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APLANADORA DUTERTE / LENGUA ESPAÑOLA EN FILIPINAS / A-P

Publicado el 31 de diciembre de 2016, 15.00 horas en Bogotá D.C. // 04.00 horas del 01 de enero de 2017, en Manila, República de Filipinas 

APLANADORA DUTERTE

Casi confundido con las noticias que en el mundo daban cuenta del “ascenso del populismo” y de las consignas extremistas afines, pasó de agache en el curso de la mitad del año -hasta cierto punto- la llegada al gobierno y a ocupar el palacio presidencial de Malacañán en Manila, un personaje polémico y contradictorio como lo es Rodrigo Duterte. Ese hombre que llegó del sur profundo filipino con la promesa del garrote que aplicó como alcalde en la distante Davao y que se comprometió a extender su política local a todo el país insular de ancestro hispano, si llegaba a la presidencia. Llegó, y mostró de manera rápida que sus consignas no eran sólo de campaña. Sin mucha demora desde su ascensión comenzaron a caer los sospechosos de diferentes delitos y en especial los señalados de traficar o consumir drogas, bajo la represión de las fuerzas de seguridad, aunque también bajo razzias de limpieza social que se realizan por parte de grupos no oficiales y se supone que son auspiciadas o toleradas por el nuevo gobierno. Así sucedió en Davao mientras fue alcalde Duterte, para hacer descender de manera vertical los índices delictivos que son elevados en Filipinas.

De inmediato aparecieron las quejas y el grito estridente en la comunidad internacional con la respuesta en insultos y descalificaciones a sus críticos extranjeros, por parte del presidente filipino, que en sus denuestos no es demasiado diferente a la retórica descalificante del presidente norteamericano Donald Trump, con quien no pocos lo comparan en antojadizo paralelo.  Pero aparte del discurso altisonante es poco lo que tienen de parecido ambos personajes: los diques institucionales que afrontará el norteamericano nada tienen que ver con la débil y relajada institucionalidad filipina ni con la mentalidad asiática, no siempre comprensible para los occidentales. En esa línea la idea de la vida y de la muerte, la sujeción a la ley y la contención a quienes la violan tienen perspectivas diferenciadas, aun cuando las leyes filipinas tengan raíces en la racionalidad afín con el universo que le dio entidad al país.    

Por eso y por extracción de matriz histórica, Rodrigo Duterte se parece más a los rasgos distintivos de un dictador latinoamericano de los que tantos hubo y aún existen en caricatura vigente, tal como pueden serlo un Nicolás Maduro o un Daniel Ortega, en tanto que Trump encontraría eco en la memoria de Theodore “Teddy” Roosevelt. Aquel mandatario del “big stick” que se tomó a Panamá y mucho tuvo que ver con la sangrienta ocupación de Filipinas por parte de los Estados Unidos, a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. Lo cierto es que la política de represión en caliente del crimen en las islas que alguna vez fueron españolas y colonizadas por México, ha dejado más de tres mil muertos en apenas seis meses de la gestión del aún flamante mandatario y nada indica que la aplanadora dirigida a quienes operan al margen de la ley vaya a dejar de funcionar por el momento. Duterte se ha hecho resistente al respecto, escudado en la popularidad y aceptación que muestran las encuestas que evalúan su novel gestión.

La contestación a sus detractores eran las esperadas y la diferencia de tamaño e influencia de sus críticos parecen por ahora que no lo amilanan. Antes, la mirada y voces cuestionadoras hacia su mano dura no salían del plano interno. Ahora sus impugnadores ocupan la primera fila mundial. El presidente Barack Obama o las Naciones Unidas, entre otros y en todo caso sin ser los únicos, lo más probable es que la lista siga abultándose a medida que avanza su gestión y la represión se mantenga. No debe olvidarse que ha prometido eliminar a unos 100 mil viciosos y empresarios del narcotráfico que, se dice, están circulando por el país conformando las redes propias de esa actividad ilícita y disolvente. Tanto el Papa como el mandatario norteamericano han recibido trato de “hijos de puta” por parte del inefable presidente filipino, cuando advirtieron sobre las violaciones de derechos humanos que se estarían produciendo en el país con la tolerancia e incluso el auspicio oficial.

RODRIGO DUTERTE
Gestos autoritarios

La saga de extravagancias del hoy titular del ejecutivo filipino, siempre fueron bien conocidas: mujeriego serial y sin tapujos púbicos, su cortejo de hombres armados y a la vista. Ello al tiempo que con cierta displicencia a los temas de género que puedan dar una preeminencia a la mujer, distinta de las que el otro polo le pueda conceder. No obstante, se destacó en su administración municipal por abrir espacio a las minorías que caracterizan al país, incluida la comunidad LGBTI, y en especial al sur y en la isla de Mindanao -la segunda con mayor superficie del arcipiélago- donde la confesión musulmana mayoritaria amenazó con una eventual fractura de la unidad territorial del archipiélago filipino. Fue durante dos décadas alcalde de Davao, una ciudad con un millón de habitantes y su presencia administrativa estuvo marcada por su origen social y político, distante de las clases políticas tradicionales y de los grupos recalcitrantes de poder que se señalan como culpables de la añeja postración filipina. Eso le dio ventajas ante el sufragante que lo ungió presidente, cansado de la corrupción endémica del país, la inseguridad rampante y las mangualas sucesorias de las oligarquías que ejercen un férreo control desde hace décadas desde la gran isla de Luzón al norte del país, con centro administrativo y político en Manila.

El voto que lo eligió fue una protesta, de lo misma manera y tal como lo han sido en los últimos tiempos los fenómenos similares de hartazgo y rechazo social, que han generado consecuencias políticas imprevistas. Eso ocurrió en los Estados Unidos con la derrota de la candidata “bienpensante”, Hillary Clinton.  Algo similar sucedió también con el rechazo británico a permanecer en la convulsionada unión europea y lo mismo se avecina con procesos eleccionarios como los que se anuncian en Francia y Alemania. Eso sin contar lo ocurrido con el presidente Juan Manuel Santos de Colombia, a quien su pueblo impugnó en un plebiscito de rechazo a la forma como había adelantado su negociación con el grupo subversivo Farc, y que él con formalismos propios y de su entorno político, legislativo y del poder judicial, decidió burlar. En todo caso, el golpe de opinión de Duterte y el inicio de la marcha de su aplanadora contra el delito no es algo nuevo en el sudeste asiático, en lo que hace a las formas poco ortodoxas de encarar el grave problema, disolvente para las sociedades víctimas del crecimiento de la marginalidad social y de sus consecuencias.

En esa región del Asia son de vieja data las medidas verticales sobre las causas y consecuencias del narcotráfico. No solo la confesión musulmana castiga con la muerte esa forma de marginalidad, sino que países como la China han sancionado desde siempre con la pena de muerte el negocio de las drogas ilícitas. Los chinos no olvidan que el opio originó la caída de la jerarquía imperial y el hundimiento del país a fines del siglo XIX, de la mano de los intereses británicos y de otras potencias imperiales, incluidos los Estados Unidos. Quien recuerde las fotos de las tropas de Mao Zedong al entrar en Beijing en 1949, con hileras de hombres arrodillados que recibían un disparo en la cabeza por parte de un uniformado, deberán saber que quienes morían en la plaza pública, sin juicio previo, eran los comerciantes de droga que desaparecieron manu militari después de esa limpieza social “revolucionaria”.  En la práctica, todo el sudeste asiático mantiene la pena de muerte para ese tipo de delitos en sus códigos de justicia, y filipinas que la abolió en 2006 la está aplicando de hecho. Tal como ocurre en el resto de la región hay una fuerte resistencia, incluso de la opinión, a revertir su práctica. Duterte no es la excepción (aresprensa).          


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