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ECUADOR: UN PASO PARA QUE NADA CAMBIE / ACTUALIDAD

Publicado el 20 de febrero de 2017 / 23.35 horas, en Bogotá D.C.

ECUADOR: UN PASO PARA QUE NADA CAMBIE

Las elecciones en Ecuador generan inquietud continental, después de la ratificación de la reyecía nicaragüense, que tiene coronado a Daniel Ortega, y la bofetada a la inercial tendencia izquierdista del Foro de São Paulo, que significó el triunfo de Mauricio Macri en la Argentina. Eso además de la caída de Dilma Rousseff en Brasil, con un golpe de Estado institucional. Todo esto con el marco negro de la profundización de la crisis venezolana y el desprecio ratificado a la democracia de ese país, por parte de la secta mesiánica que se mantiene firme y al frente del estado fallido en que se ha convertido el país caribeño. Una nación, esta última, convertida en republiqueta que sigue exportando petróleo, aunque ya no puede vivir en la opulencia de su hora de gloria y que cree construir una revolución que hará feliz a los venezolanos, con ministerio de la felicidad montado y en funciones.  La aprensión ante la definición de la primera vuelta en Ecuador no es de números menores: quienes defienden al stablishment y temen lo que ocurre en Venezuela y Nicaragua tienen al frente un proceso ecuatoriano exitoso en términos generales, como lo es el que muestra Rafael Correa en su larga gestión. Esto no obstante el acotamiento de su margen de maniobra por las denuncias de corrupción previas al torbellino Odebrecht y por las consecuencias continentales de ese fenómeno ápice de la corrupción oficial y privada en la región.  Esto junto con las restricciones que provoca el debilitamiento económico generalizado y amarrado también a los precios de los hidrocarburos.

Escribe: Rubén HIDALGO

En ese escenario, el presidente ecuatoriano se prepara para dejar en el quiteño palacio de Carondelet a uno de sus discípulos: Lenín Moreno, un hombre que si bien sigue la línea del actual mandatario no parece dispuesto dejarse cubrir por algunas de las sombras que deja la gestión vigente. Nadie apuesta algo al respecto, pero ese pareciera ser que es el eje de la campaña que Moreno debe continuar y profundizar, para volcar en su favor a un electorado indeciso y temeroso por la inestabilidad y las contradicciones que asoman en el proceso de “revolución ciudadana”, tan cacareado por el omnipotente Correa en sus excesos verbales y rabietas frecuentes. Porque debe decirse que -si bien en paralelo con su sucesor designado aun cuando no elegido- el actual presidente del centro del mundo ha tratado de desmarcarse de sus iguales en la región para proyectar una imagen más democrática, no le alcanzó para ahuyentar espantos.

Eso queda demostrado en los resultados de esta primera vuelta para la elección del nuevo presidente, pues el señalado a “dedazo” por Correa no pudo arañar la mayoría relativa tal y como se preveía, para alzarse con el legado en la primera vuelta. Es que la cuesta para desvirtuar impresentables realidades regionales resulta demasiado alta y los éxitos comparativos de la saga de una década tienen el contrapeso de los paralelos con el chavismo y el kirchnerismo, demasiados cercanos en el tiempo, como para trazar diferencias y distancias necesarias e imprescindibles. Correa llegó al manejo del Estado en su pequeño pero rico y potencialmente vigoroso país, de la mano de la corriente ideológica y variopinta que se desplegó por el continente con el inicio del siglo. Un péndulo que tiene como referente entre bambalinas a las propuestas del llamado Foro de São Paulo, instaurado en los años 90.

Ese significativo encuentro paulista de las izquierdas continentales, construido bajo la sombra y señal de la otra reyecía, la de La Habana, y del Partido de los Trabajadores brasileño -entonces en ascenso- trazó las líneas de acción que permitirían un cambio del sino político regional, en los años posteriores. En la cresta de esa ola llegó Rafael Correa a Carondelet, después de haber sido frustrado por la inteligentsia cubana para ser el enviado continental del mensaje y la herencia de aquella revolución -era el más preparado para levantar la antorcha de luz difusa- cuando se decidió optar por el emergente Hugo Chávez, su chequera petrolera y su condición ribereña en el mar Caribe, como aliado entonces no solo ideológico y económico sino también geopolítico. Junto con Evo Morales, el brillante universitario ecuatoriano -graduado con honores en dos de las mejores universidades de Europa y de los Estados Unidos- hicieron las mejores tareas bajo el paraguas del pensamiento paulista.

A diferencia de sus impresentables colegas de patio, hundidos en la corrupción, el nepotismo y negocios turbios, pretendidamente “revolucionarios”, Correa empujó la salida del repliegue de una sociedad marcada por las tensiones raciales, de desigualdad y de atraso en infraestructura y oferta educativa, por citar parte de los ejes de subdesarrollo. Pudo, por ejemplo, ampliar y modernizar la red de carreteras del país, además de condicionar la oferta educativa a las mejores exigencias internacionales y a las demandas internas limitadas por la exclusión social sempiterna en el país. Empero, no le fue posible eludir algunas de las lacras que han marcado a sus socios de andanzas políticas: las acusaciones de corrupción -por él negadas- aunque repetidas y señaladas con insistencia por la oposición amplia, como tampoco sus arranques despóticos y autoritarios que lo acercaron a la barbarie kirchnerista -que él defendió a rajatabla- y al intento por censurar a la prensa local que, por ese lado, lo puso muy cerca de la dictadura venezolana.

El actual presidente decidió dar un estratégico paso al costado en las aspiraciones de continuidad al infinito, que pretenden con relativo éxito sus aliados ideológicos, el altperuano Morales y el nicaragüense Ortega. Nunca declinó como seguidor aplicado de las líneas paulistas, el apuntar a la democracia representativa al tiempo que el apoyo a la subversión, como ocurrió con la permisiva presencia de campamentos guerrilleros en la frontera con Colombia. Correa tampoco ha resignado su solidaridad con sus bochornosos socios de pensamiento y culpas autogeneradas, en lo que hace al hundimiento de sus respectivas sociedades -de manera específica Venezuela y Argentina- y no es posible determinar si eso lo enaltece o lo sumerge en su propio caldo, pero lo cierto es que el electorado desconfía lo suficiente como para poner puntos suspensivos al favoritismo con su eventual heredero.  Todo eso hoy ahuyenta votos y es algo que el vigente mandatario tiene bien en cuenta, porque tonto no es.  

Dentro del marco señalado, lo ocurrido en esta primera vuelta resulta una anécdota notable y necesaria en el propósito de cambiar algo, un nombre, para que nada cambie y se prepare un eventual retorno del distinguido estudiante de Illinois que confronta al imperio con el parecido lenguaje petardista de sus iguales, pero sin molestar a los amos en las cuentas reales. Lenín Moreno, el ungido a medio camino del plan maestro, sigue en la liza y en el primer puesto de las preferencias del electorado, aunque con el asedio de su rival, Guillermo Lasso, quien ocupó el segundo rango de votos y que aspira a un eventual pulso definitivo que se realizaría el 2 de abril. Allí Lasso espera aglutinar una mayoría suficiente como para disputar y anular la continuidad de la saga de ideas que se lanzaron en el ahora distante pero vigente foro paulista. Ese dinamo de la izquierda continental que planteó con tino la necesidad leninista -del otro Lenin- de “combinar las formas de lucha”, para acceder al poder y tratar luego de vaciar de contenido a la democracia, con dictaduras trágicas, como en Venezuela o caricaturas de dictadura, como en Argentina (aresprensa).  


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