidente Salvador Allende, en tanto que en Colombia pretendía comenzar el expresidente Belisario Betancur un proceso de paz con las guerrillas locales. En los tres casos, las decisiones de la academia sueca fueron políticas y en los dos últimos el sacrificado fue Borges. En ese momento y después, a lo largo de esta gris historia, hubo condena tanto sorda como abierta a los académicos escandinavos, al tiempo que en contraposición hubo fruición consecuente de los lobistas de la izquierda de todo el mundo.

Para el caso García Márquez, este nunca perteneció de manera pública a partido político alguno, pero su conducta personal y afinidad emocional siempre lo hizo aparecer como un militante que acataba directivas de algún comité central o dictador tropical. Neruda en cambio fue más vertical en ese sentido y el peso simbólico del Nobel reforzó la difícil parábola política de la Unidad Popular en Chile, que concluyó con el golpe militar de 1973 y el deceso del poeta chileno pocos días después del martirio de Allende. El proceso lobista que concluyó con éxito en 1971 fue más abierto y directo, en ese periodo pues Neruda tenía un encargo diplomático de su país en París y las cosas se facilitaron. En coincidencia con la época solía pasar por la capital francesa Gabriel García Márquez -allí había vivido al promediar los años 50- quien tuvo acceso por ósmosis con el creador austral al manual de procedimientos para ganar un Nobel por la vía no ortodoxa, alterna al mérito exclusivo. Todo quedó montado para un nuevo éxito 11 años después, con un proceso algo más tortuoso al de la dinámica ensayada por los seguidores de Neruda, aunque con un eje básico idéntico: los pasillos, los operadores de Estado o partido y el discurso político desafiante.

JORGE LUIS BORGES
Tres momentos, una gloria 

Algo para nada diferente a lo que se gesta y desarrolla en ciertos reinados de belleza y, con lo ocurrido en la llegada de García Márquez a Estocolmo en aquel 1982, en absoluto diferente. En ese lapso de una década Borges había dejado sin escollos el camino de su propia condena: mostró simpatías por el gobierno militar de su país a inicios de la década de los 70 y luego envió palabras de respaldo a la junta castrense que derribó a Allende. El apoyo a la nueva administración de los uniformados argentinos que cortaron la democracia en 1976, completaron el cuadro. La perfidia ideológica y las triquiñuelas de oficio derivadas perfeccionaron el resto de la faena y cuatro años antes de su deceso se ratificó la negativa inicial de 1971. El gran ciego de Buenos Aires ya no tendría nuevas opciones y quedaría marginado de manera definitiva por los enconos, el propio y el de sus adversarios políticos internos y externos. El conocer esa madeja de argucias y las zancadillas complementarias, es lo que hizo suponer a Mario Vargas Llosa que nunca le sería otorgada la distinción mayor de la literatura mundial, pero de manera imprevista el peruano la recibió en 2010.

El homenaje que hizo este hombre al autor de El Aleph -fallecido tres lustros antes- al recibir su reconocimiento en Estocolmo, fue una suerte de bofetada a la Academia por su injusticia elaborada, al excluir al rioplatense de la lista de galardonados. Vargas Llosa nunca ha dejado de hacer referencia a lo ocurrido y de repetirlo cada vez que tiene oportunidad, como para mantener en superficie y clavado en memoria colectiva aquello que sucedió en dos momentos de la historia reciente y de lo venal que resulta ganar un Nobel con cartas marcadas y no con exclusivo crédito literario. Después del éxito de fines de los 60, con la primera edición en Buenos Aires de “Cien años de soledad”, el público argentino gritó que el autor merecía ser reconocido por su talla universal. García Márquez fue entonces a la capital del Plata a cobrar sus regalías, que le permitieron salir de las angustias y el acoso de la pobreza. Todo lo que vino después es historia conocida. Incluso es bien sabido que nunca el escritor colombiano hizo público un reconocimiento o mención al país que lo proyectó al mundo y tampoco quiso volver a Buenos Aires. Es posible suponer sin yerro el porqué de semejantes omisiones (aresprensa). 


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