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TRUMP, EL SHOCK DEL PRESENTE / ACTUALIDAD

Publicado el 10 de noviembre de 2016 / 10.30 horas, en Bogotá D.C.

TRUMP, EL SHOCK DEL PRESENTE

Lo más probable es que el nuevo presidente norteamericano haga en su obra de gobierno lo mismo que se le ha visto en campaña y lo que es parte de su personalidad: el exceso con alta carga visceral y lo más cercano a la irracionalidad, pero no tanto, ni será apocalíptico como muchos siguen pensando. Es el populismo vigente que de nuevo llega al poder, pero no es igual al negro populismo regresivo de cierta izquierda latinoamericana, ni el de derecha tipo Fujimori. Es un populismo capitalista al estilo norteamericano y surge de su riñón profundo, como rechazo a un neoliberalismo extremo y a la corrupción que lo acompaña, el cual produjo las grandes crisis de los últimos años en ese país. Pero, sobre todo, eso fue lo que votaron con repudio los norteamericanos. Así fue la decisión de quienes lo eligieron y es difícil que lo que se vea de ahora en más pueda ser demasiado diferente a lo ya visto. Esos son los riesgos de la democracia y deben aceptarse salvo que no se acepte la democracia.  Donald Trump es un hombre que pateó el tablero del equilibrio institucional norteamericano y al propio sistema, siendo él parte del sistema al que no desafía de manera total pero sí en lo que hace a los males que afectan a la sociedad comprometida en la decadencia que el candidato señaló y se propone remediar. Debe ser señalado como un outsider de la política que llegó al techo de sus aspiraciones presidenciales sin deberle algo a alguien porque tuvo todo en contra: las encuestas, los medios de comunicación, la mayor parte de la opinión e, incluso, a lo más representativo de su propio partido, que nunca creyó o aceptó sus potencialidad y desplantes.

El debate que acaba de concluir en los Estados Unidos confirma el debilitamiento de la política tradicional de Occidente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ha sido un triunfo del sinceramiento en los modales, en particular los malos modales, y una vuelta de espaldas al discurso cínico de la política tradicional. Eso fue lo que ocurrió en Filipinas, con el triunfo del tanático Rodrigo Duterte, quien dijo de manera abierta que acabaría a balazos el narcotráfico en su país y lo está haciendo, enfrentado a la gente bien pensante del establecimiento en el archipiélago asiático. Fue también el rechazo del Brexit en Gran Bretaña y el otro gran fracaso: el de Juan Manuel Santos y su plebiscito favorable al “establecimiento” de las Farc. Todo aparecía en contra de las posibilidades de Trump desde el comienzo, y esa fue su gran ventaja para colarse en el difícil espacio del poder político y la burocracia de los Estados Unidos. Él se considera un constructor, un ejemplar puro del sueño americano que otros, como lo dijo, pusieron en decadencia.

Tanto lo es, que el presidente electo se levantó de varias quiebras de sus emporios, que lo sumergieron en su vida empresarial, y de las que se sobrepuso por su condición de “ganador”. Esa figura de la leyenda local que se impone sobre todos los obstáculos es un elemento básico en la mitología del subconsciente norteamericano. Una figura que reifica de manera constante el sensorium del ciudadano común en los Estados Unidos -de las que Superman o Rambo son parte emblemática- y que no significa otra cosa que la expresión del atávico paradigma protestante que impulsó el capitalismo universal y el norteamericano en particular. Tan diferente este último a la visión católica del mundo, cuya representación ideológica es la misma que esboza el papa Francisco: alentar la búsqueda lícita de la felicidad, pero con la condena simultánea y concreta del mercado. Algo parecido a propiciar que los pobres se mantengan pobres, aunque felices de su destino.

Al margen de las ultimas crisis que marcaron esta derrota del stablishment de Washington y del resto del país, lo cierto es que el crecimiento de los Estados Unidos en los últimos tiempos ha sido fuerte por el ingrediente del desarrollo tecnológico. Sin embargo, los beneficios llegaron a estrechos sectores, sobre todo de ámbitos de la costa oeste, en particular de California, el sector financiero y otros ámbitos ociosos de la economía. Al tiempo cayó la capacidad de ingreso de las clases medias y bajas de las zonas industriales tradicionales, localizadas en la zona Este y media territorial. Allí cerraron en los últimos años más de 60 mil plantas de manufacturas y los salarios cayeron desde unos 75 dólares la hora -vigentes hasta hace unos 15 años- a menos de 50 en la actualidad. El corazón industrial histórico de los Estados Unidos se convirtió en un espacio casi fantasmal, por obra de la migración de la capacidad productiva y la inversión hacia la maquila externa, que se abrió con los tratados de libre comercio. El discurso proteccionista y de apoyo al trabajo local fue definitivo en el triunfo de Trump, ningún populista o marxista latinoamericano -presuntos defensores de los más débiles- lo hubiese hecho mejor y con mejores resultados.


DONALD TRUMP - Presidente electo

Vale señalar en la hora que otro outsider de la política estadounidense, “Bernie” Sanders desde la izquierda demócrata, tiene visiones similares a la óptica de Trump en la defensa del trabajo interno. Hace 40 años, Alvin Tofler lanzó su hipótesis del “shock del futuro”, en la que trazó una visión inquietante: el paso de una sociedad industrial a una posindustrial que generaba cambios difíciles de asimilar por las mentalidades conservadoras y las formas de vida que las articulaban como “visión de mundo”. El desajuste de “demasiados cambios en corto tiempo”, producía desajustes y desequilibrios difíciles de asimilar y traerían crisis consecuentes. La burocracia urbana y liberal que representó Hillary Clinton no advirtió el cambio de sensibilidad que se estuvo gestando en los últimos años y pagó caro la fractura con la realidad. Otro detalle en contra de los perdedores de la hora, fue la homogeneidad del discurso de la candidata Clinton frente a la procacidad e histrionismo candidato victorioso.

Nadie quiso ver en esa falta de refinamiento, la similitud en la manera de comportarse del norteamericano medio, poco educado, que dice lo que piensa. Porque en la moral social de ese sujeto, de áreas rurales o urbanas de dimensiones medianas o regulares, lo importante no es el cometer errores que pueden perdonarse sino el “no mentir”, otra marca del ancestro protestante. Eso incluye el bulling discriminatorio del que hace gala Trump. Algo que significa, ni más ni menos, el representar al norteamericano que dice sin reatos lo que está sintiendo, sin importar las consecuencias y diferenciados de otras culturas con remilgos sociales y restricciones de interacción verbal en su vida pública: el típico solapado. Esa manera de ser que, también de manera malévola y discriminatoria, se atribuye de manera exclusiva al indígena latinoamericano. Esa conducta desfachatada de este norteamericano también representa a los segmentos que son defensores de una presunta hegemonía por encima de todos y con exclusión de la diferencia.

Se trata, en la hora, del regreso de aquel wasp * tradicional que se suponía en retroceso definitivo ante el ascenso de las minorías en las últimas décadas, pero que jamás desapareció y sigue siendo muy fuerte, como acaba de verse. El desmadeje social de Trump, un hombre del sistema, le rindió frutos frente a ese elector conservador y defensor a ultranza de lo que la historia le brindó a Estados Unidos en términos de éxito hegemónico. No debe olvidarse que ese éxito es el eje de la visión de mundo del ciudadano norteamericano de siempre. El peor insulto que se le puede realizar a ese ciudadano raizal es señalarlo como “perdedor” y eso se ve en cualquier película de Hollywood, cuando se aborda ese mecanismo psicológico colectivo. Es por eso que a nadie le importa en su medio natural que Trump no sepa ponerse la corbata, aunque vista con elegancia. Una crítica desde el glamour salvaje que no era para nada diferente a la que les hacían los oficiales alemanes a los americanos -los tachaban de palurdos- en las dos guerras que los advenedizos les ganaron a los aristocráticos y marciales germanos (aresprensa).

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* Blanco, anglosajón, protestante.  


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